Las horas huecas – Capítulo 9

Desde la calle se veían perfectamente las inmensas coronas adornadas de cientos de flores blancas. Los típicos listones morados cruzándolas diagonal u horizontalmente, con sus imprescindibles letras doradas contenían los nombres de los remitentes, sin faltar en algunas de tales cenefas las frases de ocasión que los muertos nunca leen y que a los deudos les importan un cacahuate.

El interior de la primera sala de velación de la funeraria estaba atestado de gente “bien”, vestida de riguroso luto. A diferencia de los hombres que parecían uniformados con sus zapatos, calcetines, pantalones, corbatas y sacos negros, la variedad de la vestimenta femenina, aunque negra igualmente, se destacaba, sin embargo, por el tamaño, quilataje y calidad artística de las cadenas y medallitas de oro que en todos los senos firmes o ya flácidos de las jóvenes o ya maduras mujeres del clan Ruiloba rebotaban de un lado a otro. Sobre las blancas muñecas, también competían los oros de las pulseras, algunas de ellas con el grosor de varios hilos de la más fina orfebrería muy bien engarzados, mientras otras con dijes de brillantes que enmarcaban algún centenario o alguna virgen de Guadalupe o del Carmen. No faltaban tampoco discretos collares de perlas, al tiempo que las mantillas de chantilly o los finos velos, así como las peinetas o los broches de carey que lucían las negras cabelleras, contrastaban con el sencillo gris mate del féretro sellado de Antonio Ruiloba González Misa.

Desde que Esperanza estacionó el Fotingo en la banqueta contraria a la acera en la que estaba la entrada de la funeraria, para que descendieran Pera, Toñito, Joe Mulayo y Eduardo del Trigal, los infantes sintieron un impulso por ir corriendo a buscar a sus titos, antes que otra cosa. Pero el Chino y el Conde de la Gracia les tenían bien sujetas las manos mientras lograban cruzar una avenida de intenso tráfico que en el mediodía del domingo 20 de junio de 1954 era totalmente ajena al drama que estaba por cerrar uno de sus más patéticos pasajes. En el instante en que los cuatro ingresaron a la lujosa agencia de inhumaciones, el carro de la atrabiliaria mujer partió a toda velocidad, mientras ella ya no intentaba controlar el llanto y en cada “alto” del trayecto hacia Montañas Rocallosas sacaba el pañuelo de su bolso para sembrarle más mocos verdes y lápiz labial rojo.

-¡Toñito!, ¡Esperancita linda!, ¡niñitos preciosos!, ¡vengan, vengan para acá con sus tíos que tanto los quieren!; ¡bendito seas, Dios, que en estos momentos de tanto dolor nos das también tanta alegría!, clamaba la inconsolable tía Lupe, mientras pañuelo desechable tras pañuelo desechable Raquel, la hija mayor de su hermano Juan Ruiloba, le pasaba para sonarse y secarse el río de lágrimas que corría a lo largo de su cara. El cuadro era conmovedor: Carlos Tello abrazó a ambos sobrinos con todas sus fuerzas, mientras Lupe esperaba con sus brazos abiertos para hacer lo mismo; el resto de los Ruiloba, así como las amistades de los mismos veían la escena atónitos. Muchos de los presentes, ignorantes de la historia de las criaturas recién llegadas, de plano no entendían qué pasaba y a qué se debía la exclamación de la obesa hermana mayor del difunto.

En la sala de velación asignada a Ruiloba habría no menos de unas ochenta o noventa personas. El tufo propio de ese tipo de instalaciones mortuorias no lograba imponerse al olor del humo de cigarro de tantos fumadores que allí había, aunque sí borró por completo a los indefensos aromas de los perfumes franceses de las mujeres. El Chino Joe y Del Trigal, bien callados y bien sobrios, sólo miraban a la negritud informe que los rodeaba, y a su vez eran observados, o más bien examinados, entre no muy discretas sonrisas burlonas de los Ruiloba y sus acompañantes. Ninguno de los dos se había puesto traje negro.

Como era de esperarse, pasada la sorpresa unos cinco o seis minutos después de su arribo al velatorio, Pera y Toñito, apenados y acongojados por mil razones distintas, se sintieron todavía más mal cuando empezaron a escuchar el rumor: “….pobrecitos, míralos, son los hijos del pobre de Antonio….Dicen que la mamá está loca, que habla con puras picardías y es bien borracha….mira sus caritas, qué ternura…..¿y qué van a hacer Carlos y Lupe?, ¿los van a adoptar?….¡qué paquetazo les espera!…..”

La hora de la misa de cuerpo presente llegó y más lloraron entonces los hermanos del muerto, todos por igual: Lupe, Carmen, Juan y Rafael; y no se diga Carlos Tello y las esposas de Juan y Rafael. Juan Ruiloba se había casado con una morena de despampanante figura, llamada Enriqueta Pérez Pérez, a quien despreciaban sus cuñadas Lupe y Carmen por ser hija nada menos que de un tahonero gachupín y una mexicana muy morena. En cambio, no ocultaban el cariño que sentían por Dulce María De la Reguera Asúnsolo, esposa de Rafael e hija de unos poblanos muy ricos que presumían pertenecer a la nobleza española.

