Una utopía lúdica, Bob Black y la abolición del trabajo
Fuente: http://visnabar.blogspot.com.es/

El trabajo convierte la libertad en una parodia.

Bob Black, La abolición del trabajo.

¿Por qué trabajamos? Pocas preguntas tan sencillas pueden llevarnos, como el hilo de Ariadna, hacia lo más profundo del laberinto social: para sobrevivir, para realizarnos, para mantener a la familia, para formar parte de algo más grande. El trabajo es, de todas las actividades humanas, aquella que más necesita un sistema de gobierno que lo regule, lo fomente y lo legitime.

Puede que los partidos de izquierdas posean una visión radicalmente distinta de lo que debería ser el trabajo y sus subproductos (seguridad y derechos laborales, por ejemplo), pero coincide con la derecha, y con todos los demás partidos, en que el trabajo es un elemento fundamental de nuestras sociedades.


El trabajo es uno de los mayores elementos de cohesión social, el elemento más importante de cualquier discurso electoral.


No se trata ya de una justificación sistémica, en el sentido de que el sistema democrático estatal se sostiene gracias al trabajo, que genera las riquezas que el Estado debería redistribuir.

El trabajo es uno de los mayores elementos de cohesión social, el elemento más importante de cualquier discurso electoral. Pero la cohesión social es algo más que “estar de acuerdo” con el distinto, se trata de la razón que nos mantiene unidos en tanto que sociedad, es decir, aquel elemento que integra a los individuos en la sociedad (junto con la familia, los amigos, el consumo…).

Es tal su importancia que, si bien podemos reconocer que es una fuente de miseria y sufrimiento (pero también de dignificación de la ciudadanía), somos prácticamente incapaces de imaginar sociedades sin trabajo. ¿Cómo viviríamos? Una pregunta como esta no solo demuestra una preocupante falta de imaginación, sino que confirma la identificación del trabajo como única forma de supervivencia y, lo que quizás empeore la cuestión, como única fuente de sentido (de la vida).


El trabajo como fuente fundamental de la independencia del individuo emprendedor de sí mismo se ha convertido en un lujo al alcance de aquellos con suficientes contactos o que pueden “invertir” en su educación lo suficiente como para ver justificado, al final de su vida, el esfuerzo de haberse encerrado durante años en un aula demasiado parecida a una cárcel.


En cualquier caso, hemos llegado hasta aquí, hasta esta sociedad que intenta ser global y que tiene mucho que mejorar, gracias al trabajo. Frente a las grandes gestas de la diplomacia, de la política y de la guerra (y hoy, las grandes gestas del capital especulativo), las sociedades han seguido avanzando gracias a las masas de trabajadores y trabajadoras que han mantenido avivado el fuego de las industrias (y los tanques) de los Estados.

Sin embargo, una sociedad fruto del trabajo (una “sociedad del trabajo”, que ya en 1985 Claus Offe declaraba en crisis), es hoy en día incapaz de mantener viva la ilusión emancipadora del trabajo.

El trabajo como fuente fundamental de la independencia del individuo emprendedor de sí mismo se ha convertido en un lujo al alcance de aquellos con suficientes contactos o que pueden “invertir” en su educación lo suficiente como para ver justificado, al final de su vida, el esfuerzo de haberse encerrado durante años en un aula demasiado parecida a una cárcel.


Al final parece que el propio avance del capitalismo ha sido lo peor que podía pasarle al capitalismo.


La precarización del mercado laboral, lejos de fomentar una mayor contratación por parte de las patronales enternecidas con el último apretón de cinturón de los trabajadores, ha minado la legitimidad social y socializante del empleo. Hoy, cada vez más, tener un único trabajo no es suficiente para superar el estigma de la pobreza, en un mundo en el que además la formación universitaria no es ya una garantía de empleabilidad de los cuerpos.

¿Para qué sirve el trabajo si ya no es capaz ya de asegurarnos la supervivencia (y eso que hace ya muchos años que dejamos de entendernos a nosotros mismos como meros “supervivientes”, hoy queremos ser felices, creativos, sanos, etc.)?

Al final parece que el propio avance del capitalismo ha sido lo peor que podía pasarle al capitalismo.

En un breve pero potente texto de 1921 Walter Benjamin sugería entender el capitalismo como una religión (algo a lo que Weber dedicó sus esfuerzos, a entender la raigambre religiosa que podría explicar el capitalismo): «El capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, penas e inquietudes a las que daban antiguamente respuesta las denominadas religiones».

El gran mérito de Benjamin en este texto es haber podido mostrar, en una envidiable brevedad, que la religión –y esto no necesariamente señala a una determinada religión, sino la religión como esquema de justificación de muchos de nuestros comportamientos y sentimientos, y como ámbito de socialización– sigue todavía dirigiendo nuestras vidas.


Bob Black (Detroit, 1951) no teme enfrentarse a ese leviatán. Su opúsculo La abolición del trabajo (2013, Pepitas de calabaza ed.) resulta, más que un mero grito contra el trabajo, una apuesta esperanzada por la capacidad humana para reafirmarse en el juego y en la creación


Sin embargo, ¿cómo se sentiría un católico si mañana el Papa, en rueda de prensa, reconociese que todo era una mentira y, peor aún, que ni el cielo ni el infierno existen (pues el trabajo tiene un componente de ubicuidad social, que pone a cada uno, especialmente a los perezosos, en “su sitio”)?

