Votar contra uno mismo: trabajo en precario e impotencia social

Antes que nada, lo primero, es sobrevivir, caminar hacia el sustento para calmar la necesidad imperiosa del hambre. Goethe lo vio perfectamente cuando dijo que en el principio era la acción, derribando de paso el mito bíblico de que al comienzo de todo fue el Verbo, esto es, Dios.

Aunque eso resulta más que evidente, la cultura humana, una vez satisfecha, al menos en las sociedades ricas, esa premura por la supervivencia vital, ha ido creando necesidades de diverso tipo que pervierten tal verdad incuestionable a través de ideologías y marañas de pensamiento social que encubren y modifican la percepción de tal idea.

A finales del siglo XX ya se hablaba de la sociedad de consumo como paradigma de toda una época. Más tarde, al hilo de la posmodernidad, se empezó a pergeñar la tesis del alumbramiento de las sociedades del ocio y el conocimiento. Las vanguardias de los países más opulentos tomaban la parte por el todo dejando fuera a ingentes capas de pobres, marginados y desheredados del mundo.

A pesar de la posmodernidad, el trabajo humano, aun devaluado a conciencia por el neoliberalismo, sigue siendo el factor del que emerge toda la cultura humana. Sin trabajo no existiría absolutamente nada, no obstante tal elemento ha registrado en los últimos decenios un descenso en su consideración socioeconómica dentro de la globalidad y muy especialmente en los regímenes capitalistas occidentales.

Trabajo es sinónimo de gasto, de obstáculo para el sacrosanto beneficio empresarial. Al devaluar la condición del trabajador su propia autoestima sufre un golpe decisivo: cualquier empleo solo debe cubrir las necesidades urgentes, sirviendo como única vía para convertirse en sujeto consumidor de bienes, servicios y estatus. Esta sublimación laboral y social desfigura y determina el pensamiento político e ideológico hacia posturas conservadoras, alienadas de la realidad objetiva de cada persona que tiene que aferrase a la competencia feroz por un empleo como meta exclusiva de su devenir vital.

Podría decirse que ese pensamiento a la defensiva se configura en base a dos ideas fundamentales: mis enemigos son mis iguales en la lucha por escapar de la precariedad vital y en una supeditación mágica a los de arriba (empresarios, políticos de derechas, iconos de éxito…) porque por algo estarán allí y son los que me suministran la posibilidad de trabajar, mal que bien, y salir adelante en la vida.

Esta situación contradictoria, cuando no paradójica, tiene repercusiones extraordinarias en la estructura política y personal de cada persona trabajadora. En la lid competitiva, cuando algo escasea o se tiene esa noción dentro de sí, la personalidad debe adaptarse de la mejor manera a las estructuras de poder, reduciendo al máximo las posiciones críticas y libres mediante una infantilización de las conductas. Hacerse el tonto añade ventajas competitivas, si bien a la larga la realidad objetiva puede ocasionar lesiones psicológicas muy graves en los individuos concretos: las adaptaciones obligadas durante bastante tiempo pueden germinar en rasgos de personalidad definitivos.

Dicho de otro modo, lo que al principio no es más que una estrategia de supervivencia es susceptible de transformarse en una forma de ser. Cuando la lucha capital-trabajo se individualiza, el trabajador aislado es nadie, un enano que solicita comer a cambio de la gracia convertida en salario o sueldo por un gigante representado en la figura de una empresa bienhechora y nutricia. Si esa eventualidad no se socializa el trabajador en cuestión vive su tiempo de empleo a la carrera, como un imponderable maldito que hay que cumplir por necesidad y obligación para encontrase más tarde en el paraíso de la libertad jugando el rol estelar de consumidor activo en el mercado comercial.

En este escenario, todos son ventajas para el sistema: mayor productividad no pagada, dominio total del mecanismo de producción, salarios a la baja y menor conflictividad social. Aunque inciden muchos factores en esta complejidad cultural, hay uno en concreto poco estudiado por la psicología laboral: la corrosión del carácter de los trabajadores a través de la infantilización de las relaciones laborales.

