Las peras del olmo El cartero siempre llama dos veces

Tenía que ser mía aunque me ahorcasen por ello. Y fue mía.

Frank Chambers es un vagamundo, le gusta dar tumbos. Se aferra al camino, a ir de aquí para allá, adonde le lleve el viento.

No es un ladrón, ni mucho menos un asesino. Simplemente no quiere estar en un sitio fijo, le gusta rodar y rodar, like a Rolling stone.

 Es rápido con la mente y tiene dos buenas manos para trabajar. No necesita más para conseguir unos pavos e ir tirando. Cuando comienza a asentarse es para coger impulso y emprender el vuelo. Así es Nick.

Pero aparece una mujer, siempre aparece una mujer, una de esas mujeres con labios salidos de un modo que dan ganas de aplastarlos con los propios, una de esas relaciones en las que uno no se quita la ropa sino que se la desgarran; y tras tres semanas en Tijuana no viene mal parase un poco, para coger fuerzas y retomar el camino, ya se sabe… buen clima, nada de niebla y el cielo siempre limpio. No sé puede pedir más.

Pero es que este tipo de mujeres siempre están casadas,  y claro eso de trabajar para su marido, que para colmo suele ser un buen tío, pues no deja de ser una contrariedad. Así que el pobre Nick no tiene más remedio que hundir sus dientes en los labios de la tórrida Cora tan profundamente que siente su sangre en su boca. Y a ver, con ese panorama, quien es el guapo que no se queda.

Las peras del olmo El cartero siempre llama dos veces

Cora es una mujer de bandera a la que siempre le va como el demonio y que tiene el demonio en el cuerpo a la que le gusta embriagarse y no perder el tiempo conversando. Demasiado para un Frank que comienza a quedarse pillado hasta las trancas, porque, para colmo, le vuelven loco las arpías.

Por eso Nick la ofrece huir, ir a cualquier parte. Pero Cora es de las que les gusta saber donde está cualquier parte, pero sobre todo es de las que les gusta que les quieran como para que nada importe. Y claro, estas cosas llevan a pensar cosas de aplastante lógica, como que la mayoría de los accidentes domésticos mortales se producen en los baños.

Frank y Cora están hechos tal para cual, quizá más Nick para Cora, pero eso llega a un punto en el que ya nada importa. Se quieren de una forma animal desesperada, quizá porque ambos desean algo, cambiar, aunque no sepan muy bien a qué o para qué. Al menos Nick tenía claro que quiere vagar, pero Cora quiere asentarse, vivir bien y ganar dinero, echar raíces, por mucho que sean venenosas.

Sus destinos están condenados a permanecer unidos, soga y nudo de una misma cuerda, sus actos y sus debilidades siempre repercutirán en el otro. Si a esto unimos abogados y fiscales a los que les gusta su trabajo (No hay nada más peligroso que un abogado o un fiscal a los que les gusta su trabajo, y que además tengan espíritu deportivo, porque tienden a tomarse la vida de sus clientes como un juego) pues la suerte, o la mala suerte, están echadas.

El cartero siempre llama dos veces (The Postman Always Rings Twice) tiene dos versiones cinematográficas: La primera versión se rodó en 1946 con Lana Turner. Jack Nicholson y Jessica Lange en 1981protagonizarán el remake y una de las escenas de sexo más recordadas de la historia del cine.

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