Hoy va un artículo corto, porque la idea o concepto en sí es muy corto de explicar, aunque no siempre de entender. A algunos les cuesta toda una vida entenderlo… Algo tan simple como qué es el crecer.

‘¿Qué es crecer, hacerse mayor, convertirse en adulto?’ se preguntan tantas veces los niños valientes, y atemorizados a la vez. Y piensan, ‘crecer es tener hijos, un trabajo, una casa…’ En definitiva; responsabilidades y compromisos.

No se alejan demasiado de la realidad, es cierto, en lo que empíricamente se puede probar claro; ser adulto (en su concepto globalmente entendido) conlleva organizarse la vida en base a una subsistencia propia y autónoma, y a unas preferencias. Pero existe una definición mejor -para quienes defienden la naturalidad como clímax de la descripción de ‘persona’-: crecer es ser niño otra vez. 

Porque algunos creen que, por muchas responsabilidades, nóminas, hipotecas o bocas que alimentar se sumen al día a día, a pesar de todos esos tormentos que nos convierten en adultos, se puede seguir siendo niño. Se puede vivir con la misma iniciativa y motivación, se pueden seguir teniendo sueños, se puede salir a la calle con una mancha de chocolate sin sentirse avergonzado, se puede ser sin prejuicios que nacieron hace tantos años en un subconsciente que alguien creó. Simplemente, se puede ser.

Se pueden obviar las tendencias y los criterios ajenos, simplemente se puede seguir disfrutando de la vida como si todo fuera nuevo.

No digo que vivamos ahora todos como salvajes infantiles y alocados, solo digo que nos dejemos llevar más y no tengamos miedo a lo que ‘los mayores’ puedan pensar (que es justamente lo que pasa cuando se deja de ser niño, cuando se entra en la adolescencia).

Crecer es ser niño otra vez pero con muchos más deberes y más reales y consecuentes en el proceder de una vida.

Es una frase que se puede entender si entendemos la vida como algo corto de donde tenemos que sacar el máximo provecho. Las rabietas de niños se pasan en unos días porque no hay nada más importante que el bienestar de uno mismo, y el de los de nuestro alrededor, por supuesto. Se puede entender si concebimos los problemas (que por supuesto seguirán existiendo y a mayor edad, más) como lecciones de las que aprender y madurar moralmente.

Una gran verdad del adulto es la madurez que, junto con la entereza y la ilusión infantil, pueden convertir un sin vivir en un problema solucionable. Que problemas hay muchos… y todos tenemos… y se solucionan. (Lo que no se soluciona es la muerte de un ser querido, es cierto, eso se supera).

Eso también nos lo enseñaron en el colegio; los problemas están puestos para que los resolvamos.

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