Distante de todos ellos, el esposo de Carmen, Salim Slim, permanecía impávido bajo el dintel de la puerta del velatorio rentado. No negaba ni disimulaba su odio hacia todos los Ruiloba, quienes le apodaban “El Camello”, por su ascendencia libanesa, y no le perdonaban que la hubiera desposado, siendo, como era, epiléptico, pobre y diez años menor que ella. Además, sus hermanos coincidían: “Carmen salió muy inocente, muy tonta”.

Detrás de la apariencia de unidad y la fama de familia muy católica y muy decente, lo cierto era que entre los Ruiloba existían tremendas diferencias y rencores, pero todos se esmeraban en cuidar muy bien las formas, en prestar la máxima atención al “qué dirán”. A esa manera de ser y actuar, pertenecía, obviamente, la inmensa mayoría de sus amistades. Por eso mismo ni Esperanza ni los Videgaray habían sido jamás aceptados, pues no sólo eran hijos de un militar borracho, mujeriego, ateo y maldiciente, sino además eran de formas muy poco pulidas y, desde su vestimenta misma, no ocultaban que tenían algo raro, que no eran, pues, como el común de la gente. El matrimonio de Esperanza Videgaray y Antonio Ruiloba estuvo así, desde el primer segundo, destinado al fracaso. Las dos familias eran ni más ni menos que agua y aceite.

Pero en la funeraria no sólo estaban los hijos del finado Antonio, sino también los de sus dos hermanos vivos, es decir, los Ruiloba Pérez: Raquel, Juan, Antonio, Enrique y Carlos; y los Ruiloba De la Reguera: Rafael Marcos, Dulce María, Ana María y Alfredo Antonio. Igualmente, presentes ahí, sin poderse quitar el marcado acento español que tenían, pues no llevaban ni un año de radicar en México, estaban Isaac, Antonio, Carlos y Jorge, hijos de Covadonga Ruiloba, hermana que llevaba veinte años de muerta al parir a su décimo hijo, Tobías, en un lapso de diez años de matrimonio con el multimillonario asturiano Isaac Solana. Entre el primogénito de su tía Covadonga (Isaac Solana Ruiloba) y Toñito Ruiloba Videgaray, mediaba una distancia de 23 años, pues aquél tenía 31 y sólo 8 el hijo de Esperanza Videgaray.

En Madrid, con una tía paterna, vivía el resto de los hermanos Solana Ruiloba, todas mujeres: Covadonga, Raquel, Begoña, Mercedes y Sagrario. La relación de la familia Ruiloba González Misa con el asturiano Isaac Solana Palleiro era peor que la habida en su momento con Esperanza Videgaray o la que subsistía con Salim Slim. Ello se debía a dos lastimosas, insalvables razones: la primera, el haber causado el décimo y fatal embarazo de Covadonga, pese a las advertencias que le había hecho el ginecólogo, en el sentido de que un parto más le costaría la vida a su esposa; y la segunda, que delante de los cadáveres de Covadonga y Tobías le propuso matrimonio a Carmen Ruiloba.

Hacia las tres de la tarde partió puntualmente rumbo al Panteón Español el cortejo fúnebre formado por la carroza, doce automóviles, un camión de pasajeros de la agencia funeraria, así como una camioneta pick-up, retacada de coronas y arreglos florales. En el Pontiac de los tíos Lupe y Carlos, manejado por Isaac Solana Ruiloba, iban aquéllos con Pera y Toñito. El Chino Joe y el Conde de la Gracia y Duque de la Obscuridad fueron remitidos al camión, donde viajaban los Ruiloba pobres y también Jacinto Olvera, el “maistro” de obras de confianza del muerto, con el que tantas parrandas se corrió.

Cuarenta y cinco minutos duró el trayecto. Luego de cruzar la altísima verja del panteón y estacionarse el Pontiac frente a las oficinas administrativas, Lupe estalló en un llanto histérico y a ruegos de su marido y del mayor de sus veinte sobrinos carnales, aceptó quedarse en el automóvil con Toñito y no presenciar el entierro de su hermano en la pomposa cripta familiar. Por su tenaz resistencia a quedarse allí también, Pera, de las manos de su querido tito y de su desconocido y presuntuoso primo hermano, formó parte del sepelio del infortunado ingeniero.

Antes del entierro, se celebró la misa en la capilla del panteón, y el tiempo que duró toda la ceremonia luctuosa Toñito fue sometido, entre llanto y llanto y moco y moco de su tita, a un despiadado e interminable interrogatorio, con las consabidas recomendaciones de guardar absoluta secrecía sobre todo lo que había sabido, visto, escuchado y vivido de su padre, a efecto de guardar su honra, “pues sólo Dios en su infinita misericordia vendrá a juzgar a vivos y muertos”. Toñito como que sólo medio entendía las cosas, pero a todo contestaba que sí a su inconsolable tía.

-¿Y cómo viste a tu papacito la última vez?

-Borracho, Tita.

-¡Ay Dios santo, dále tu perdón! ¡A nadie le digas esto, Toñito!, ¡ni a tu hermanita!

-Pero ella estaba conmigo, Tita, también lo vio y hasta la regañó ese día.

-¡Honrarás a tu padre y madre!, ¡que no se te olvide el cuarto mandamiento de la ley de Dios!, ¡que no se te olvide!, destrozada imploraba, demandaba la tía al sobrino que únicamente deseaba que todo terminara ya.

-¡Sí Tita, no se me olvidará!

-Porque te acuerdas de los mandamientos de la ley de Dios, ¿verdad?

