Periodismo y otras ruinas

Tras décadas asociándolo a la prensa rosa, entrevistas callejeras y tertulias, el periodismo
es el sector que ha monopolizado la mala fama. Los lectores de periódicos caen en picado,
la televisión se ve cada día menos, las revistas no se venden… ¿Qué le está pasando al
periodismo convencional? Culpar solo a la Telebasura sería pecar de simplista, pues hay
tres motivos determinantes: el auge de internet, el intrusismo laboral y la politización
mediática.

Las redes sociales democratizaron la información: ya no hacen falta corresponsales,
cualquiera puede grabar con su móvil un atentado en la otra punta del mundo y
compartirlo globalmente sin mayor complicación. Incluso las noticias nacionales (robos,
huelgas, violaciones…) pueden ser contadas por los propios afectados a través de
YouTube o Twitter. Al otro lado están el intrusismo y la politización. Para numerosas
secciones, los medios contratan a economistas o politólogos en vez de a periodistas
especializados. Otros tantos tergiversan la información en favor de un bando político y
algunos, incluso, manipulan resultados de encuestas hechas por ellos mismos. Entonces,
si para ejercer el periodismo no hay que ser periodista, ni imparcial, ni riguroso, ¿qué lo
diferencia de una conversación de bar? ¿cuál es el papel del reportero si su propio campo
no le requiere?

La dramática situación no solo se da en prensa. Allá por los primerizos 2000, abundaban
en televisión programas de divulgación seria, debates moderados y análisis deportivo
riguroso. El medio audiovisual se convirtió en una autoridad gracias a su calidad
informativa y a la preparación intelectual de quiénes participaban en él. Sin embargo,
desde 2010 hasta hoy, las cadenas se han convertido en hervideros de tertulianos o
showmen carentes de formación en los temas que tocan. Son especialistas en violencia de
género, analistas políticos, expertos en el IBEX-35, feministas comprometidos y
previsores de crisis inmobiliarias. Todo ello en la misma semana o, si acaso, el mismo
programa. Ya no hay cultura del debate, sino de la burda discusión y el titular pintoresco.
El espectador encuentra más atractiva una pelea a voces que un coloquio, y las cadenas
lo saben. Más morbo, más audiencia; más audiencia, más anunciantes; más anunciantes,
más dinero.

Sabiendo esto, y entendiendo que el público disfruta estas dinámicas, podemos concluir
que la audiencia es otro enemigo del ejercicio periodístico; tal vez el más grande. Cuanto
más acrítico es el espectador, más Telebasura pide, y cuanta más Telebasura le dan, más
acrítico se vuelve. Es un bucle de mediocridad posmoderna: el ciudadano se hace más
tonto a sí mismo, las compañías se lucran y el periodismo muere.

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