Pier Paolo Pasolini

…Pero yo, con el corazón consciente

de que solo hay historia en la vida,

¿podré acaso obrar con pura pasión,

sabiendo que nuestra historia ha acabado?

Pier Paolo Pasolini

Una película no demasiado redonda, aunque ofrezca momentos extraordinarios y una actuación insuperable, puede ser el desencadenante de un recuerdo y una reflexión de mucho valor, no por el que la escribe sino por el protagonista de la misma.

Desde que el ciclo de lo profético se cerró debido al cumplimiento aparente de lo que la Biblia proponía y al inicio del camino hacia la Shoah, tan reciente, tan indigerible por muy acostumbrados que estemos a la barbarie y a las múltiples variaciones del asesinato colectivo y el exterminio de quienes somos y nuestras capacidades de convivencia. Desde que se cerró ese ciclo de profecías “a lo divino” han ido apareciendo individualidades proféticas no reconocidas debido al hecho de mantenerse apegadas a la tierra y no poseer ninguna vocación de reconocimiento como profetas, debido a la circunstancia de que sus capacidades son muy terrenales y proponen cambios casi tan imposibles, por complejos o demasiado sencillos, como las visiones de los antiguos profetas hebreos y de otros pueblos que se pretenden iluminados.

El último profeta laico sin pretenderlo, que sepamos, es el protagonista de la película a que me refería: Pier Paolo Pasolini. Un personaje de aparente condición contradictoria, múltiple e inclasificable, que sigue interpelando a su futuro, nuestro presente, con su condición de humano libre y con su rastro de obras de muy diversos géneros que continúan vivas sin posibilidad de convertirse en clásicas gracias a la rebeldía que enarbolaba su autor como condición de posibilidad y como imposibilidad de elección de cualquier otra alternativa.

Su tesis básica es el acabamiento de la cultura popular en su siglo y, con ella, lo humano del humano. Él reivindica constantemente lo cultural como una posesión y un derecho de todos y cada uno de los humanos, hayan asistido a la escuela o no, pertenezcan a una sociedad, la que sea, o a una religión, cualquiera. La cultura, para él, es esa vivencia y transmisión íntima de lo aprendido desde tiempos inmemoriales que se realiza en lo social sin dejar de ser individual. Todo aquello que los medios de comunicación del siglo XX, la propaganda política y el usufructo económico se han encargado de destruir para aplanar la auténtica vida de cada uno de los humanos y convertirla en una pasta informe que no permite el desarrollo personal ni la integración en una sociedad creativa y con posibilidad de ejercer o buscar la libertad.

Él, el poeta, ensayista y narrador absoluto que no absolutista, representa el misterio encarnado y alejado del dogmatismo. Él, su obra, todavía es una luz en la que mirar hacia el futuro sin pudrir el pasado, es un espejo posible de lo que podemos ser y de lo que se nos propone sin proponérnoslo como individuos y sociedad. Obras tan fecundas y variadas como la suya, son referentes fundamentales que, aunque encarnadas en su momento, representan la posibilidad eterna de no abandonar el origen, nuestro origen, ese presente eterno de lo mejor que podemos ser como especie social y como individuos que se asocian.

Siempre tendremos la posibilidad de que la fecunda herencia de Pasolini fecunde nuestro presente y nuestro futuro sin necesidad de purgar ninguna posibilidad humana ni abandonar el recuerdo de lo que fuimos en pos de un dejar de ser atomizado e intratable.

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