-Sí Tita, en el Colegio los repetimos todos los días.

En eso estaban, cuando finalmente unas veinte o más personas llegaron al auto a dar sus últimas condolencias y despedirse de la muy afligida mujer, sin ocultar ni disimular su morbo por observar al pequeño infante que sobre su ancho muslo derecho se sentaba, colorado de vergüenza y con la vista siempre gacha.

Angustia verdadera sufrió primero Toñito, solo, y luego con Pera, cuando ésta llegó, en medio de Mulayo y Del Trigal, por los incontables parientes y amistades que se despidieron de los tíos Lupe y Carlos. Por fin el carro se despejó de gente y sólo se oyó que el Chino, salpicando saliva por doquiera como siempre que abría la boca, dio garantías amplias de que él y el otro borrachín ahora en papel convincente de sobrio caballero, entregarían a los dos niños en menos de hora y media a Esperanza, en las Lomas.

Lupe y Carlos, deshechos física, moral e intelectualmente, aceptaron la promesa del asiático, además de que su sobrino Isaac les recordó que fue su propia madre quien llevó a sus primos a la funeraria, custodiados por “estos finos señores”, por lo que se deducía que ellos eran los obligados a regresarlos a su casa.

Interminables besos y abrazos de despedida se dieron los niños y sus titos, ignorando los cuatro si alguna otra vez volverían a verse en la vida, hasta que cerca de las seis de la tarde dos gendarmes se acercaron al Pontiac para advertir que debían de inmediato salir del panteón, que ya estaba cerrando sus puertas.

El auto partió, junto a otros que se habían quedado rezagados, y a paso acelerado Toñito, Pera, Joe y Eduardo del Trigal alcanzaron la verja y cruzaron la avenida que descendía hacia el centro de la ciudad.

Con ojos de águila, Joe buscaba, no el camión de primera o de segunda que debían abordar, sino más bien una licorería para comprar al menos una anforita de Bacardí, pues sentía que el piso se le hundía. Habían sido demasiadas horas y demasiadas emociones y demasiadas responsabilidades para estar, pasadas las seis de la tarde, con la garganta seca. Aunque el Conde de la Gracia y Duque de la Obscuridad no había movido sus elegantes bigotes a la Howard Hughes, para soltar siquiera una palabra, era obvio, certísimo que pensaba, sentía y anhelaba lo que el filipino, pero con mayor intensidad, dado que andaba sin un peso en la bolsa, a merced totalmente de su compinche.

En la bolsa derecha de su saco sport de pana guardó Joe rápidamente la pequeña botella, una vez que el Conde y él, pleito de por medio por las cantidades que deberían ser ingeridas por cada uno, le dieron tres sorbos respectivamente, sin esperarse a salir de la licorería y sin mezcla alguna de refresco. Ya medio “entonados”, se dignaron finalmente buscar el primero de los tres autobuses que requerirían en el largo viaje hacia las Lomas de Chapultepec.

Se treparon a uno de segunda, en el cual ya no cabía un alfiler y que guardaba los sudores propios de los trabajadores que no han podido bañarse después de turnos laborales de diez, doce o más horas. No había un solo asiento vacío, por lo que los cuatro viajaron de pie, bien asidos del pasamanos y guardando a duras penas el equilibrio cada que el chofer bigotón y mofletudo frenaba o aceleraba el camión con suma brusquedad. A los diez o quince minutos que lo abordaron, a grito partido Joe empezó su perorata, que llenó de vergüenza a Pera y Toñito, pues las miradas de las setenta u ochenta personas que ahí viajaban, se enfocaron todo el tiempo en ellos: -¿Pensaron que se iban a quedar solos porque acabamos de enterrar a su padre? No se preocupen: de ahora en adelante yo voy a ser su padre, yo los voy a proteger. No se olviden: primero Dios, segundo Dios, tercero Dios y cuarto Joseph. Y no se preocupen cuando yo no esté porque ando atendiendo algún asunto, ahí dejo a mi secretario. ¿Verdad, tú, Del Trigal?

-¡Sí, claro!, repostó Eduardo, no porque hubiera escuchado y entendido lo gritado por el Chino, sino más bien por el codazo que de éste recibió en el costado izquierdo para que contestara afirmativamente.

-Yo a su padre Antonio lo quise mucho, y ahorita que está muerto y sobre todo por la manera como murió, pues lo quiero más….Pero ahora yo soy su padre y me tienen que obedecer, porque ahora yo los voy a cuidar. ¡Y coño!, conmigo nada les va a pasar, porque primero Dios, segundo Dios, tercero Dios y cuarto Joseph, ¿entendieron?, les gritó por último a los hermanos que no soportaban ya las miradas de todos los curiosos que en un santiamén se habían enterado de que su padre acababa de ser enterrado y que había muerto de alguna forma especial.

Y sí, la causa de la muerte de Antonio Ruiloba González Misa fue bastante especial: traumatismo cráneo-encefálico, según rezaba el acta de defunción que su hermano Juan mostró ante los funcionarios de la funeraria a la hora de contratar sus servicios.

