Los silencios

En ocasiones, los silencios tienen la virtud de la elocuencia. Dicen lo que callan las palabras. ¿Os habéis fijado en esa pareja mayor que toma su desayuno los domingos en el bar sin dirigirse palabra? Él lee -o hace que lee- el periódico, ella se entretiene contemplando la concurrencia, perdida en sus pensamientos. De vez en cuando, se miran e intercambian alguna opinión y vuelven a su silencio. A mí, me parecen entrañables esos silencios si se dan en parejas de edad. Son silencios construidos a base de años, llenos de complicidad, de conocimiento, de ternura incluso. Pero, cuando esos silencios los observo en parejas más jóvenes, dejan de parecerme entrañables. A menudo, entonces, me parecen cargados de indiferencia o de rencor. Así son los silencios: diversos, porque no hay un único silencio, sino muchos.

Y no sólo en el bar. Hay silencios entre compañeros o rivales en el trabajo. Los hay llenos de caricias y los hay con verdadero resentimiento, esa pasión que no es más que la versión muda del odio. Silencios que te acompañan incluso cuando estas solo, cuando llegas al hogar perseguido por uno de esos silencios que te hubiera gustado romper, pero se te murieron las palabras antes de salir de tus labios. “Debería habérselo dicho. Debería haber hablado” pensamos en esas ocasiones, cuando, a solas, llegamos a casa cargando uno de esos silencios.

Y, por supuesto, la política no podía ser menos. Llena de silencios cómplices y de silencios malintencionados. La política se construye, hoy al menos, de complicidades y mala intención. Ambas, cosas que se cultivan en la sombra y el silencio.

Así, la escena política se nos va llenando de silencios. Y más hoy, cuando muchos temen verse expuestos al próximo fracaso electoral o se sienten arrinconados incluso por los suyos.Silencios de políticos ¡precisamente con lo que les gusta hablar!. Pero, en ellos, en los políticos que callan mucho, los silencios dejan secuelas, rastros fisonómicos, en cuerpo y faz.

Un par de ejemplos, se me vienen inmediatamente a la cabeza.

Aznar. ¡Ay, Aznar! A Josemari el paso de los años le sienta fatal. Tan parlanchín y sentencioso que era, ahora calla. Nada dice de sus amigos caídos en desgracia ¡son tantos! Preguntadle por Blesa, Bárcenas, Matas, Mato, Fabra, Camps, Galeote, Correa y el Bigotes, el elenco todo de las bodas aznarinas. No dirá nada. Ya no proclama, como otrora, que pondría la mano en el fuego por éste o por aquél. Se muerde los labios, mira a otra parte, o habla del cualquier cosa que no venga a cuento(no del sexo de los ángeles: monseñor se lo tiene prohibido, y la legionaria de Cristo en botella, de sexo:¡chitón!). Tanto como su mudez, me preocupa su salud. Cada vez se le ve peor aspecto al hombre. Más enjuto cada día, las mejillas más hundidas, el mentón quebradizo, afilándose por momentos, el mostacho apenas ya una sombra desdibujada, y las napias en imparable crecimiento sobre la menguante faz. La mirada fosca, tenebrosa, cada vez más oscura y perdida en las cadavéricas cuencas. Todo en él parece consumirse en ese cuerpo que se pierde dentro de las americanas, de los trajes cada vez más anchos. La raya y el tupé excedidos de tinte, delatados por las blancas cerdas del mostacho reprimido. A Aznar el silencio le consume. Y el rencor de saberse despreciado por la historia, también.

Ah, pero otra gran paridora de elocuentes silencios se me viene también a la cabeza: Susana Diaz. La presidenta por expreso dedazo de Griñan. La presidenta andaluza forma parte de aquellos que disimulan sus silencios en una verborrea abundante. ¡Cuanto le gusta hablar de sus “humildes” orígenes fontaneros, de su proximidad al pueblo llano: porque el andaluz es el pueblo más llano de la península ibérica -¡llanísimo!-, con permiso del señor Monago, otro lucidor de modestos orígenes. Preguntarle a Susana sobre los ERE’s, sobre Griñán y Chávez, sobre el nombramiento de Esperanza Acosta (esposa de un imputado en los eres y de su mismo partido), cada vez calla más; y como Aznar, habla de lo que sea (ella sí puede hacerlo sobre el sexo de los ángeles o de quien le plazca, con permiso de la Macarena y del espíritu liberal de la finada Duquesa de Alba a quien, ahora, resulta que Alfonso Guerra y su séquito de aduladores tanto admiraban). Pero en el cuerpo también le va la penitencia, a Susana. Luce cada vez más hinchados los mofletes y demás atributos. O le aprovecha mucho la comida o los silencios la hinchan, digo. La tez ya anuncia cuarteos y las infladas ojeras insinúan las horas de la noche perdidas entre intrigas y resentimientos. No pudo ser presidenta del partido ni candidata en las próximas elecciones generales. Hubo que tragar con la operación guaperas: y ahí tiene mucho silencio que comerse. Porque no puede decir lo que siente: que Pedro Sánchez no es más que un sucedáneo de ella misma que, al final, terminará traicionándola (como Rajoy, que apuñala a Aznar cada vez que habla bien de él, Sánchez terminará hablando bien de Susana en silencios cada vez más ominosos) Ah, pero del gran silencio que me la ha traído al teclado del ordenador, todavía no he hablado. El asunto del Contrato de Trabajo de Erejón. ¡Un tema de suprema importancia nacional!: resulta el chaval ganaba 1.800 € brutos de la Universidad de Marbella-una miseria para un investigador, convendrán ustedes- y hacía pellas en el curro! Supuestamente o no, tanto da. Como cuando eramos peques y en lugar de ir al cole, nos perdíamos toda la mañana el el parque con unos amiguetes, resulta que Erejón -presuntamente- hace pellas en la Uni, para irse a jugar a la política con sus amiguetes de Podemos. Todos pudimos asistir al bochornoso espectáculo de Susana despotricando sobre las supuestas pellas de Erejón, como si esa fuera la Gran Corrupción. La encubridora -supuesta- de los ERE’s de Andalucía, de sus colegas consejeros, de su protector Griñán, de Mercasevilla, de los cursos con alumnos fantasma suculentamente subvencionados, se nos quedaba ronca de gritar contra Erejón y sus pellas en los platós y los telediarios que la quisieron retransmitir. Pero alguien le debió señalar, a la honorable presidenta, que estaba haciendo el ridículo y que no podía ponerse a la altura de tal bajeza. Entonces calló. En público, claro; porque es evidente que bajo mano le apretó las tuercas a la universidad de málaga para continuar con el espectáculo. Difama, que algo queda. Aquí lo que ha quedado es el silencio de Susana. Ese es uno de los silencios más viles: el de quien tira la piedra y esconde la mano.

Y vale que de silencios tenemos muchos más. Por ejemplo, en el mismo Podemos: pregutadles sobre si son independentistas en Catalunya: silencio. Sobre si son comunistas o socialdemócratas: mas silencio. Sobre si subirán los impuestos a las clases medias, shhhhh! En fin, al menos, en el caso de Podemos, callan porque no saben todavía que responder (o qué nos gustaría escuchar) Es lo que tiene querer estar a bien con todos: que hay que callar mucho.

Y yo me callo hasta el finde que viene.

Tengan ustedes una feliz semana.

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