Reingeniería para salir de la crisis

Para el gran público, el término de “reingeniería” es algo tan chocante, extraño y novedoso, como enseñarle por vez primera a un homínido de las cavernas, algo tan simple como un mechero. Nos choca ese término, dado que no se usa en exceso en la vida cotidiana. Es un término que existe en lugares puntuales como las universidades y especialmente en el enigmático mundo empresarial.

Pero, ¿en qué consiste la reingeniería? En su origen, el término estaba enfocado a reorganizar las estructuras y modelos empresariales, con la finalidad de obtener mejoras en las empresas. Mejorar los procesos, no incurrir en tal o cuál error, aplicar medidas innovadoras que rompan con los métodos tradicionales… todo ello a la vez. Para que lo entendamos, reingeniería es igual a reorganizar o renovar. Y llevado a una enseñanza más trivial, significa, hacer los cambios necesarios, para adaptarse a las exigencias del entorno y la coyuntura que gira en torno a él.

Autores como James Champy o Michael Hammer, podrán daros una información infinitesimalmente más técnica que la que yo os ofrezco. No obstante, el término acuñado por estos dos hombres, no solo se puede ver en el ámbito empresarial. En tu vida personal, puedes aprender de tus errores o incluso de los de los demás, para así no incurrir en las mismas faltas. En esencia, aprender constantemente, para no fallar de manera reiterada.

Cierto es, que personas como Albert Einstein, ya dijeron en su día frases que pasaron al recuerdo de la historia, tales como: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Y es cierto. Si lo aplicamos a nuestras vidas personales, nos sorprenderemos de los resultados obtenidos.

Salir a hacer deporte en vez de quedarte en casa tirado en el sofá. Leer libros no recomendados por las grandes editoriales en vez de lanzarte de cabeza a por los best seller de siempre. Decirle a esa/e chica/o lo que sientes por él/ella… un sinfín de pequeños cambios que pueden hacer que tu vida vire ciento ochenta grados.

Pero, ¿y en nuestra economía? ¿Qué cambios podemos hacer? ¿Elegir nuevos líderes políticos para que nos representen y nos protejan de todo mal, incluido de nuestra propia ignorancia? ¿Abolir el capitalismo? Es posible que en pocos meses, escribamos la historia de nuestro país con letras de oro en el gran libro de la historia. Pero lo que desconocemos, es lo que dirán esas historias. ¿Ocurrirá lo de siempre o no? ¿Saldremos de la crisis o seguiremos inmersos en ella, sobrellevándola con mayores dosis de fútbol, sol y playa?

No lo sé… me siento en pañales ante estas y otras preguntas de índole socio-político-económica. Solo sé, que no hay que hacer lo mismo de siempre. Hay que aplicar procesos de reingeniería para cambiar nuestras vidas en todos los aspectos. Hay que reinventarse. Claro está, toda esta palabrería, suena idílica mientras se mantenga en éste artículo y no salgan las palabras a la realidad y nos hagan cambiar. Por ello, lanzo mi propuesta de cambios en lo que nos interesa hoy por hoy; la economía nacional.

En las últimas semanas, vemos y oímos que en buena parte de Europa, los grandes líderes políticos, se sientan en las mesas a negociar las condiciones de vida económicas de millones de personas. Y en todas las conversaciones, se repite una misma frase a modo de coletilla: “Deuda pública”.

Ese gran estigma que persigue a muchos países y a los millones de ciudadanos que eso supone. Obligaciones de pago, intereses, plazos, con una soga al cuello, populistas, deudores, morosos, países de segunda. Son unas pocas expresiones que circulan en el boca a boca europeo.

Nuestra deuda pública, supone ya el noventa y siente por ciento del PIB. Todo un récord que ha costado relativamente poco esfuerzo conseguir… bastaba con mirar para otro lado y dejarse llevar por la corriente. Al igual que el estudiante que no se preocupa por una materia hasta pocos días antes del examen, nuestro bipartidismo político, se ha esforzado en ignorar el incremento de la deuda pública. Constante, como un martillo golpeando un yunque. Pero esa patata caliente ya ha explotado en nuestras narices y no sabemos qué hacer para solucionar el problema.

Mientras los políticos juegan a su particular “Juego de Tronos”, el mundo sigue girando y el problema permanece impasible. Por ello, para hacer frente a la deuda, quizás debamos hacer algo distinto a lo que se ha hecho hasta la fecha. Todos hemos oído hablar de las reestructuraciones de deuda, consistentes en una ampliación de plazos o cambios de intereses, para hacer frente a los pagos de dicha deuda. Pues bien, aquí va mi proceso de reingeniería:

Retitularización de la deuda soberana. Si, la RAE está que arde. El término no existe, pero espero que sobreviva al menos en este artículo. En esencia, consiste en renombrar la autoría de la deuda. Cuando leemos lo que debemos a la UE, se nos abren los ojos de par en par y nos decimos, ¿dónde está todo ese dinero para que yo tenga que pagarle este dineral a tal o cual país? Haciendo números, los españoles debemos, de media, unos veintitrés mil euros. ¿Alguien ha visto esa cantidad ingresada en sus cuentas bancarias como un préstamo o una línea de crédito? No. Yo por lo menos…

Por ello, creo que el principal paso para la salida de la crisis, es quitarnos ese peso de encima, poniendo nombres y apellidos a los verdaderos deudores y/o estafadores que han apelado al patriotismo para diseminar la responsabilidad de sus malas gestiones entre la población y así escurrir el bulto. Nombres, apellidos, cifras y fechas… todo ello, ha de constatar como una factura para que las gentes que nos han obligado a pagar un dinero del que no hemos disfrutado a unas personas como nosotros, que posiblemente no hayan hecho una transferencia bancaria para prestarnos el dinero; paguen por ello. Depuremos responsabilidades, damas y caballeros. Hagamos un proceso de reingeniería y llamemos a las cosas por su nombre. Retitularizemos la autoría de la deuda, para que de ese modo, paguen justos por pecadores.

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