El monopolio de la violencia
Fuente imagen: http://www.publico.es EFE

El estado tiene legalmente el monopolio de la violencia. Pero esa capacidad siempre debe ser contribuyente al bien común. A su protección. Pero si se entiende a la violencia como el uso inmoderado de la fuerza, en todas sus formas, tanto física como psicológicamente, como en el control del pensamiento, esa finalidad doble se desnaturaliza. Esta perversión, fue una preocupación desde el estalinismo hasta el franquismo, para mantenerse en el poder. Los objetivos por parte de los violentos solo admiten lograr objetivos aún cuando vayan contra la voluntad de los violentados, individual o colectivamente. 

Es violencia apelar a los sentimientos básicos con significados múltiples, para movilizar a colectivos sociales unos contra otros, transgrediendo la responsabilidad de gestionar el poder para construir espacios de encuentro en estos tiempos complejos. La cuestión de las banderas, los himnos y ciertas consignas tan vacías de contenido como la ausencia de un verdadero Plan de País para la España que viene. Lo que se está padeciendo y comprobando es el fracaso de la Constitución vigente.

Es violencia que el artículo 134 de la Constitución establezca que el Gobierno cuente con capacidad “para vetar aquellas proposiciones o enmiendas que, a su entender, puedan tener efectos negativos sobre los presupuestos en curso o previstos, ya sea porque merman los ingresos o porque provocan un aumento de los gastos”. Rajoy ha conseguido que algo no cambie en lo esencial. La oposición no ha logrado sacar adelante ninguna de las 30 iniciativas legislativas que ha presentado en la actual legislatura. La minoría absoluta tiene su propio rodillo parlamentario. Todas las medidas, ya fueran relativas a la supresión de las tasas judiciales o del impuesto al sol, los permisos de paternidad y maternidad, el cierre de las centrales nucleares, o el fomento del autoconsumo eléctrico, fueron vetadas por un Ejecutivo en minoría. El Partido Popular ha pasado del decreto al veto como forma de gobierno.

Por ello, aún cuando se hable de legalidad en los discursos mediáticos, se utilizan las normas que se elaboran a medida, o que están definitivamente desfasadas,  con el único fin de proyectar la violencia no solo contra personas, sino contra animales o contra entornos naturales o medioambientales. Los incendios de Galicia y Asturias son violencia. El reprimir la discrepancia ideológica o religiosa, paradoja en un Estado aconfesional, también. La llamada ley Mordaza es violencia. Una Justicia que se demuestre discrecional o alejada de la misión de preservar los derechos de las personas, sea cual sea su condición social o económica, es violencia. Por ello, la aplicación de la fuerza desproporcionada para contener multitudes que han descubierto esas inequidades, no sólo no terminará siendo efectiva, excepto claro, que se demuestre la voluntad de manchar de sangre calles y plazas, sino que es violencia total.

Puede incitarse con diversos estímulos y puede manifestarse también de múltiples maneras asociada igualmente a los variados procedimientos de la humillación, la amenaza, el rechazo, el acoso o las agresiones verbales, emocionales, morales o físicas. Esto se verifica en la vigencia de la Reforma laboral que sólo ha contribuido a empobrecer a la fuerza de trabajo. La sistemática privatización del sistema sanitario, produce víctimas que el Estado parece no reconocer. La carencia de medios de la ley de dependencia deja en la exclusión a sectores muy amplios de los mayores. Eso también es violencia. Muere gente por desatención.

La consecuencia puede ser y es casi en todos los casos la lesión o destrucción, en parte o en todo, de un ser o grupo humano. No se trata de eliminar a la oposición social o política solamente, cuando se quiere instrumentalizar la justicia para dirimir los conflictos sociales, políticos y económicos. La prisión no contuvo a Ghandi ni a Mandela. El impulso de las corrientes contrapuestas, dentro de una gestión violenta de los conflictos en un Estado, no es una estrategia que haga presagiar escenarios de consensos.

Cuando una parte del Estado se quiera apropiar del conjunto ejerciendo la violencia que le confiere el legal monopolio de la violencia, entonces estamos en presencia de una plutocracia inadmisible en estos tiempos.

Los maltratadores, violentos por antonomasia, suelen cubrir a sus víctimas con la amenaza de ejercerla. Porque no necesariamente se trata de algo consumado y confirmado. Así, la violencia puede manifestarse también como una amenaza latente, sostenida y constante en el tiempo. Procura el miedo.

Decía el poeta latino Horacio: “Quien vive temeroso, nunca será libre”. Ese estado es lo que procuran para ti los violentos.

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