Soportes vitales

Cierto es, que nuestra dependencia con respecto a los lazos afectivos que mantienen saludable nuestra autoestima, forma parte fundamental junto a otras necesidades primarias, del desarrollo pleno del ser humano. Nadie está libre de “no necesitar” esa palmadita que suponga aumentar niveles de ánimo que a veces lindan peligrosamente con la rugosa y fría superficie terrenal.

El ser humano es sociable por naturaleza. “No es bueno que el hombre esté solo”, o “No sólo de pan vive el hombre”, aludiendo a sagrados textos. Y así se confirma, incluso el más entregado anacoreta, buscará en otras formas de auto complacencia, rellenar ese hueco afectivo creado por la inexistencia de otros congéneres.

Cuando creemos darnos a los demás, en realidad nos damos a nosotros mismos. La irremediable soberbia de nuestro ego, nos impide reconocer que independientemente del aporte generoso y siempre positivo que implementamos al ofrecernos de buena fe a una buena causa, de alguna manera, gran parte de esa decisión ya estaba tomada sin que nosotros nos percatáramos. El subconsciente decidió en su momento que “eso” era lo mejor para que nuestra moral cobrara muchos enteros.

Y es que el ser humano se remite siempre a sí mismo. El mayor de los masoquistas encuentra ahí (en su doloroso affaire), su paraíso particular. Su labor va a ir ligada en todo momento a buscar a ese alguien que le inflija ese placentero dolor, ese subidón de adrenalina que depende únicamente de los demás, ya que el propio castigo no le supondrá, (como no le supone al narcisista el vanagloriarse a sí mismo), suficiente vitamina para alimentar su egolatría.

Todos sin excepción, necesitamos cada día, emulsionado con las viandas paliativas de otras primarias necesidades, cubrir éstas mal llamadas secundarias. El soporte vital no sería posible sin esa dosis de moral que puede aparecerse en multitud de formas, provenientes casi siempre de nuestro entorno más cercano, aunque, son las procedentes de interacciones fuera del entorno familiar, las que más y mejor  insuflan ese bálsamo de fierabrás que el hombre trata de hallar a diario.

El más fiero de los mortales reservará un trocito de su corazón a darse a querer, a  buscar en su agenda un mail de felicitación, al saludo desinteresado de algún conocido viandante, a la sonrisa natural del tendero del barrio, o a recibir exultante la llamada de algún viejo amigo.

El santo grial para el hombre es ese llamado alimento del alma, ese que no se encuentra en los supermercados, ese que buscamos cada despertar, con la simple y primordial finalidad de sentirnos un poquito queridos.

 

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