Cuando después de dos horas de trayecto arribaron a Montañas Rocallosas, pasadas las ocho de la noche, Pera y Toñito se encontraron con lo que menos habrían esperado e imaginado ese día en que les constó por la mañana cómo su madre se notaba abatida por el fallecimiento de su ex marido, y cómo también hacia el medio día ella misma los había llevado a la agencia funeraria y les había ordenado que asistieran al sepelio de su progenitor: de un disco puesto a todo volumen dejaba escucharse “Rosa”, cantada por su autor Agustín Lara, y que Rosita Mulayo y Esperanza Videgaray coreaban a destiempo y arrastrando las consonantes de todas y cada una de las palabras de esa canción. Krogman, sin decir nada, sólo las miraba con sus inexpresivos ojos azules, fumaba su cigarrillo americano Chesterfield y bebía su vaso con ginebra alemana König Schinkenhager.

Sobre la mesa que estaba frente a la chimenea, encendida a pesar del calor natural del inmediato verano, podían verse cajetillas de Chesterfield y L&M; botellas llenas y vacías de cervezas Carta Blanca y Victoria; el envase de barro de la bebida teutona y otro de Bacardí, con sus infaltables refrescos de cola; una fuente con cacahuates y papas fritas, y un recipiente con hielos. Todo ello daba fe de la embriagada que ese día habría organizado Esperanza Videgaray en recuerdo de su ex marido muerto o tal vez agradecida por su muerte.

 Y mientras Heidi y Emily no cesaban de pararse de patas sobre Toñito y menearle incansables y gustosas sus respectivos rabos, se rompió el silencio expectante que en la sala impuso por unos cuantos segundos la entrada de los huérfanos de padre y sus dipsómanos acompañantes.

-Quedó listo, chico. Lo enterraron muy bien y rápido. Todo salió perfecto, muchas flores, muchas coronas, muy bonitas, muy bien, muy bien todo, detalló el filipino a los tres beodos que llevaban toda la tarde “esperándolos”, como si se tratase del reporte acerca de una entrega de mercancía o de un servicio mercantil correctamente llevado al cabo, del estilo de esos por los que con gusto se da una propina.

-¿Y la puta de Lupe Ruiloba?, inquirió Esperanza con una cara de desprecio.

-Bien, también. Sí, algo dolida, pero bien. El Carlos me preguntó que si ellos o yo y el Conde traíamos acá a los niños, pero yo le dejé muy claro que nosotros éramos los responsables, no ellos, precisó de inmediato Joe para evitar un zafarrancho con la impredecible y violenta mujer.

-¡Ya déjalos ver nuevamente a sus tíos! Ya Antonio está juzgado de Dios, ¿qué ganas con seguir el pleito con sus padrinos?, sorpresivamente Rosita le dijo a Esperanza, uniéndose a la petición de la anciana beoda Eduardo del Trigal:

-¡Yes, yes, yes!, ¡oui, oui, oui!, o séase en lengua de Castilla, ¡sí, sí, sí!, padrinos y ahijados, tíos y sobrinos, deben siempre complementarse y no bifurcarse por derroteros diversos de la raigambre heráldica, pues cuando….

-¡Ya cállate, pinche Conde!, ¡ya ‘tás pedo!, atajó la anfitriona a Del Trigal, para enseguida pedirle consejo a Joe Mulayo:

-¿Qué opinas de lo que propone Rose?, ¿la puta Lupe no me los volverá en mi contra a este par de cabrones? Como salió mula la hija de la chingada siempre ha querido robarle los hijos a los hijos de puta de sus hermanos, eso me lo platicó un día la india de la Enriqueta, por eso no la quieren la panzona de la Lupe y el mocho del Carlitos Tello.

-¡No seas pendeja!, lo que menos quieren Carlos y Lupe es lidiar con chamacos. ¿Qué no ves que tienen toda la lana del mundo?, ¿para qué quieren escuincles si así están libres para hacer lo que les dé su regalada gana? Antonio mismo me platicó que en los dos últimos años viajaron dos veces a Nueva York y una a La Habana. Ellos sólo le tienen cariño a tus hijos, no te los van a robar.

 El zorro de Joe Mulayo al parecer convenció de esta manera a su amiga, cuidándose de comentarle que en la funeraria (sin que nadie se hubiera dado cuenta de su discreta reunión) Carlos le dijo que hiciera todo lo posible por lograr que Esperanza permitiera que sus hijos los frecuentaran como antes, pues se sentían más responsables que nunca de que Pera y Toñito se formaran y crecieran en los valores cristianos, ya que no querían que siguieran los pasos de sus progenitores.

Y desde luego tampoco le informó que el afligido padrino le ofreció una generosísima cantidad de dinero como gratificación si lograba ello. El Chino Joe inclusive le mintió a Esperanza con lo de los viajes, pues si efectivamente en los dos últimos años Carlos y Lupe viajaron en una ocasión a La Habana, jamás lo hicieron a Nueva York por partida doble, sino sólo una vez a Los Angeles para entrevistarse con Antonio Ruiloba. En ese viaje ambos lo convencieron de que regresara a México, aunque tuvieron también un fuerte altercado porque le reclamaron su manera de vivir, el haberse casado con Esperanza Videgaray, el haber procreado irresponsablemente y, por si todo ello fuera poco, se negaron a darle un solo dólar.

