Sensación de… nada

¡Atención, atención! ¡Se hace saber al pueblo llano, que uno de los grandes timadores de nuestra patria, ha sido detenido! ¡Atención, atención!

(Risas)… Bien, empiezo con el artículo.

No hace ni veinticuatro horas, los periódicos, cadenas de televisión, emisoras de radio, internet y el boca a boca; tenían en primera plana el registro y posterior detención del ex ministro Rodrigo Rato. Puede que alguno de ustedes, no haya tenido tiempo de enterarse debidamente acerca de lo acaecido en el círculo del ex ministro. Pero el caso es, que el señor Rato, ya está en libertad.

Si amigos/as del arroyo, así funciona la justicia en España. ¡Ah, bendita televisión! Todos vemos películas en las que los malos son atrapados con las manos en la masa y tras litigios y golpes en el pecho en pos de la justicia, el bueno de la peli, logra hacer besar el barro al malvado ladrón al cual le lanza una última puyita nociva para que le reconcoma por los siglos de los siglos durante su estancia en la cárcel. Claro está, hay diferencias singulares entre Hollywood y España.

En Hollywood, el malvado; mata, extorsiona, amenaza, secuestra, soborna… y la justicia le persigue aun cuando esta tenga resquicios contaminados que el protagonista se encarga de sellar con su tenacidad y buen hacer para que finalmente, el malvado de con sus huesos en la trena. Pero en España, el malvado (mejor en plural) no solo cuenta con el consentimiento de la justicia en sus cotas jerárquicas más elevadas, sino que además, no le hace falta amenazar… ¿para qué? Si robar a lo grande en España es tan sencillo como ser el sheriff de Nottingham en la versión Disney de la famosa obra de Robin Hood, en la cual basta con entrar en las casas de los pobres, quitarles la contribución y salir tarareando por la puerta.

Pero en España, parece que no hay protagonista, no hay Robin Hood… no hay motivación para pararles los pies y condenarlos al ostracismo socio-político-económico. No. Somos un país en el cual si tienes dinero, tienes poder y si tienes poder, tienes impunidad en el noventa y nueve por ciento de las veces. Véase los casos más sonados de los últimos meses.

Miguel Blesa, en la calle, Bárcenas, en la calle, Leo Messi (basta con pagar lo que debía y aquí no ocurre nada) en la calle, Gao Ping en la calle, Los Pujol en la calle… casi hasta se puede crear una fórmula sobre la libertad en España:

S(Dinero, Poder de generación de empleo, Afiliación política) *  Años que se lleva disfrutando de una de esas tres variables / Nivel de escándalo promovido por la prensa = Inmunidad judicial

Sé de buena mano, que hay múltiples variables dentro de cada una de las que he anotado (como en una muñeca matrioska), pero me quedaré con estas. Si acaso multiplicarlo por cien para hacer un porcentaje de inmunidad judicial.

Lo vemos, lo leemos y lo sentimos… e incluso algunos, lo padecen. Todos comprobamos el grado de inmunidad judicial de los poderosos en este país.

Preferentistas, comunidades autónomas enteras… Y al final de todo el asunto, ¿qué sensación se nos queda? ¿Impone nuestra justicia un castigo lo suficientemente severo como para que los potenciales defraudadores replieguen filas y se escondan en sus guaridas como un ermitaño?  ¿O únicamente impone unos castigos que conllevan a que los defraudadores saquen su vena creativa a relucir para generar nuevas formas de defraudar y así lograr recuperar su tanto por ciento de inmunidad judicial?

Al final, bajo mi punto de vista, tras el cierre del sumario o del caso en sí, en mi cuerpo, se queda instaurada una sensación de… nada. De vacío absoluto. Decepción, escasez de contundencia. Un agujero negro que absorbe mi capacidad de raciocinio. ¿Y en ustedes, queridos lectores? ¿Creen que la justicia es ecuánime a la hora de dictar sentencia? ¿Mmmm?

Para despedirme, les dejo un último ejemplo acaecido hace dos días en Bilbao. Consta de un vídeo, que por razones obvias no subiré a ningún sitio, se ve como un motorista, falta verbalmente a un policía local y éste, da la señal de alarma. Miradas entre uno y otro a escasos cinco centímetros, aluvión de palabrería vana por parte de ambos implicados y en cuestión de cuarenta segundos de vídeo, en la escena entre motorista (desarmado, a excepción de su verborrea)  y agente de policía, se personan un total de nueve coches patrulla con una media de dos ocupantes por vehículo, es decir, si las matemáticas no me fallan. Dieciocho policías, más el que dio la voz de alarma, para reducir a un motorista que lo único que hizo, fue responder a un agente de la ley.

Y en el otro lado de la balanza, Rodrigo Rato, con vehículo policial del tipo berlina de alta gama y liberado en un tiempo récord de dos o tres horas, por banalidades como la más que probable evasión fiscal, blanqueo de capitales y creación de empresas fantasma para facilitar ese blanqueo. ¿Qué sensación os queda en el cuerpo ante dos casos reales? Sensación de… nada.

 

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