Medios en guerra, políticas de la vergüenza: la transformación de la política exterior según Baudrillard
Fuente: http://www.culturamas.es/

A la catástrofe de lo real preferimos el exilio de lo virtual, cuyo espejo universal es la televisión.

Jean Baudrillard, La guerra del Golfo no ha tenido lugar.

Considerado por muchos como un terrorista de la teoría, Baudrillard se caracteriza por una obra que lleva hasta el paroxismo la necesidad asumir la condición virtual de lo real. Luego de leer alguno de sus últimos libros las sensaciones encontradas son siempre incómodas, y uno tiene la sensación de que hasta los semáforos forman parte de un profundo plan que mantiene los engranajes girando.


Un concepto de simulacro que no es ya el del simul, de la imitación o reproducción a partir de un modelo; el simulacro para Jean Baudrillard es una forma de considerar el origen de las cosas en un mundo que se pone a prueba en su vacuidad.


Quizás es ahí donde interviene, precisamente, el bisturí teórico de Baudrillard: el único secreto detrás todo, incluso de los semáforos o de los anuncios contra el tabaco en las cajetillas de tabaco, es que no hay secreto, no hay plan, solo un paroxismo ridículo del sentido que, en su incapacidad para asumir su propio vacío, se recrea en sus sueños, sueños de una máquina que se ha ido a dormir con la conciencia tranquila. Zarathustra resuena con fuerza en las obras de Baudrillard:

«Si prescindimos del ideal ascético, entonces el hombre, el animal hombre, no ha tenido hasta ahora ningún sentido. […] No podemos ocultarnos a fin de cuentas qué es lo que expresa propiamente todo aquel querer que recibió su orientación del ideal ascético: ese odio contra lo humano, más aún, contra lo animal, más aún, contra lo material, esa repugnancia ante los sentidos, ante la razón misma, el miedo a la felicidad y a la belleza […] ¡todo eso significa, atrevámonos a comprenderlo, una voluntad de la nada, una aversión contra la vida, un rechazo de los presupuestos más fundamentales de la vida, pero es, y no deja de ser, una voluntad!… […] el hombre prefiere querer la nada a no querer… (Genealogía de la moral, Ttdo. Tercero, § 28)»

Baudrillard parte de la muerte de dios, se acerca a los bordes de ese desierto que crece, y a eso nombra, casi en un gesto perverso, como lo real. Ante el borrado de todo horizonte, la escritura se mantiene en obra al dejarse atravesar por los simulacros.


Desde un sustrato teórico como este, la guerra del Golfo, comentada por Baudrillard en su polémico La guerra del Golfo no ha tenido lugar (Anagrama, 1991), nos ofrece una oportunidad para pensar la situación actual de los medios ante la guerra


Un concepto de simulacro que no es ya el del simul, de la imitación o reproducción a partir de un modelo; el simulacro para Jean Baudrillard es una forma de considerar el origen de las cosas en un mundo que se pone a prueba en su vacuidad.

Eso que debería ser la realidad, lo que se esconde detrás de los esquemas con los que pensamos el mundo en su desnudez, nos enfrenta a un simulacro en sustitución de un origen, pero un simulacro que no remite a nada ni a nadie, que no se aferra a nada.

Jugando con la fábula borgeana, al principio de Simulacres et simulation (Galilée, 1985; traducido en parte al castellano como Cultura y simulacro, por la ed. Kairós), Baudrillard sugiere que la referencia principal ha sido siempre el mapa; el territorio, en cambio, subsiste como jirones de lo real en el desierto que sigue a las ruinas de un imperio. Bienvenidos al desierto de lo real, o quizás a lo real como desierto, a lo real como ese lugar donde toda referencia pierde pie. De poco valdrán las píldoras rojas o azules, siempre faltará una píldora que permita despertar a lo real (y, de haberla, ¿podríamos soportarla?).

Desde un sustrato teórico como este, la guerra del Golfo, comentada por Jean Baudrillard en su polémico La guerra del Golfo no ha tenido lugar (Anagrama, 1991), nos ofrece una oportunidad para pensar la situación actual de los medios ante la guerra.


Sokal y Bricmont, le dedicaron críticas furibundas en su Imposturas intelectuales, poniendo en duda la validez de toda su obra y, por extensión, negando la utilidad (pedagógica) de las metáforas


Desgraciadamente, toda la polémica que suscitó esta obra en tres actos (publicados en el diario Libération entre enero y marzo de 1991) se debe a esta frase: «El espacio de la guerra se ha vuelto definitivamente no euclidiano». Los científicos «de izquierdas» rasgaron sus vestiduras con el uso incorrecto e indiscriminado de términos que no pertenecen a la divagación teórica filosófica.

Algunos, como Sokal y Bricmont, le dedicaron críticas furibundas en su Imposturas intelectuales, poniendo en duda la validez de toda su obra y, por extensión, negando la utilidad (pedagógica) de las metáforas. Como pasa con demasiada frecuencia, se juzgó la obra exclusivamente en el plano de la expresión, una herramienta que la política imperialista aprovecha para evitar que trascienda la lacerante verdad que pueden esconder dos o tres metáforas.

Frente al absurdo teatro del “Live News” de la CNN (que transmitía en exclusiva y en directo el desarrollo del relato de una guerra anunciada –en España Matías Prats era el ventrílocuo del “Diario de la guerra” de Televisión Española–), Jean Baudrillard escribe un contracomentario de una guerra que ya no es como las de antes. El ejercicio, más allá de sus aciertos, muestra que uno de los antídotos fundamentales contra la imposición de la realidad-en-tanto-que-actualidad es la reflexión pausada, profunda, que se permite sospechar de las urgencias para poder mostrar los hilos y las manos del teatro del mundo.