Carlos y Lupe estaban agobiados. El mundo se les vino encima. No sólo estaban preocupadísimos por el futuro de sus amadísimos ahijados, sino igualmente por el alma de Antonio que, lo creían así a pie juntillas, se había condenado por haber muerto en pecado mortal y toda la eternidad la pasaría ardiendo entre las llamas del infierno. Pero ya en lo estrictamente terrenal, la pena moral que más los atormentaba, era que estaban segurísimos de haber sido los causantes de su muerte, pues si no hubiera sido por su intervención directa, Antonio Ruiloba González Misa no hubiera regresado a México y estaría aún vivo.

-¡Esperanza, ya oíste al Chino! ¿Qué esperas, no les vas a hablar a tus tiiiiiítos, tan buenas gentes que son?, con mofa su madre le gritó en frente de todos a la niña que en ningún instante externó la felicidad que la envolvía. Tampoco lo hizo Toñito. Sabían y temían ambos que la madre se echaría para atrás en el segundo en que se diera cuenta que su decisión les causaba alegría.

-Les hablo hasta el jueves o viernes, mami, indiferente le contestó Pera a la briaga.

-Bueno, ese es tu pedo, y ésta así concluyó el asunto.

Los hermanos se dirigieron tranquilamente a la cocina y ahí se abrazaron entre sí y con Jerónima, que se pintaba sola para eso de parar a distancia la oreja. No cabían en sí de felicidad y, como nunca antes había ocurrido, se sintieron agradecidos y protegidos por las intervenciones del par de borrachos Mulayo y hasta por la del taradito Conde de la Gracia y Duque de la Obscuridad.

Con toda calma cenaron en la cocina con Jerónima y como a las diez de la noche se unieron en la sala al grupo de cuetes que desde una hora previa discutían acaloradamente sobre las causas de la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial y sobre el rumor de que Hitler vivía oculto en la Argentina. Cansado de oír tantas sandeces, el más indicado teóricamente para opinar, Ignatz Krogman, se había subido a dormir unos veinte minutos antes, pues cada vez que intentaba dar su punto de vista su amasia lo callaba con un silogismo perfecto: “los putos alemanes pierden todas las guerras por pendejos, entonces mejor tú ni hables porque eres un reverendo pendejo”.

Rendidos física y emocionalmente, y advertidos por su madre de que al día siguiente, lunes, tendrían que ir forzosamente a clases, los niños se fueron a acostar hacia la media noche, entrando ambos de inmediato en un sueño profundo. Lo mismo hizo Heidi en la cama de Toñito. Tal vez media hora después se marcharon Joe, Rosita, el Conde y Emily. Con las luces de la sala y del resto de la casa totalmente apagadas, Esperanza Videgaray se desnudó por completo y se recostó en el sofá, para seguir bebiendo y fumando sola, aunque con el tocadiscos ya apagado. En la chimenea las últimas briznas de los leños consumidos por el fuego daban la batalla final antes de acabar en cenizas.

Serían las tres o cuatro de la mañana cuando de pronto entre la inconsciencia y la conciencia Toñito sintió que se ahogaba, que algo impedía que entrara el aire por su nariz y por su boca y que algo muy pesado comprimía e inmovilizaba su cuerpo. Pero al abrir los ojos y despertar totalmente, vio ante sí y sintió desparramadamente sobre nariz y mentón una especie de globo de carne, al tiempo que dentro de su boca había algo metido, de textura rugosa.

-¿Todavía no se te para?, ¿ya se te para o no?, le preguntaba Esperanza Videgaray, quien le había introducido uno de sus pezones cuando el niño dormía a pierna suelta y con la boca entreabierta, al tiempo que con una de sus manos le había bajado la trusa y hurgaba su pene y testículos.

Sudando frío, el niño escupió el cuerpo extraño y con ambas manos retiró de su cara el gordo seno de su madre. No podía zafarse, sin embargo, de la masa materna que lo aplastaba. Luego la mujer se deslizó a la derecha de su hijo, pero dejando caer sobre él su brazo derecho para sujetarlo por el pecho, quedando así el menor apresado por la pared a la izquierda y por la pederasta a la derecha y sin parpadear siquiera por el pánico que sentía, mucho menos gritar para pedir auxilio. Bien acurrucada, a los pies de ambos, Heidi levantaba a veces el morro y volvía a dormirse.

Como pesadilla que no podía quitarse de la mente, Toñito recordaba una y otra vez la primera golpiza que ahí en Montañas Rocallosas le metió Ignatz a su madre. Cual si fuera cámara lenta, pasaron por su cerebro aturdido todas las escenas, desde la primera hasta la última: cómo una madrugada encuerada y borracha salió Esperanza corriendo de su habitación; cómo borracho y encuerado también Krogman la alcanzó y la derrumbó sobre el hall de distribución de ese segundo piso; cómo la golpeó hasta más no poder y sólo la soltó por un instante cuando sus hijos vinieron en su auxilio y sobre de ellos entonces arremetió el teutón mantenido; cómo aprovechando ese instante, Esperanza, en lugar de tratar de defender a los niños, corrió hacia la habitación de Pera, pero al bajar los tres escalones del desnivel cayó y el alemán se fue nuevamente sobre de ella a golpes, hasta casi privarla; cómo por la mañana Jerónima cada veinte o treinta minutos le colocaba bisteces frescos sobre cada uno de los ojos cerrados; y cómo, igualmente, los amantes volaron, solos, dos semanas después a Acapulco, y a la miserable Esperanza Videgaray le importó un soberano pepino que por su culpa sus hijos hubieran resultado golpeados y que a sus doce años de edad, siendo una niña todavía, Pera hubiera visto toda la asquerosa desnudez de un enloquecido ebrio que bien pudo haberla violado.

