Llevaba días observando a la anciana.

Llevaba días observando a la anciana. Hacía tres meses que la había visto por primera vez. Tímida, se acercó al mostrador para preguntar si podía hacerse el carnet de la biblioteca.

Cuando se lo entregó lo miró con autentica devoción.

Esa primera vez la vio dar vueltas por la biblioteca durante casi una hora, no se trataba solo de que le costara decidirse, miraba y  acariciaba los libros con un cuidado exquisito, no miraba: admiraba.

Al final se decidió por un libro de Virginia Woolf, se sentó y acarició el lomo antes de abrirlo, siguió pasando sus dedos por las páginas como si quisiera hacerle cosquillas a las palabras. Todos los días igual, hasta hoy.

Fue directa a su libro, era su libro.

Era una mujer de ideas fijas, o al menos, eso le parecía.

Pero hoy era diferente, entró segura, sonriente, hasta el día de hoy, su paso era tímido e inseguro, asustadizo y precavido, pero hoy no, se sentó en su sitio y miró el libro, como siempre hacía, lo abrió y al instante empezó a llorar.

Primero fueron unas pocas lágrimas, solitarias, breves, para convertirse en un torrente que anegaba su cara y mojaba las páginas del libro.

Después de un breve momento de duda, la bibliotecaria se dirigió a la anciana, que se había rendido al llanto, todo su cuerpo era llanto.

Le preguntó si podía hacer algo por ella, la anciana la miró.

Quédate, le dijo.

Quería contarle a esa bibliotecaria que la había tratado con tanta dulzura el porqué de su llanto.

Cómo explicarle la amargura cuando siendo una niña le negaron el derecho a aprender, como la vida la alejó de los libros; el trabajo en el campo, la crianza de sus ocho hijos, la incomprensión hacia sus ansias de saber.

Cómo decirle que gracias a sus nietos había logrado a los 86 años aprender a leer, los libros nunca más permanecerían mudos ante su mirada curiosa.

Decirle  que el libro que miró y acarició como un tesoro durante tres meses lo había escogido porqué reconoció su nombre, Virginia, en el lomo, las únicas letras que era capaz de descifrar.

Era tanta la emoción, tanta la felicidad .

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