Tan solo es miedo

Fue Erick Fromm, hace ya bastantes años, quien incluyó en el título de una de sus grandes obras la palabra “miedo”. Me refiero, en este caso, al ensayo El miedo a la libertad. Se me ocurren no solo más sinónimos de libertad, sino también de sustitutos parecidos que encajarían dentro de esa estructura semántica. El miedo a decidir, el miedo a no depender, el miedo a caminar, el miedo a ser yo, el miedo a que tú ya no seas tú. El miedo, así como a veces el amor, parece que sigue rigiendo toda fuerza interna –o externa– que nos lleva hacia un lugar. Es el miedo quien nos dice qué no hacer y cómo hacer lo que supuestamente debemos. Sigue guardando el miedo la llave que abre esa puerta hacia algo mejor, o quizá ni siquiera la guarda, pero nos aterra la idea de ir a buscarla. Continúa dirigiendo el tráfico ese miedo que pone luz roja a la plena felicidad. Pero, ¿hacia dónde iríamos si no existiera el miedo?

Podría ser que sin miedo compartiríamos nuestra confianza, porque por fin la tendríamos. Sin miedo no insultaríamos al que no piensa igual, porque entenderíamos que no quiere ganarnos, sino complementarnos. Sin miedo abriríamos las fronteras, porque querríamos aprender de lo desconocido. Y también sin miedo nos abrirían las fronteras, porque entenderían que no vamos a otro lugar a sembrar miedo, sino a recoger dignidad. Sin miedo no hipotecaríamos nuestra vida, porque ella sería nuestro propio crédito. Sin miedo abrazaríamos más, porque abriríamos nuestra coraza. Sin miedo disminuiríamos el consumo absurdo, porque consumo significa comprar absurdamente miedo. Sin miedo nos atreveríamos a pensar, en vez de dejar que otros se atrevan a pensar por nosotros. Sin miedo, en definitiva, empezaríamos a creer en algo más. Se acabarían las guerras, el hambre, la desigualdad… Pero, ¿la injusticia, acaso, se basa en el miedo? Por qué si no, me pregunto, no donamos cada mes el dinero que ahorramos. Por qué si no, entonces, no ahorramos más dinero para donarlo. Por qué si no, de una vez por todas, dejamos de donar dinero y empezamos a recomprar el miedo que una vez repartimos.

Lo difícil es, paradójicamente, que necesitamos el miedo para sobrevivir. Sin miedo no podríamos quejarnos, pues ¿a quién o a qué tendríamos miedo? Sin miedo no podríamos hablar de cuánto gano yo o cuánto ganas tú, porque el dinero ya no sería el medio del miedo, sino puro miedo a ser cualquier medio. Sin miedo pararíamos de viajar cada fin de semana a centros comerciales, y situaríamos nuestro centro en nosotros mismos. Sin miedo contaríamos nuestros problemas, y dejaríamos de contar los de los demás. Sin miedo no tomaríamos pastillas contra el miedo, porque son, precisamente, las pastillas el principal problema. Sin miedo no nos hipnotizaríamos delante de la televisión, porque querríamos vivir despiertos. Sin miedo la vida tal y como la entendemos se acabaría, porque en torno a él gira, y en torno a él se marcha. Sin miedo, en definitiva, dejaríamos de sobrevivir y, entonces sí, comenzaríamos a vivir.

No importa, o importa más bien poco, por dónde vamos a ir. Importa, eso sí, a dónde vamos a ir. Lo único que hace falta es que nos quitemos el gran lastre que continúa empujándonos hacia la quietud. No importa el cómo se haga, sino el qué, y solo sin miedo podremos respetar la manera de hacerlo. Si queremos lo mismo, vamos a por ello. Si tememos a lo mismo, el temor irá a por nosotros. No es con o sin miedo a por todo, es, o sin miedo, o nada.

 

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