Sólo eso tenía en la cabeza Toñito. Después se puso a pensar si pedía o no auxilio y a quién y si serviría de algo o resultaría peor. Estaba en un laberinto sin salida. Le entró un llanto de sentimiento cuando después de darle y darle vueltas a qué hacer, tomó plena conciencia de que esa era su suerte en la vida.

Pasarían así media hora, o tres cuartos de hora, o una hora, lo cierto es que Esperanza, que se había quedado ahí en la cama de Toñito dormida, finalmente apenas pudiendo hablar le dijo a su hijo que quería orinar, que la llevara al baño. Toñito, como pudo, logró que la encuerada se levantara y pasando sobre su cuello el brazo izquierdo de la madre, avanzaron muy lentamente hacia la puerta. Sobre de él de plano caía todo el peso de la mujer y a muy duras penas logró subir los escalones, arribar al pequeño hall y dirigirse a la entrada del baño. Para su mala suerte, Pera seguía bien dormida, pero la perrita se había levantado y ya le estaba brincando, juguetona como siempre, en su costado izquierdo. A punto el niño estuvo de perder el equilibrio y buen golpazo se hubiera llevado Esperanza. Al fin, madre e hijo ingresaron al baño. Mucho más difícil que haberla levantado de la cama y soportado en peso muerto una cortísima distancia, que al menor le pareció kilométrica, fue sentar a la ebria en la taza, pues literalmente estaba noqueada, con la mirada perdida y sin control casi de sus piernas. La escena era lamentable, era la miseria humana en su máximo nivel.

Un chorro de orina que parecía agua saliendo a toda presión de una manguera de bombero llenó el silencio de la madrugada en ese baño de mosaicos y azulejos negros, con su amplia regadera, su buena tina y una ventana cuyo vidrio emplomado mostraba un navío de velas desplegadas sobre un mar encrespado.

Cuando el chorro cesó, ella le extendió los brazos con una mueca, ahora sí, de descanso, de satisfacción plenos. Sin secarse, al tercer intento Esperanza se pudo tener en pie y ahora fue su brazo derecho el que cruzó el cuello de su hijo para realizar el trayecto de regreso. Cuando llegaron a la cama, Toñito la aventó sobre ella como si fuera de plano un fardo. Y lloró, lloró nuevamente.

Pero ese niño de apenas ocho años de edad, que en menos de veinticuatro horas había asistido al entierro de su padre muerto quién sabe cómo; que había reencontrado tras dos años de separación a dos de los tres seres que más quería en la vida; que había sido manoseado y casi violado por quien lo engendró, y que había ayudado a una borracha encuerada que apenas podía caminar a desahogar totalmente su vejiga; a las 6:30 en punto de la mañana, en la esquina de Montañas Rocallosas y Montes Cárpatos, se trepó al camión del Colegio del Tepeyac. Y fingió. Fingió que había dormido. Fingió que había pasado un feliz fin de semana. Fingió, como siempre, que su papá y su mamá lo querían mucho y, como todas las mañanas, esa también, al despedirse de ellos, le dieron su beso y la bendición. Ni directivos, ni maestros, ni compañeros de clase supieron de la muerte de Antonio Ruiloba González Misa. Como tampoco sabían de la dipsomanía y vida licenciosa de Esperanza Videgaray. En el arte de actuar, a Toñito nadie le ganaba.

Como a las diez de la mañana, aprovechando uno de los recreos en el Colegio

Americano, y pidiendo permiso para hablar desde uno de los teléfonos de la escuela, Pera, que ya no se aguantaba las ganas, telefoneó a casa de sus tíos.

-¡Señor, señor, señor, es la niña Perita!, ¡que le urge hablar con usted!, emocionada hasta las lágrimas, la fiel cocinera Delfina que llevaba en la casa de los Tello siete años trabajando y que, como el resto de la servidumbre, estaba perfectamente enterada de todo el drama que envolvía desde la separación de Antonio y Esperanza a dicha familia, le pasó la bocina al tío, quien no ocultó su sorpresa por la llamada.

-¡Tito!…¿Cómo están?, ¿Cómo está mi tita? Ya nos dio permiso mi mamá de que salgamos con ustedes como antes. Te lo juro, no hay ningún problema, Pera le recalcó ansiosa de que le creyera, pues de plano ya no sabía qué más decirle, además de que no podía extenderse en la llamada y sentía cómo otras alumnas que estaban haciendo cola para telefonear, andaban intrigadas por tan rara, poco común conversación.

-¡Qué bueno, Perita!, ¿pero es cierto?, ya no queremos problemas con esa señora, ya hemos sufrido mucho, alcanzó a decir el tío antes de que se cortara la comunicación telefónica.

Padrino y ahijada, a distancia se quedaron pensando exactamente lo mismo: “¿ y si no volvemos a comunicarnos?….¿qué hago?….¿con quién le mando un mensaje?…… ¿entendería bien lo que le dije?….¿se darán las cosas cómo antes?…..¿qué no parece todo demasiado fácil?….¿habrá otro desengaño?….”

