La democracia agonizante

“Las alegrías del odio son alegrías extrañamente compensatorias, es decir indirectas. Lo primero en el odio, cuando usted tiene sentimientos de odio, es siempre buscar la tristeza de base, es decir el hecho de que su potencia de actuar ha sido disminuida, impedida. Si usted tiene un corazón diabólico, usted tendrá a bien creer que ese corazón se ensancha en las alegrías del odio. Pero esas alegrías del odio, por inmensas que sean, no suprimirán nunca la sucia tristeza de la que usted es parte. Sus alegrías son alegrías de compensación. El hombre del odio, el hombre del resentimiento es aquel, para Spinoza, del que todas las alegrías están envenenadas por las tristezas iniciales. Finalmente, sólo puede sacar alegría de la tristeza, tristeza que experimenta en virtud de la existencia del otro, tristeza que imagina infligir al otro para su placer. Son alegrías calamitosas.” (Deleuze, G. “En medio de Spinoza”. Cactus. 2006, pp.  83).
“¿Qué puede querer decir que la tristeza es un asunto de Estado?

La Ética es una verdadera denuncia: la gente que es totalmente impotente es la más peligrosa. Son los que van a tomar el poder. La gente del poder son impotentes que sólo pueden construir su poder sobre la tristeza de los otros. Tienen necesidad de la tristeza: sólo pueden reinar sobre los esclavos (Deleuze, G. “En medio de Spinoza”. Cactus. 2006, pp.  85). El tirano y el sacerdote, escribe Spinoza, cultivan la tristeza. Agreguemos: el Estado gestiona la tristeza; y no sólo a ella si no al conjunto de nuestros afectos; los manufacturan como si se tratase de la energía eléctrica o el petróleo. El inconsciente es estatal, como ya lo afirmaba René Lourau (2008), y su función no es otra que la de curvar nuestras representaciones, nuestras acciones e incluso nuestros sueños. Nos piensa, piensa por nosotros, piensa en nosotros y dentro de nosotros… el Estado promueve la tristeza entre sus ciudadanos porque nada parece resultarle más efectivo que gobernar bajo el signo de esa afectación, gubernamentalizar la tristeza. Se logra así una suerte de extensión espacial de la tristeza (en todo un territorio) que se pretende no debe extenderse demasiado en el tiempo (hay que volver rápido a los afectos alegres) so pena de la patologización. En esto, como en otras cosas, se trata de lo que advirtiera Alicia Fernandez, acerca de la sociedad hiperkinética y desatenta que medica lo que ella misma genera. Hacer reinar la tristeza, según la expresión de Deleuze, implica ambas cosas: patologizar la tristeza por un lado (no es posible no estar alegre) y, al mismo tiempo, generalizar ese afecto en la sociedad toda. Ya que sólo en una sociedad donde reina la tristeza, es decir una tristeza social generalizada, resultan aceptables ciertas medidas para el bien común”. (García, D. “Alegría y tristeza en el siglo de los Derechos”. Revista Crítica Año I N.o I, Agosto 2016, Rosario. ISSN: 2525-0752, pp. 77-78.)

La posibilidad de la alegría constituiría una suerte de fuga, en el sentido de posibilidad de ir en el más allá de las alegrías del odio, de las tristezas generalizadas, las frustraciones y las alegrías que no son.
Forjar una alegría desde la individualidad, desde la realización personal, es en definitiva el objetivo que dispone el sistema en general para, procedimiento mediante, constituir un sinfín de unidades producidas, homogeneizadas que logre el todo como suma de estas partes robotizadas.
Seremos algo en la medida que dejemos de ser, es la promesa que se proyecta desde aquella alegría del odio, en virtud de que la tristeza es un asunto o peor aún, una finalidad de estado.
La democracia al imponerse en el número, determina a través del poder de tal mayoría el nudo letal de lo legal y lo legítimo.
Vaciados de conceptos y por ende, de significados, en el cementerio de lo estadísticos reinan índices e indicadores que establecen la supuesta felicidad de los pueblos.
En una de las pocas porosidades en que se filtra aquello de una libertad inmanente, en un brutal como heroico acto de superación existencial como anímica, entender y comprender a modo Leibziano del “mejor de los mundos posibles”, tal vez se constituya en la ruptura necesaria del nudo gordiano que perpetúa la cadena entre amo y esclavo.
La hegemonía buenista o soft, del primado de la empatía, es el síntoma de época que no debemos dejar de soslayar.
El deseo siempre es de un otro y si no dislocamos que la felicidad de cada uno, no puede estar en la infelicidad de aquel, entonces el triunfo electoral y por ende democrático de lo empatico, no será más que el cadalso de nuestras almas.
El otro, en el que supuestamente debemos ubicarnos como para sacar lo mejor de nosotros (empatía) no precisa de esto mismo, lo que precisa es que le demos su lugar y el lugar de la interacción (el nosotros), de lo contrario, la empatía no será más que la supresión de la alteridad en razón de una buena intención o de lo políticamente correcto.
En caso de que persigamos la felicidad, sin que esta implique la no posibilidad de lo mismo para otros, iremos seguramente construyendo un sendero en que finalmente pueda surgir, o así lo sentiremos que era lo mejor que estaba a nuestro alcance, y números más o números menos, consensualmente y por sentido común y no por mayorías que aplastan u opriman minorías, tendremos sí un sistema que nos organice bajo este principio de placer o de alegría colectiva, así entendida.

(QED). Quod erat demonstrandum.

Por Francisco Tomas González Cabañas.

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