Mi 8 de marzo

Poco antes de las ocho de la tarde me encontré en la ciudad de Santiago de Compostela con un ciudadano español con el que tenía que hablar de temas bien diferentes al del feminismo. Sin embargo este copó nuestra conversación, para mi sorpresa.

Surgió de forma espontánea, no recuerdo si fue él o yo quien lo sacó a colación, porque en las calles ya se escuchaban consignas a lo lejos y había en el ambiente un movimiento de fiesta y dinamismo propio de una celebración. Era obvio que mencionáramos lo que estaba pasando a nuestro alrededor, pero no esperaba que tuviera un resultado tan revelador.

Se podría decir que mi interlocutor representa el perfil de un padre de familia, unos sesenta años, centrado, ideas propias y, aparentemente, instruido en valores.

Me espetó sin más que las manifestaciones del 8 de marzo hacen seguidismo de una agenda política, que la ley contra la  violencia de género es innecesaria, que los agresores son «de otras latitudes», que el feminismo debería señalar al islán como instigador de violencia contra las mujeres, y otras lindezas.

Le rebatí cada una de las andanadas que me sacó sin previo aviso, pero no me dejaba hablar, sentí la necesidad de un mediador (o mediadora), que me lo quitaran de encima, en fin, pero nadie acudía en mi ayuda, tuve que peleármelo yo sola. Fue duro. Yo pensaba que ya no me podían ocurrir estas cosas, ahora que las generaciones más jóvenes toman en serio lo de la igualdad de género, que yo podría dedicarme a la poesía, pero comprobé que tengo luchas que librar y que estas pueden asaltarme en el peor momento. Hay que estar preparadas.

Por hablar con este hombre de forma acalorada llegué tarde a la manifestación y se puede decir que no estuve presente, pues la idea de que debía rebatirle e, incluso, instruirle, ocupó mi pensamiento toda la noche tras el desencuentro.

Lo que piensa este varón, a quien yo pregunté por qué tiene ese beligerancia contra el feminismo, representa el pensamiento del ciudadano medio. Me respondió que en absoluto es beligerante con el feminismo.  Yo creo que es una persona reprimida y obcecada en lo cómodo, que niega la violencia contra las mujeres para no tener que moverse de su posición.

Me aseguró sin más que no es machista, le pregunté entonces por qué sabe que no es machista, «porque lo sé. No soy machista» —aseguró—. Le hice la observación de que no le creo, que, por el contrario, le creería si dudara sobre si es machista o no, pero no me entendió. Es de los que piensan que la idea que me forme de él  se basará en lo que me dice, no en lo que mis ojos ven y mis oídos oyen. Él, por su parte, no es ciego ni sordo, pero no quiere ver ni oír. Vive en sus trece. Como él hay muchos y en eso pensaba yo mientras las mujeres en la Plaza del Obradoiro reclamaban igualdad y ni un paso atrás en la lucha feminista.

Me quedé con las ganas de decirle que en mi entorno más cercano cuento a 8 mujeres víctimas de violencia de género, que si me pasa a mí, también le ocurre a cada uno de nosotros, en cualquier ámbito de la vida en la que nos movamos, si miramos a nuestro alrededor, vemos violencia de género si la queremos ver.

Mis 8 mujeres las defino por su situación: 3 están muertas, una está desaparecida y las otras 4 son supervivientes. De los agresores, 2 están fallecidos por suicidio, de los seis vivos ninguno fue a la cárcel. Alguno de ellos fue investigado, pero sin resultados definitivos.

La conclusión que extraigo de mi estadística particular es que  hay que trabajar con estas 4 mujeres supervivientes para darles una calidad de vida exenta de violencia, de culpa y de obstáculos. Debemos preguntarnos por la calidad de vida de las madres y de sus hijos. Tenemos que exigir que la policía y los juzgados  se empleen a fondo para que los delitos no queden impunes, porque la sociedad debe resolver los males con castigos ejemplares, como en otro tipo de delitos, ni más ni menos.

Mujer alta superdotada y negra

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