La solución no tardó tanto. Pera regresaba a las cuatro de la tarde del Colegio

Americano y su hermano hasta las seis. Y ese día cuando la niña llegó a Montañas Rocallosas, la suerte estuvo de su lado, pues los amancebados se habían salido de la casa desde antes de la hora de la comida y, según Jerónima, parece que iban a casa de Arnulfo, “el Clavo”, y luego a Hamburgo 126. Por ello, todo hacía suponer que iban a tardar mucho y, en consecuencia, podría llamarles con absoluta libertad y tranquilidad a sus tíos. Ni siquiera por un segundo Pera pensó en comer, sino que se lanzó de inmediato sobre el aparato negro y marcó en su disco de brillante acero los seis dígitos de la casa de sus tíos.

Los nervios se apoderaron de ella, ya que tras cinco o seis llamadas en un lapso de unos cuarenta y cinco minutos el teléfono sonaba ocupado y ocupado. Cuando logró que su llamada entrara, un cubetazo de agua fría le dio la sirvienta que le contestó: se habían llevado a su tío al Hospital Inglés, muy grave.

Más de cuatro meses pasaron Pera y Toñito en la desventura, en la desesperanza. Muy esporádicamente el Chino Joe les decía que su tío estaba mejor, que estaba recuperándose: simultáneamente sufrió un ataque cardíaco y una peligrosa y dolorosa cirugía de emergencia por una oclusión intestinal. Internado todo ese tiempo en el nosocomio, Lupe permanecía ahí también, sin separarse de él, pues más de una vez estuvo a punto de perder la vida. Naturalmente su edad también incidía en su delicado estado de salud, al frisar los 59 años de edad.

La convalecencia de Carlos Tello fue lenta y larga, por lo que hasta el primer sábado de noviembre de 1954 el cielo se abrió para los niños, a quienes desde muy chicos la vida los había enseñado a aguantar y esperar, esperar y aguantar: ese día, a las once de la mañana el tío Carlos se bajó del Pontiac y no dudó en tocar con vehemencia el timbre encerrado en un círculo de pintura negra, junto al cual, la trastornada Esperanza había escrito en letras grandes del mismo color la palabra BELL (timbre), como si Montañas Rocallosas 516 se localizara en los Estados Unidos y como si los humildes carteros mexicanos leyeran el inglés. Un segundo, o más precisamente una micra de segundo después del timbrazo, Pera y Toñito corrieron hacia la reja, quitaron el candado y la cadena, y abrazaron y besaron muchas veces a su queridísimo padrino.

Contentísimos y atropelladamente se iban a subir al asiento delantero del carro para comerse a besos a su tía, cuando de pronto una cortina de miradas serias e inhóspitas los paró en seco y demudó sus caritas: eran sus primos Raquelita, Juanito, Toñito, Enriquito y Carlitos, hijos de su tío Juan Ruiloba González Misa, que Lupe tuvo la mala idea de invitar en ese día tan ansiado y significativo para Pera y Toñito.

Los cinco niños, impecablemente vestidos y peinados con goma, venían en el asiento de atrás y nada tardaron en repasar descaradamente con sus miradas a los recién llegados, a los que no sólo veían como aves raras, sino hasta como arrimados, menesterosos. Esto enfrió el encuentro. Los Ruiloba Videgaray de inmediato se sintieron mal, compararon sus ropas, pero sobre todo sintieron las pesadas miradas de unos primos con los que nada tenían en común y que les parecían sangrones y presumidos, así de entrada y a primera vista. Sin duda mucho mejor se sentían con Nachín y Ana Rita, los hijos de su tía Ana.

Proclive a sentirse la matriarca (por ser la hermana mayor) del clan Ruiloba, por lo tanto entregada entonces a cumplir la misión histórica de mantener unida a la familia a toda costa (lo que jamás lograba), Lupe Ruiloba de Tello obligó, antes de que arrancara el auto, a que se saludaran de mano y beso los dos Ruiloba Videgaray con todos y cada uno de los cinco Ruiloba Pérez.

Pero eso no fue todo, ya que durante todo el camino desde las Lomas de Chapultepec hasta la Villa de Guadalupe “para dar gracias a la santísima virgen por el milagro concedido de volvernos a ver”, Lupe puso a los siete sobrinos a repetir tras ella los diez mandamientos de la ley de Dios, los cinco mandamientos de “nuestra santa madre la Iglesia Católica Apostólica y Romana, que es la única y verdadera”, así como el Padrenuestro, el Avemaría y el Yo Pecador. Aunque Pera y Toño iban adelante, cuando volteaban sigilosamente atrás y se encontraban con la mirada de alguno o de más de uno de sus primos, surgían entonces entre ellos escondidas y discretísimas sonrisitas cómplices por la tarea que la mochísima tía imponía a todos por igual. Este fastidio infantil por el rezo forzado, distendió el ambiente inicial, frío y seco, y poco a poco fue llevando a los jóvenes parientes a aceptarse y caerse mejor o de plano ya bien, sobre todo a Raquel con Pera y a Enrique con Toñito.

Como clásica familia descendiente de españoles, la originalidad no distinguía precisamente a los Ruiloba para ponerles el nombre a sus hijos a la hora de bautizarlos. De cajón, el primogénito o al menos alguno de los hijos de cada uno de los hermanos en cada generación, debía de llamarse como el ascendiente más viejo del que se tuviera conocimiento. Por eso Antonios Ruiloba había cinco en las dos últimas generaciones. De la misma manera, los nombres de ambos progenitores debían, en lo posible, perpetuarse en sus hijos, por ello en cada rama de los Ruiloba nacidos en las primeras cuatro décadas del siglo existían dos Antonios padre e hijo, dos Juanes padre e hijo, dos Rafaeles padre e hijo, dos Esperanzas madre e hija y dos Dulce Marías también madre e hija. La misma tradición se guardaba para la dupla abuelo nieto: Raquel Solana y Raquel Ruiloba eran nietas de Raquel González Misa.