Habrá muchos Job que resistirán incólumes otra prueba más de dios, pero algunos se sentirán profundamente decepcionados. Se trata de la decepción de haber creído firmemente en un ideal, lo suficiente como para dedicarle al menos ocho horas al día de nuestras vidas durante muchas décadas, y ver que los ideales y los sueños que mantenían al trabajador en su puesto de trabajo eran una falacia, que el trabajo mismo, en tanto agente emancipador, era una falacia.

Bob Black (Detroit, 1951) no teme enfrentarse a ese leviatán. Su opúsculo La abolición del trabajo (2013, Pepitas de calabaza ed.) resulta, más que un mero grito contra el trabajo, una apuesta esperanzada por la capacidad humana para reafirmarse en el juego y en la creación.

Un libro lleno de frases lapidarias –quizás capaces de que más de uno se replantee presentarse a esa última oportunidad laboral como comercial– que no está exenta de lo único que podría subvertir el yugo laboral: la imaginación.


Black invita a reflexionar sobre esas otras actividades humanas que están regidas exclusivamente por nuestra libre voluntad y por un placer que no necesariamente recae en el hedonismo


El canto contra el trabajo de Bob Black es fundamentalmente una canción a favor de la libre voluntad del ser humano. Frente al trabajo como actividad obligatoria (ya que es la única forma legítima de obtener ingresos para el común de los mortales), el juego, que no significa pasividad, es una actividad voluntaria, en la que sus tiempos vienen dados por las sensaciones de quien la ejerce y no por una máquina de fichar.

Así, Black invita a reflexionar sobre esas otras actividades humanas que están regidas exclusivamente por nuestra libre voluntad y por un placer que no necesariamente recae en el hedonismo:

«El paradigma del juego productivo es un encuentro sexual óptimo. Cada uno de los participantes potencia los placeres del otro, nadie está pendiente del marcador y todo el mundo gana. Cuanto más se da, más se recibe. […] Si jugamos bien nuestras cartas, todos podemos obtener de la vida más de lo que pusimos en ella; pero solo si jugamos para siempre jamás.»

Para muchos un profundo disparate y para otros una esperanzadora utopía, las reflexiones de Bob Black son capaces de poner en cuestión todo el sistema que sostiene el empleo.


Los demagogos seguramente plantearán su lamentable disyuntiva acerca de los niños explotados laboralmente: ¿es que acaso estarían mejor prostituyéndose en las calles?


En una disputa entre partidarios o contrarios al trabajo, nuestros partidos políticos quedarían irremisiblemente retratados en algo que, con suerte, llamarían “resignación”, y que en definitiva significará, siempre, resignarse al sufrimiento como forma de vida, o al sufrimiento como único garante de la supervivencia.

Los demagogos seguramente plantearán su lamentable disyuntiva acerca de los niños explotados laboralmente: ¿es que acaso estarían mejor prostituyéndose en las calles?

Parece que el capitalismo solo sabe permitirnos la prostitución: en las fábricas o en la oficina, o en las calles donde reina la misma impunidad que en las instituciones. Y todo por rechazar, aunque sea durante unos minutos, ese mandato divino: nos hemos quedado atascados en el libro del Génesis.

Tan atascados estamos que incluso propuestas como la renta básica deben justificarse con vocabularios que, o bien parecen extractos de libros de autoayuda, o siguen encajados en la retórica laboralista. Más allá de lo utópico o disparatado, el librito de Black es una pequeña pedagogía de la crítica: hay que apuntar al hueso, a la médula.


Black termina su libro con una provocación necesaria: «Nadie debería trabajar jamás. Proletarios de todos los países… ¡relajaos!».


Ante gobiernos y entidades supranacionales que apuestan por la cada vez más humillante precarización laboral (“flexibilización” en el vocabulario de la vergüenza de los políticos), la llamada al emprendimiento y a la “búsqueda activa” de empleo parece un chiste de mal gusto, o una forma algo cruel de ocultar lo que cada vez más es la verdadera naturaleza del trabajo (para todos aquellos que sigan repitiendo el viejo mantra peronista de que “el trabajo dignifica”, los invito a buscar en el diccionario la etimología de “trabajar” o de “trabajo”; la dignidad no es un premio, es algo inherente a los seres vivos).

Black termina su libro con una provocación necesaria: «Nadie debería trabajar jamás. Proletarios de todos los países… ¡relajaos!». Quizás todavía no seamos completamente capaces de asumir el deseo de ese dictado, permitámonos, al menos, suspender por un momento el carácter incuestionable de ciertas derivas del “sentido común”. Quizás la duda sea el primer paso hacia otra libertad.

Ponle algo al jabalí
“Ponle algo al jabalí”, técnica mixta sobre papel, 2012, Santiago Caneda Blanco.

El capitalismo metido en el cuerpo, Pierre Klossowski y la moneda viva

 

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