La precariedad vital y la temporalidad de los empleos acosan a la clase trabajadora. La inmensa mayoría debe venderse en el mercado laboral por casi nada, ligera de equipaje, humillada, sabiendo que su valor resulta casi insignificante: si pide más, si alza su voz crítica e independiente, si esgrime sus derechos será orillado en cualquier proceso de selección. Habrá de sobra donde elegir entre la tropa de candidatos: alguien que haya interiorizado mejor la secuencia jerárquica natural entre empresario y empleado y, también, su papel prescindible en cualquier momento. Necesariamente, estas conductas adaptativas de sumisión pueden acabar en síntoma de malestar psicológico más o menos grave en función de las capacidades de resistencia de cada persona trabajadora.

La condición de trabajador, en sus casos más extremos, se ha reducido por el neoliberalismo a mera fuerza explotable. Su concurso vale muy poco, por tanto, debe dar gracias a la suerte que alguien se fije en él para entrar en una plantilla laboral. La gente trabajadora, obligada por las circunstancias, se ha creído tal añagaza ideológica, virando sus inquietudes, por aquello del principio placer-dolor, hacia actividades dirigidas que, al menos, no hacen herida en su dañada autoestima: consumiendo el mundo parece habitable y el sujeto que compra se siente dueño de su propio destino.

En párrafos precedentes anticipábamos que esa infantilización creciente y baja autoestima asimismo tenían consecuencias importantes en el orden político. Muchas preguntas vienen a colación: ¿por qué ganan electoralmente los políticos corruptos?, ¿por qué de la crisis no han surgido movimientos de cambio más profundos?, ¿por qué existe tanta resignación social al orden establecido por injusto que este sea?

Una respuesta global sería que lo único que se ha socializado auténticamente en los últimos años ha sido el miedo. El miedo ha sido el denominador común de la clase trabajadora. Miedo a perder el empleo, miedo al futuro, miedo a ser desahuciado, miedo a dejar de consumir, miedo a ser diferente, miedo a tener una opinión propia, miedo a ser crítico con uno mismo y con el mundo que nos rodea. Demasiados miedos para hallar puntos de conexión entre individuos-isla infantilizados por la emergencia cotidiana de sobrevivir a toda costa.

Cuando la realidad objetiva se presenta borrosa y lo primero es salvar el plato diario, pensar más allá del presente inmediato es trabajo que requiere demasiados esfuerzos intelectuales y energías físicas. Las representaciones simbólicas piden a gritos soluciones simples y sencillas de entender. Esas soluciones rápidas de andar por casa pueden crear una alienación política irreversible: convertir al amo en benefactor y al charlatán en líder carismático. Y al resto de trabajadores y trabajadoras en adversarios en la brega del día a día. De este caldo de cultivo nacen los extremismos reduccionistas y los populismos salvadores.

En suma, las fortalezas del cacique, del corrupto, de la empresa, del líder populista y de los iconos mediáticos a emular se alimentan de las debilidades de amplias capas de trabajadores y de la infantilización de las relaciones sociales y políticas. Debilidades que se construyen aminorando la autoestima de aquellas personas que solo tienen su fuerza de trabajo para cumplir con las exigencias mínimas de la supervivencia vital, un círculo ideológico de difícil salida y cabal interpretación racional.

De la sublimación laboral y social emergen las alienaciones políticas e ideológicas. Volver a dar contenido sustancial al trabajo humano es primordial para que el pueblo llano tome los resortes de la historia humana. Todo empieza por el trabajo humano; no hay riqueza que no salga de las manos y la mente de cada persona trabajadora. Cualquier ideología que pervierta esta tesis central está guiada por intereses ocultos que pretende mantener unas relaciones de poder concretas e injustas. Romper con la infantlización laboral vigente es el primer paso para pensar el mundo de otra manera, más racional, más armónica con la verdadera realidad que todos habitamos.

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