Mil imágenes para la palabra

El recorrido se inicia un día cualquiera, casi en cualquier tiempo, pues hay cosas que son universales.

Entre gritos y dolor indescriptibles, el mundo ve nacer a una nueva alma; ambos, madre y padre, lloran de júbilo porque, después de tantos meses de incertidumbre, se redimen al contemplar el poder de la Naturaleza en su puro estado. Les parece increíble que esa criaturita haya salido de ellos, un diminuto ser al que cuidarán hasta las últimas consecuencias para que, antes o después, él también pueda sentir el mismo júbilo de sus progenitores…

Esa persona de edad adolescente, que siente una sensación como jamás antes había experimentado cuando, superando las pequeñas dudas de la falta de experiencia, habla sin hablar con su alma gemela, en el recreo, en los cambios de asignatura. Sus miradas se cruzan en los pasillos, se buscan en clase, mientras el profesor, que conoce y sintió el primer amor por entonces, les pide amablemente que presten atención a la lección de Matemáticas. Pero nadie les pide que presten atención a la película del fin de semana. Dos manos que se abrazan, unos ojos que se fijan y, lentamente, unos labios que se aproximan, sedientos, mientras ni el mejor director de todos los tiempos es capaz de impedir ese tímido beso en la oscuridad de la sala…

Dos personas de cualquier edad, que ven cómo sus cuerpos encajan a la perfección, que están hechos el uno para el otro. En ese momento, la timidez es, cuanto menos, innecesaria, pues, desprovistos de ropas, joyas, perfumes, de todo rastro de artificialidad, la habitación se difumina; la física, la desnudez absoluta, se convierte en química, y la química, en un éxtasis inefable que solo los dioses pueden comprender. Poco a poco, descienden, y descansan abrazados de su amor, rezando para que el dios que los ha transportado hacia ese estado no los separe jamás…

Dos amigos que no sabrían vivir por separado. Más que amigos, casi son hermanos, porque no hay secreto propio desconocido para el otro. El cruel azar quiere que uno de ellos caiga mortalmente enfermo, ya que quiere probar esa amistad contra viento y marea. La necesidad de un trasplante urgente perfora el corazón del amigo —hermano— sano. Pero el caprichoso azar pierde, pues tal amistad sobrevive ante huracanes y «tsunamis»: mejor perder un órgano que perder a un amigo; en caso contrario, sería un corazón el que sufriría, y para eso… para eso no hay trasplante que valga…

El desempleado que lucha para llegar a fin de mes, entre depresiones y ánimos que flaquean, ve a un mendigo en la puerta de una gran superficie. Parece que las miradas acomodadas ni siquiera son sensibles a su presencia. El estómago del desempleado está descontento, enfurruñado, pero el del mendigo… directamente se retuerce de dolor, siente los tentáculos de la inanición. En el fondo, ¿no somos todos hijos de la misma Madre, no sangramos si nos pinchan, no sufre nuestro cuerpo si no le damos lo que exige, y no por capricho? El esfuerzo por parte del desempleado es encantado, y las más que contadas monedas de su bolsillo se destinan a satisfacer un hambre mucho más grande que la suya. Que su estómago pase de estar enfurruñado a quejarse a viva voz si así lo desea: una queja siempre es más soportable que un dolor. Su mayor recompensa es un sincero agradecimiento. Y no, no quiere que Dios lo bendiga: solo ha cumplido con su obligación como hermano…

Tiempos oscuros, de extremismos. Una madre protege con su vida a su hijo; las balas silban alrededor, pero la madre sigue sonriendo aunque le hayan perforado el pecho. Y su sonrisa es de júbilo, el júbilo que siente, por mucho que la existencia comience a escapar de su cuerpo, al pensar que su hijo vivirá y que ella seguirá viva en él, que los asesinos, guiados por teorías falsas que solo ellos defienden, pagarán caro su crimen contra la vida, contra el amor. Su hijo corre sano y salvo, despedido hasta siempre de su madre, mientras los aliados apresan a los que han asesinado a la que le dio la vida dos veces, quizás más…

Una madre que conoció el amor en su día, y la felicidad que de él nace. El destino, la falta de oportunidades, le hace pasar cada noche con un hombre diferente, todo para que su hijo pueda comer, ir a la escuela, tener una vida. La suya no importa siempre y cuando su hijo tenga una. Para ella, soportar los insultos y los excesos de un cualquiera forma parte de su jornada laboral, un trabajo que nadie reconoce legalmente. Su recompensa después de tanto maltrato es que el fruto de su amor verdadero pueda sonreír. Él todavía es demasiado joven para comprender de dónde procede el dinero que su madre trae a casa… …

El adolescente incomprendido que ve cómo la niña que le haría comprender a los demás parece ser inmune a su presencia. Él no se corresponde con los patrones artificiales que a ella le han enseñado. El chico pensará que el amor le es esquivo, y gastará el escaso dinero que gane en sustancias que le hagan verla, en buscar el amor forzado en un cuerpo que no siente nada sino la necesidad de su cartera, para alimentar a hijos de cuya existencia él jamás sabrá…

La víctima de que dos almas ya no encajen. La lluvia golpea el cristal de su habitación, y pasan a su corazón en forma de lágrimas. Recuerda las noches en las que las gotas los acunaban a ambos, como una refrescante fuente de agua fría después del cálido —y supuestamente infinito— amor que se profesaban. Pero ese amor engañado ya se ha consumido, la lluvia ya no lo mece, sino que lo apaga poco a poco. Cuando el sol vuelva a brillar, quizás una nueva primavera surja, pero siempre hay inviernos que son demasiado, demasiado largos…

El descerebrado que odia el color de otra piel, que se fija más en las apariencias que en el interior. El pobre diablo cree que él ocupa un lugar privilegiado, cuando todos somos habitantes de esta misma tierra, donde nadie tiene ningún derecho a juzgar al prójimo. Este descerebrado cree que esas pobres gentes vienen a robarle el trabajo, cuando estas no buscan, por máxima obligación, sino pan y agua para su familia… Lástima que todo tenga su opuesto.

Lástima que no pueda existir el amor sin el odio. Estas son solo algunas imágenes de ambos. Seguro que el lector podría aportar más imágenes para la palabra «amor», y más imágenes para la palabra «odio». Nosotros nos conformamos —y esperamos— con que, sean mil, sean muchas menos, exista siempre al menos una descripción más de la primera que de la segunda.

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