Cuando imponente apareció la centenaria basílica de Guadalupe, ladeada y que parecía caerse en cualquier momento, Carlos Tello consiguió muy rápido un lugar donde estacionar el Pontiac. Entre los dos tíos vestidos de negro, los siete sobrinos cruzaron la calle tomados de la mano e ingresaron así al templo mariano.

Pera y Toñito miraban con azoro para todos lados: los gruesos cirios encendidos; los rostros morenos y arrugados de las ancianas cubiertas con sus rebozos de bolita; el gran marco de oro y plata donde estaba la tilma de Juan Diego vuelta prueba de milagro o causa de conflicto entre la fe y la razón; el crucifijo de plata doblado por una bomba supuestamente colocada y activada por los obregonistas; los estandartes y banderas de los que arribaban en pequeñas peregrinaciones; las rodillas sangrantes de los fieles que ante la virgen cumplían una manda o agradecían un favor recibido.

Les resultó una experiencia inolvidable y les ayudó a rescatar un poco de esperanza, de aire fresco en sus tristes vidas.

Con sus guantes de cuero negro puestos, la tía Lupe pasaba entre los dedos índice y pulgar de su diestra las cuentas de un hermoso rosario sevillano, mientras que con la mano izquierda sostenía un delicado pañuelo bordado que lo mismo recogía sus lágrimas que las incansables mucosidades que resbalaban de su nariz. Así, durante las dos horas que permanecieron dentro del templo. Los siete sobrinos y el propio Carlos estaban ya desesperados, cansados. La mujer, verdaderamente, se sabía más oraciones que el propio Pío XII y a destajo las rezaba.

-Vámonos, mi hijita, ya es muy tarde, el considerado marido le rogaba.

-Sí, güerito, mejor en la tarde termino mis oraciones, ya sin presiones de los niños que ya se ven inquietos, accedió la frondosa tía.

Al salir de la oscuridad de la iglesia el golpe de la luz solar los cegó por segundos, pero no tardaron divisar una hilera de seis o siete puestecillos con las famosas “gorditas” de la Villa, así como de “magdalenas”. La tía se olvidó instantáneamente de todas sus aflicciones y dio rienda suelta a su glotonería. Las marchantas, en ese momento, al parecer sacaron la venta del resto del día, porque los nueve se despacharon allí mismo con la cuchara grande y se llevaron reservas como para una semana entera. El viaje rumbo a Atlanta 188 resultó, entonces, al menos, dulce.

Los hijos de Juan comieron como pelones de hospicio, pero Toñito y Pera fueron más recatados. Todavía no podían “soltarse” por completo. A las seis de la tarde el padre recogió a sus cinco vástagos y de manera muy formal y seca saludó, sin besarlos, a los hijos de su hermano muerto. Unos diez minutos después entraron a la casa Carmen Ruiloba y Salim Slim, quienes abrazaron y besaron cariñosamente a Pera y Toñito.

Podría decirse que Carmen era la liberal, la rebelde de los Ruiloba. Chocaba con ellos. Tenía unos hermosos ojos azules y Slim no sólo la había reeducado y cultivado un poquito, sino además la dominaba por completo. Se pasaba de la raya a veces. Parecían una pareja formada por un jeque y una esclava.

Precisamente por su liberalidad, su rebeldía, en ocasiones Carmen expresaba unos comentarios torpes que herían a la gente. Sin más ni más, de esta suerte les soltó lo siguiente a sus sobrinitos recién redescubiertos, ante la molestia que no pudieron ocultar ni Carlos, ni Lupe e inclusive ni el propio Slim, pero sobre todo Pera y Toñito:

-Fíjense niños que desde el 20 de junio pudieron haber venido ya seguido con sus titos, no hasta cuatro meses o más después. Por las necedades de su tía Lupita que le insistió a Dios que le mandara una señal de que el pobrecito de nuestro hermano Antonio se había salvado y no condenado, hasta ahorita es que nos volvemos a ver. Pues la señal de que se salvó del fuego eterno su papacito es que Carlos por poco se muere por la oclusión intestinal y el infarto, ¿no creen? No, si a Dios nunca hay que presionarlo.

Las horas huecas – Capítulo 8

Las horas huecas – Capítulo 7

Las horas huecas – Capítulo 6

Las horas huecas – Capítulo 5

Las horas huecas – Capítulo 4

Las horas huecas – Capítulo 3

Las horas huecas – Capítulo 2

Las horas huecas – Capítulo uno

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Jose de Villa
José de Villa nace en México, D.F. en 1946. Después de estudiar periodismo en la UNAM, trabaja en distintos periódicos como reportero, articulista, editorialista y jefe de información y redacción, e incursiona como director de Comunicación social en distintas dependencias oficiales. Junto con el Dr. Jürgen Neubauer, es coautor del libro Máximo Líder, publicado en Alemania, Holanda, República Checa y Eslovenia. En 2010 escribe su primera novela: Las horas huecas.

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