Si falla Podemos

“No piense en lo que el Estado puede hacer por usted sino en lo que usted puede hacer por el Estado” dijo John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos. En esta sentencia se encierra un modelo de política muy diferente al que estamos acostumbrados, pues nos hace responsables de nuestro país. Es demasiado fácil votar, desilusionarse, quejarse y volver a votar, sin que nada cambie. La verdadera política y los verdaderos cambios sociales deben provenir de la base, de cada uno de nosotros. Podemos, el partido surgido del movimiento del 15M, es un ejemplo de ello, por lo que sus simpatizantes y votantes deberían preguntarse qué pasará el día en que Pablo Iglesias aparezca en los medios de información ligado a algún escándalo, atribuido o real. ¿Le retirarán su apoyo? ¿Lo defenderán a ultranza? ¿Qué ocurrirá cuando Podemos meta la pata? ¿O acaso creemos que son infalibles? ¿Puede Podemos solucionar todos nuestros problemas? ¿Puede crear una sociedad más justa sin nuestra participación, por modesta que sea?

Mi respuesta es no, no puede. Nadie debería esperar que un partido político pusiera fin a los desmanes de todo un país. En todo caso, puede crear esperanzas, pero estas necesitan de gente que las alimente en la cotidianeidad. Cada uno, en su ámbito, debe dejar de ser corrupto; debe tratar a los demás con ecuanimidad; debe dejar de favorecer a los ricos; debe permanecer inalterable ante los ataques contra la democracia y debe favorecer las virtudes de su nación y de la gran familia humana. Cada cual tiene un deber respecto de la sociedad en que vive y, si desea cambiarla, “Sé tú mismo el cambio que deseas ver en el mundo” – Mahatma Ghandi.

También tenemos el deber de ser prudentes respecto a las informaciones que aparezcan en contra de quienes defendemos y en contra de aquellos a quienes nos opongamos. Serenidad. Al fin y al cabo, todos vivimos en el mismo país y estamos obligados a convivir y a encontrar un futuro mejor para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, que pertenecerán a uno u otro grupo político, según sus libres preferencias, y deberán lidiar con los problemas que nosotros no hayamos podido resolver: cualquier paso hacia la unidad – que no la uniformidad – del Estado en aras de un bien común traerá recompensas. No podemos olvidar que el nuestro es un país dividido desde hace mucho tiempo y cuyas heridas no han cicatrizado todavía del todo. O nos perdonamos los desmanes de la última guerra o cualquier progreso caerá en un pozo por envidia y oposición de la otra España. Es una tarea personal, familiar y, finalmente, social.

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