Lo cáustico de la naturalidad

Lo de que vivimos en una sociedad en la que a diario recibimos el bombardeo incesante de miles de misivas audiovisuales a través de los medios, antaño unilaterales en su discurso, y ahora gracias a las redes sociales, receptivos a la opinión del curioso internauta; es tan obvio como lo es el hecho de sentirnos inmersos en una guerra de ideales en los que no estar en uno de los bandos que alimentan la batalla, sería poco menos que desbancarse a uno mismo del puesto de ciudadano, atribulado por defender un ideario que él cree como verdad fundamental e inquebrantable. Eso es, según nuestro modelo de convivencia, el modelo a seguir por cualquier persona que, dependiendo del oleaje imperante en estas andanadas subliminales, aclamarán un discurso u otro.

Y es que la bendita democracia, lejos de asir el cuello del ciudadano cual dictadura ejemplar, se limita simplemente a dejar que los actores sociales defensores de tan distantes ideologías dejen caer sus panfletos a los pies de gente que necesita imperiosamente subirse a un carro u otro. Curiosamente, lo que hoy según el discurso del partido A, es de flagrante naturalidad, para otros resulta ser una aberrante afrenta y al contrario. Las formas se anteponen a los fondos, porque las formas son las más reveladoras cómplices de la intencionalidad del mensaje. El fondo, la mayoría de las veces ni siquiera llegamos a vislumbrarlo porque el fondo es lo creemos ver cuando vemos simplemente la forma.

Hace unos días llegaba a nuestros hogares una de esas formas materializada esta vez por un bebé en brazos de su madre. Hasta aquí nada extraño, hasta que esta madre resulta ser diputada del partido X y se halla sentada en su respectivo escaño. No son formas; protestaban unos, mientras otros defendían a una madre que con total naturalidad cumplía a la vez con sus dos obligaciones.

Lejos del paradigma de la lucha ideológica, política o como quiera  llamársele, hallamos a veces con la intencionalidad que uno quiera interpretar, ejemplos de pura humanidad, a los que en un principio, obnubilados por el influjo de lo políticamente correcto, tachamos incluso de ridículo, pero que al tomar conciencia de su naturalidad, nos damos cuenta de que esa misma acción natural es nuestra razón de ser, lejos de formalismos, leyes y discursos que abogan por fruslerías ajenas al ser humano. Aunque la forma, cáustica para unos, represente lo que en definitiva debe primar en cualquier sociedad para que el hombre vuelva a lucir esa dignidad que compendia el anhelo de los que ansían un mundo en el que la verdadera imagen cáustica sea la de un niño desnutrido.

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