Exégesis del ocaso de la economía global
El perjudicial predominio de los economistas en la política.

“Lo propiamente político de la tragedia no es el conflicto entre las polis o el conflicto de poderes dentro de la polis… sino el conflicto entre la polis y el oikos, ese fundamento arcaico que excede a la Ley y no puede nunca ser completamente sometido a ella. El oikos, lo familiar (también siniestro), que es también -significativamente- el radical etimológico de la palabra economía… Pero al mismo tiempo, ya en la Tragedia se hace sentir la necesidad de esa renegación del oikos, del fundamento arcaico y singular, y la necesidad de generalización de un orden exclusivamente político en el sentido más o menos moderno: de un Logos consciente y activamente humano, que ofrece una eficaz represión de aquel fundamento, de aquel afuera del discurso”. (“La Tragedia, o el fundamento perdido de lo político”, Grüner E. CLACSO, 2002).

Partimos desde la hipótesis de que tal tensión, planteada en tales términos aún no fue resuelta. La economía (las leyes de las cosas del hogar o de los asuntos de familia) jamás pudo haber pretendido hacer extensivo su campo a la administración general, de la cosa pública o de una generalidad que vaya más allá de su singularidad de tratar y abordar aspectos concretos, específicos, y acotados en espacio y tiempo.

El cientificismo de transformar en probable a cada rama de la episteme que se pretenda válida para interpretar y con ello administrar los asuntos generales de las polis o de los estados, lo observamos o padecemos en la actualidad, pandemia mediante, cuando por el advenimiento de un virus se nos gobierna bajo un protocolo universalizado, amañado en conceptos médicos o medicinales para asegurarnos “salud” de acuerdo a los estándares que ellos mismos nos señalan, nos indican y por el que nos gobiernan.

Obró también, al menos en los últimos siglos una interpretación extraña o se imprimió por “economía” (referenciando uno de los tantos significados que se le da al término más allá del etimológico el cuál se condenó al olvido) de la interpretación un reduccionismo del que somos herederos.

Cuando las cuestiones políticas dejaban discutirse, sea por la violencia en las que terminaban o por la vacuidad o vacío en los términos en que se presentaban las discusiones, algo debía tratarse como aspecto general, o como abordaje de las cuestiones públicas.

No encontraron mejores prácticas, que aquellas en donde reina la lógica procedimental, que rescata el origen de la “mathema” el conocimiento desde las cosas que se aprenden, por intermedio de la interacción de números para obtener resultantes traducidos de cosas e intraducibles en otras.

El viejo concepto de la economía, pasaba a ser de la administración de los asuntos internos, no públicos, al ámbito del intercambio de números. La humanidad simbolizada, mediante sus interrelaciones ya numeradas y numéricas, precisaba de reglas más claras que establecieran mayores certezas ante la práctica que hubo de salir desde dentro de los hogares (de los oikos) hacia las plazas o bancos (ámbitos de lo público) donde además del comercio, la humanidad iría aceleradamente a su comercialización absoluta, a la pretensión de hacer traducible o rentable su esencia o espíritu.

No es casual que usemos tales términos dado que fue precisamente Hegel, en su condición de filósofo, como de precursor de Marx, quien luego de la “Fenomenología del espíritu” como de “Principios de filosofía del derecho” entre tantos conceptos, inaugurará el dominio del estado de derecho como piedra basal mediante la cuál se organizaran los sistemas sociales y políticos, validados por el absolutismo normativo trazado por Hegel.

Marx vendrá luego a pretender un abordaje que permita una fuga a lo establecido y tal como para el mismo era función de la filosofía (cambiar lo que existe) se dispuso a usar la vertiente, o el camino o sendero de lo económico para profetizar o alentar proféticamente el advenimiento de la “dictadura del proletariado”.

Los marxistas, interpretaron la esencia de Marx en razón de que no existen marxistas especializados, ocupados o preocupados en lo económico. No sólo que Marx fue filósofo, sino que independientemente de lo cerca o lejos que estemos de sus posiciones filosóficas, su mayor subversión fue haber hecho del factor económico un elemento prioritario o determinante en los asuntos públicos o haberlos planteado como aspectos genéricos o generales.

En esta trampa, tal vez por una aversión prejuiciosa o por haber caído en una amnesia por saturación, los no marxistas, anti marxistas y mayoritariamente quiénes se declaran “liberales” no pueden salir del sesgo economicista desde el que pretenden comprender, analizar, diagnosticar y a partir de estos imposibles trazar propuestas para ofrecer alternativas a los asuntos públicos, sociales o políticos.

Sobran los economistas que desde tales cotos de caza no se cansan, como tampoco cansan a una sociedad numerizada, de perorar números inconsistentes que no dicen ni dirán nada, dado que no es función de estos que puedan ofrecer algo más allá de lo que reflejan o de lo que son.

Jamás desde el luminoso sendero (a decir de Mariátegui que serviría luego a terroristas para hacer de las suyas, bajo tal nombre, en el Perú) de lo económico podrán discutirse aspectos conceptuales políticos como el liberalismo o el populismo y diversas como supuestas dicotomías que de acuerdo a los medios publicados generan una confrontación social o cultural actual.

Nadie que comprenda siquiera liminarmente el liberalismo o cualquier otra concepción de la teoría o de la filosofía política puede iniciar sus consideraciones desde lo económico. Quiénes lo hacen, probablemente no entiendan lo que estén haciendo y sólo se queden en tal disputa dialéctica con la trampa filosófica de Marx. Los marxistas por supuesto no hablan ni hablarán de economía pues no deja de ser tal aspecto el ámbito de lo íntimo, de lo “privado” es decir de lo no público, de lo que no está en el ámbito prioritario de las definiciones políticas.

Los liberales que tal vez, por pretender otra cosa a la existente, quieran ser tales y se sientan, interpelados por quiénes hacen populismo con buenos modales o academicismo económico y usan cada tanto o cómo grito de guerra o de “haka” el “viva la libertad carajo”, debieran observar que probablemente el edificio actual del sistema político-social y luego económico, debe ser cuestionado desde su base conceptual o filosófica; hablamos del concepto neural del estado de derecho.

Cuando se cuestione más a Hegel que a Marx, tendremos más chances de experimentar otras posibilidades o formas de organización. Para esto precisaríamos de más políticos o de hombres, mujeres o como se quieran percibir, que trabajen desde, por y para los conceptos, dejando a los números en el ámbito más común y natural, lo íntimo, lo “privado”, lo no público, lo familiar.

Por Francisco Tomás González Cabañas

No hay comentarios

Dejar respuesta