Un papa de leyenda

Pedro Martínez de Luna, más conocido como el Papa Luna o el antipapa fue nombrado Papa y después obligado a renunciar.  Pese a su destitución murió recluido en su castillo, sintiéndose Papa y desarrollando hasta la muerte funciones pontificales con el apoyo de unos pocos cardenales por él mismo designados. Si uno visita el magnífico castillo del Papa Luna en Peñíscola puede que, como le ha pasado a esta humilde y escribiente servidora, se interese por ahondar en la figura de este aragonés terco y longevo, y por ende compartirlo. Advierto que en el siguiente relato hay partes que son  leyendas, es decir esos relatos del pasado que no se olvidan, sean o no sean ciertas, por hermosas, misteriosas o noveleras. Empecemos.

Pedro de Luna murió hereje pero no siempre desobedeció a la Sacra Iglesia Romana. Antes que estallara el Cisma de Occidente fue cardenal  y más tarde llegó a ser legado del Papa Clemente VII. En principio, su voluntad siempre fue la de servir al legítimo Papa sin embargo las intrigas vaticanas y los intereses políticos de la convulsa Europa de la época lo convirtieran en un hereje.

Su ascenso y su posterior descenso al ostracismo empezaron con la elección del papa Urbano VI. En esa época la sede papal residía en Aviñón, hasta que se decidió trasladarla a Roma. La elección del nuevo papa con el cambio de sede fue de todo menos limpia y legal. Urbano VI fue elegido pontífice por el único hecho de ser italiano. Los cardenales que votaban, en su mayoría franceses, se vieron  presionados y amenazados a votar a un cardenal romano. Tanto es así que se cuenta que desde las calles, los romanos amenazaban con asaltar el palacio pontificio y degollar a los cardenales a menos que fuera elegido un papa italiano. Aterrados, los cardenales votaron presos del miedo. Pese a este ambiente de crispación, Pedro de Luna aceptó al nuevo Papa Urbano, hasta que fue declarado nulo este papado por considerar su elección no válida por las presiones sufridas. Le sucedió Clemente VII, y a éste Pedro de Luna, conocido como cabeza de la Iglesia con el nombre de Papa Benedicto XIII, el que más tarde la historia lo apodó con el nombre de Papa Luna. El aragonés trasladó la sede al palacio de Aviñón, pero pronto vería truncada su carrera eclesiástica. El caso es que Francia se opuso al nuevo papa por considerarlo poco manejable para sus intereses políticos, por la cual cosa no dudó en negarle todo apoyo financiero y político. Al ver que el Papa Benedicto XIII no renunciaba a pesar de las amenazas, Francia asedió el palacio papal de Aviñón con todo su despliegue de fuerza militar. Lejos de renunciar o amedrentarse, el Papa Luna logró huir de palacio. Lógicamente al perder el apoyo francés, otros países como Portugal y Navarra también dejaron de reconocerlo.

La crisis en el seno de la iglesia era de tal magnitud que llegó un momento en el que llegaron a ver hasta tres Papas legítimos, entre los cuales estaba el Papa Benedicto XIII (papa luna). Esta situación de inestabilidad del poder eclesiástico, dio lugar al Concilio de Constanza, durante el cual se nombró a un único y legítimo jefe de la Iglesia, el papa Martín V. Esta vez el Papa Luna se negó a abdicar y se mantuvo en sus trece, frase que él mismo acuñó, por obstinarse en seguir siendo el legítimo Papa Benedicto XIII. Su desobediencia al nuevo pontífice le costó la excomunión, ser nombrado hereje y la condena de cismático.

Con el paso de los años y habiendo perdido todo tipo de apoyos se trasladó el año 1415 al castillo del peñón de Peñíscola a pasar sus últimos años. Allí en su castillo nombró sus propios cardenales, celebró cónclaves, emitió bulas y escribió libros, como si del mismo Papa legítimo de Roma se tratara. Su convencimiento de que era el legítimo pontífice nunca lo abandonó. Cuenta la leyenda que durante la travesía en barco que lo conducía al castillo de Peñíscola, se desató una tormenta descomunal. El anciano Pedro de Luna gritó en la popa que si él era el verdadero papa se parase la tormenta, y la naturaleza le dio la razón. La tempestad cedió de golpe y nuestro héroe exclamó: Soy el Papa!

Tal fue su empecinamiento y obstinación que el legítimo papa Martín V mandó unos emisarios para que lo envenenaran con arsénico al anciano antipapa del castillo. Tras diez días de cuidados por parte de su médico personal, el aragonés sobrevivió al intento de asesinato tramado y ordenado por Roma. El acoso y persecución sufridos le obligó a construirse, en tan solo una noche, unas escaleras que conducían al mar. La leyenda asegura que en una de sus huidas perdió el anillo papal y un códice imperial de los tiempos del emperador Constantino, cuyo interior albergaba un secreto eclesiástico que a quien lo leía se le helaba la sangre. Durante años y desde el inicio del cristianismo lo habían guardado los papas, porque el enigma que albergaba hacía vacilar de la fe. Por esta razón a la muerte del papa luna, varios emisarios buscaron inútilmente el códice secreto  por los alrededores del castillo, por sus dependencias, por los libros de la biblioteca, por el mar, y por la iglesia colindante. Es posible que tanto la joya papal como el códice secreto yazcan en el fondo del mar, el mejor escondite para un tesoro tan valioso. También, podría ser que el gran secreto de la cristiandad se lo llevara al otro mundo el Papa Luna.

Un papa de leyenda

Lo que sí sigue en pie para deleite de curiosos y visitantes es el castillo donde el Papa Luna pasó sus últimos ocho años de vida, y dónde murió a la edad de 94 años. Incontables visitantes acuden cada año a conocer el último reducto del irreductible clérigo. Entre las numerosas dependencias se encuentran el estudio donde escribió sus libros, entre los más conocidos Las consolaciones de la vida humana o emitía sus propias bulas. En esta estancia, él mismo se hizo construir una ventana orientada a Roma por expreso deseo, una ventana de ojo de buey con vistas al mar por la que si te asomas te golpea suavemente la brisa del mediterráneo. Uno fácilmente se puede imaginar al anciano y terco Pedro de Luna mirando hacia el mar y soñando con Roma: su destino soñado

El aragonés que fue nombrado Papa Benedicto XIII por la Iglesia, antipapa por la misma Iglesia, hereje por otro papa, cismático, lunático por el pueblo y que fue excomulgado de la Iglesia, murió sintiéndose el papa legítimo en su castillo del mar. La Historia, la leyenda y el imponente castillo le ha han otorgado el título al que jamás renunció, el título que defendió hasta su último hálito de vida. La desobediencia hizo que la Historia le regalara el título que tanto defendió durante su larga vida, el título de papa, pero el de Papa Luna.

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