Los preferidos de la Historia

Toda civilización se erige sobre el interés de sus habitantes. Si nadie comercia, la
economía se para; si nadie vota, la política no funciona; si nadie trabaja, la producción
cesa. Podemos decir entonces que un magno problema para una sociedad sería el
desinterés general por la misma. Antaño, cuando la calidad de vida escaseaba, en Europa
se esforzaron por crear un tejido industrial, generar empleos, avanzar en salud y mejorar
el bienestar. Ahora que las necesidades están cubiertas, ¿Te has parado a pensar qué toca?

La pregunta abruma un poco. Esa lucha por mejorar el mundo terminó cuando nacieron
los baby boomers y aún disfrutamos sus resultados. Sin embargo, demasiado nivel de vida
ha hecho que nos relajemos. Al no haber una meta que alcanzar, la ciudadanía deja el
mundo en manos de altos cargos esperando que todo siga igual de bien al día siguiente;
ya no importa el compromiso social. Corrupción, hambrunas, devastación climática…
¿Para qué tomárnoslo en serio? Si a pesar de ello tenemos un empleo y una ducha con
agua caliente, ¿No podemos convivir con las injusticias? El statu quo de occidente ya no
entiende de empatía ni sacrificio, y en España puede verse a pie de calle.

Las generaciones a partir de los noventa han confundido los conceptos de queja y cambio.
Ya no hay una juventud vertebrada dispuesta a ejercer presión real, como sí la hubo en
Mayo del 68 o en el 15-M, sino que impera un soberano conformismo. El adolescente
posmoderno reivindica por Twitter desde la comodidad de su sofá y se siente un rebelde
por ello. La revolución nunca fue tan fácil: presencias tres desahucios por televisión y los
combates usando un hashtag. Aunque no todo el pasotismo es online: hay quién no acude
a manifestaciones de interés si ello le supone perder horas de clase, sacrificar tiempo libre
o discutir con amigos. España ha avanzado hacia la era de las comodidades y se le ha
caído el espíritu huelguista por el camino. Los políticos oportunistas son la manifestación
pública de nuestros defectos y la monarquía corrupta es consecuencia de nuestra
pasividad social.

Pero no solo de jóvenes va el asunto. Nuestros padres ignoraron hace décadas las políticas
medioambientales que acabarían por devastar el clima. Normalizaron el tabaco a edades
tempranas, el abuso del alcohol como ocio y otros tantos disparates. Eran tiempos
distintos, supongo, pero lo cortés no quita lo valiente. El desdén de una generación es el
lamento de la próxima, y las comodidades no han de ser anestésicos ni excusas. Sea pues
este artículo un llamamiento a la conciencia social nacional: retomemos las conductas
que nos trajeron el bienestar de hoy. Evitemos que la indiferencia se convierta en el
síndrome del Primer Mundo y hagamos de este país, si cabe, un lugar más agradable.

Periodismo y otras ruinas

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