La guerra se hace pública y publicable, se miden las imágenes y se orquestan los rigurosos directos, lo que nunca será público serán los extractos bancarios de los líderes que incentivan estas guerras


En un mundo que ya no puede permitirse grandes guerras mundiales, la guerra debe encontrar otros cauces de rentabilidad, una rentabilidad que debe publicitarse (y hay en esto, al menos, un doble aspecto: el propagandístico, que debe leerse siempre en clave orwelliana; y el del carácter público, de la publicidad que emana de estos actos de guerra y que instauran de forma calculada el problema de la guerra en tanto que problema público).

La guerra se hace pública y publicable, se miden las imágenes y se orquestan los rigurosos directos, lo que nunca será público serán los extractos bancarios de los líderes que incentivan estas guerras. Quedará siempre el recuerdo de un relato políticamente correcto, de un compromiso activo con una comunidad internacional que, pese a todo, no podrá superar las injerencias internas de la jurisprudencia estadounidense (véase Irak 2003, más una consecuencia de un interés sostenido en mantener un poco más al siempre alocado Saddam que de una purga mal hecha –lo saben bien los fabricantes de vacunas, acabar con la plaga es acabar con el negocio–).

En todo ello los medios juegan un rol fundamental, sosteniendo un relato que dicen construir en directo pero cuyo guión está escrito desde hace meses (se vivió con la guerra del Golfo igual que con la de Irak, cuentas atrás implantadas en las pantallas de los telediarios, como las bombas en las películas, solo que en este caso nunca se llegan a desactivar –porque no sería rentable–; cuentas atrás de algo que va a suceder a pesar de todo, simulacro de una expectativa, de una esperanza que no va a cumplirse).


Frente al occidentalismo fuerte y de corte asimilador del choque huntingtoniano, Baudrillard sabe plantear un análisis en el que todos deben asumir la culpabilidad del ridículo vergonzoso de la guerra (medios de comunicación incluidos)


Ni la corrección política de la tercera vía, ni los indignados científicos «expoliados» de sus términos, pudieron ver (o quizás no quisieron ver) lo que suponía el debate abierto por estas nuevas guerras, esta nueva prolongación de la política (o de la carencia de política, como dice Baudrillard reescribiendo la famosa cita de Clausewitz) para la democracia:

«Los objetivos políticos de esta guerra: el único objetivo (transpolítico), consiste en enrasar a todo el mundo según el más pequeño denominador mundial común, el denominador democrático»

Visto en términos históricos, este apadrinamiento de la democracia universal que ejercerían las potencias occidentales, con Estados Unidos como padre primerizo y rector, no convierte a la democracia en el fruto de una lucha contra el poder dictatorial que emana desde una instancia popular, sino que hace de la democracia un residuo radioactivo, una especie de by-product de los movimientos comerciales del petróleo armamentístico occidental.

Una radiación que emiten todos los regímenes plutocráticos que tutorizan «nuestras» democracias. Así, la llamada corrección política que representaría la tercera vía (con profesionales de la ciencia social como Giddens besando las manos de Blair y la reina) es incapaz de articular la honestidad o la valentía necesaria para asumir y reconocer que nuestros sueños democráticos han de pagarse con la sangre de eso que siempre deberá ser la alteridad.


Los niños seguirán muriendo ahogados y los que decimos estas cosas seremos tachados de locos, de insensatos o de irresponsables, mientras, el desierto seguirá creciendo (es más fácil encontrar petróleo si nadie vive allí)


Frente al occidentalismo fuerte y de corte asimilador del choque huntingtoniano, Baudrillard sabe plantear un análisis en el que todos deben asumir la culpabilidad del ridículo vergonzoso de la guerra (medios de comunicación incluidos): «La victoria del modelo es más importante que la victoria sobre el terreno».

Los medios de comunicación se convierten así en otro elemento armamentístico, una fiel mascota de los intereses «globales» por la paz y la democracia, el residuo de un sistema que usa a la democracia como coartada para la guerra (y también como metáfora, pero de eso no se preocupan los científicos).

Después vendrán las imágenes que romperán el corazón a las huestes de la corrección política, los políticos sensatos irán a abrazarse con las víctimas si eso les resulta electoralmente rentable, pero todos se retirarán a negociar en las sombras del sistema si de verdad interesa dejar de bombardear a los «abrazables» (doble rentabilidad la de la guerra, rentabilidad electoral para el márketing de la corrección política que quiere mostrarse sensible, y rentabilidad de las plutocracias que, más tarde, darán o no su calificación positiva a los gobiernos que tutorizan).

Los niños seguirán muriendo ahogados y los que decimos estas cosas seremos tachados de locos, de insensatos o de irresponsables, mientras, el desierto seguirá creciendo (es más fácil encontrar petróleo si nadie vive allí). La tele, el sonido de fondo de nuestras vidas –como el pitido de un electrocardiograma– seguirá manteniendo la tranquilidad de los vecinos:

«La tele, clavando a la gente en sus casas, cumple plenamente su función de control social mediante el embotamiento colectivo: girando inútilmente sobre sí misma como un derviche, mantiene amarradas a las multitudes tanto mejor cuanto que las decepciona, igual que un bodrio de novela policiaca».

“Vulcano”, técnica mixta sobre lienzo, 2011, Santiago Caneda Blanco
“Vulcano”, técnica mixta sobre lienzo, 2011, Santiago Caneda Blanco
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