Votar con el cuerpo, votar con la ropa
Fuente: http://www.elconfidencial.com/

Propongo una especie de juego. Tratar de intuir cuánta gente va a votar con la cabeza, cuánta con el corazón y cuántos aquellos que, ni con una cosa ni con otra, sino con el bolsillo. Se puede intentar, sabiendo que no existe un voto en ninguna de esas etiquetas “químicamente puro”.

Podría parecer que votar con el bolsillo es lo mismo que hacerlo con la cabeza, pero yo creo que no. Hacerlo con la cabeza es hacerlo de manera congruente a la forma de pensar, teniendo en cuenta los variados aspectos que entran en juego en la concreción subjetiva de una opinión política, y no exclusivamente en los económicos, mientras que los votantes con el bolsillo (que más bien valdría decir “mi bolsillo”), lo hacen determinados por el impacto que piensan pueda tener en su economía la elección de uno u otro partido.

Por el recorrido efectuado hasta ahora por cada partido, el tipo de programa y la personalidad de cada líder, podríamos aventurarnos en una estimación, que por supuesto no deja de ser completamente subjetiva.

En primer lugar, tenemos a la fuerza hegemónica: el Partido Popular. El PP tendría un 50% de votantes “de bolsillo”, un 40% de votantes “de cabeza”, y un 10% “de corazón”. Este último tipo de electores, que depositan su papeleta movidos por sentimientos que muchas veces tienen que ver con la alegría, el entusiasmo y las ansias de cambio, parece que poco tiene que ver con la naturaleza conservadora de ese partido. Además, se une el hecho de que, al tratarse del partido en el poder, su programa apela más al continuismo que al cambio.

La segunda fuerza en estimación de voto, Unidos Podemos, tendría un 70% de votantes “de corazón”, un 25% “de cabeza”, y un 5% “de bolsillo”. La enorme masa social que está consiguiendo aglutinar el partido de Iglesias, unido ahora al voto tradicional de izquierdas que había seguido siendo fiel a IU, ha conformado un frente en cuya naturaleza no cabe mejor palabra para describirla que entusiasmo. Entusiasmo por ver de cerca por fin, tras casi treinta años, la posibilidad de un verdadero cambio en el gobierno. Si el impacto que supuso el cambio que lideró Felipe González fue en realidad el impacto de ver a los hijos ideológicos de los vencedores en la guerra tenían ceder el poder, —con el escaso margen de maniobra para acometer una verdadera transformación institucional que por tanto tenían los socialistas entonces—, la previsión es que, ahora, por primera vez tras aquella lejana primavera de 1931, pueda obrarse esa verdadera transformación tantas veces truncada.

El PSOE vive horas bajas. Horas de incertidumbre y profunda crisis de identidad. Atenazado por la disyuntiva entre aliarse con una formación emergente que le disputa gran parte de su electorado natural y no hacerlo, y por tanto tal vez permitir que el actual partido en el gobierno lo siga haciendo con su tácita ayuda. Podríamos adjudicar un 55% de votantes “de cabeza”, un 35% “de corazón” y otro 10%, “de bolsillo”. El elector tradicional socialista, que ha permanecido fiel desde 1982 o antes, sigue fiel por propia coherencia ideológica. El factor de la edad es crucial, al igual que ocurre en los otros partidos.

Finalmente, el partido de Rivera, una operación Roca del siglo XXI, actualizada hoy con mayor éxito por la “marketinización” de la vida política, el impasse que supuso la crisis y la mejor imagen de Rivera respecto a Roca. Es una agrupación que aspira a ocupar el espacio de centro derecha. Pero el PP ocupa ya desde hace mucho tiempo el centro derecha, y por tanto el único rédito que le queda a Ciudadanos es el de atraer al joven elector conservador con deseos de cambio en minúsculas: una operación de maquillaje. En este caso, se podría adjudicar un 50 % de votante “de corazón” (la publicidad es lo que hace: llama a la puerta de nuestros deseos), un 30%, de cabeza” y un restante 20% “de bolsillo”.

La derecha en España se nutre de dos tipos de votantes: los que votan con el cuerpo, herederos de unas convicciones conservadoras profundamente arraigadas, y los que lo hacen con el bolsillo. De los primeros, los más mayores conservarán esas condiciones hasta el final, y los más jóvenes, los votantes de Ciudadanos, están a la expectativa. Los segundos son irrecuperables.

En un momento como el actual, donde la crisis de un sistema capitalista que prioriza el beneficio económico sobre el beneficio social es ya endémica y va más allá de lo que correspondería a un ciclo “bajo”, las nuevas fuerzas emergentes se consolidarán como la nueva política.  

Esta novedad, que tiene lugar gracias a que nos hallamos, como teoriza Zygmunt Bauman, en un “tiempo líquido”, donde los marcos referenciales tradicionales tienden a desvanecerse derretidos, sobre todo, a mi juicio, por el enorme impacto que las nuevas tecnologías (Internet y Redes sociales), cuando el hombre de la calle encuentra un nuevo modo de hacerse oír: reflejado de verdad en quienes les representan.

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