Las horas huecas - Capítulo 8

Antonio Ruiloba pasó caminando justo enfrente de la casa de Esperanza, cargando en la mano izquierda una gran bolsa de estraza que claramente mostraba una botella de Bacardí blanco, algunas botellas de Coca-Cola y botanas. Se había bajado del camión en Reforma, cruzado Virreyes y Cárpatos, para luego torcer a la izquierda por Mayorga y llegar al departamento de los Mulayo. Abajo, donde terminaba Montañas Rocallosas, en la mera esquina con Corregidores, paralela de Mayorga, Toñito montaba su bicicleta, la misma que había estrenado a principios de febrero de 1954, casi un mes después de su cumpleaños número 8 y unos cuantos días después de que inició el ciclo escolar.

O el padre no vio a su hijo desde la cima de esa cuadra o de plano no quiso saber nada de él, pues siguió descendiendo por la pendiente de la banqueta sin siquiera voltear a su derecha y llamarlo o cruzar la calle para saludarlo. Pero Toñito lo vio perfectamente bien desde abajo, en la esquina donde estaba, e inició el rápido ascenso por la banqueta contraria, con la cabeza totalmente agachada y la vista clavada sobre el manubrio y llanta delantera de la bicicleta. El sí no lo quería saludar, le seguía teniendo pena y las poquísimas veces que había estado frente a su padre se dirigía a él de manera impersonal, tal como lo hacía con Esperanza. ¡Qué diferencia de la confianza, el gusto y el cariño con que le hablaba a sus titos Carlos y Lupita!

El lenguaje era la primera barrera que el niño ponía ante dos adultos que irresponsablemente lo habían engendrado, y que lo habían hecho y lo seguían haciendo sentirse infeliz y solitario en el mundo. Ese 1954 tuvo que repetir el primer año de primaria en el Colegio del Tepeyac, previa asunción de los gritos, insultos y golpes en público que su madre le propinó cuando se enteró el 17 de noviembre del año anterior, día en que la escuela entregó las boletas de fin de año, que su hijo apareció reprobado. En borrachera mucho muy posterior a ese infortunado 17 de noviembre de 1953, fue tal el remordimiento que le brincó a Esperanza por su reacción violenta ante los condiscípulos y maestros de Toñito, que todavía con la “cruda” encima corrió a primera hora del siguiente día a comprarle la bicicleta más cara de la Juguetería Ara.

Su primer año de primaria en el Tepeyac fue un martirio y un fracaso. No pocas veces lo expulsaron del salón de clases por falta de atención. Cuando ocurría eso, los alumnos eran colocados de rodillas o de pie en el corredor de la escuela por donde cada determinado lapso de tiempo pasaba el director, el padre Plácido Reitmeir, gringote como de dos metros de altura, bien ponchado y armado de una ancha y larga regla café de neolite que guardaba en la bolsa trasera del pantalón y que con toda fuerza aplicaba sobre las palmas de las temblorosas manos de los alumnos castigados. Si algún niño por el miedo, voluntaria o involuntariamente retiraba la mano y el sacerdote en consecuencia se golpeaba la pierna, el castigo del menor se incrementaba: cinco reglazos en vez de uno.

La tercera expulsión de Toñito al “corredor del terror” coincidió con el rumor de que el padre Plácido ese día no había venido a la escuela porque tenía gripe. Toñito y otros dos escolapios que esperaban la dolorosa y ardorosa represión estaban felices de la vida, pues creyeron que se habían salvado, cuando de pronto empezaron a escuchar el inconfundible, escalofriante sonido de una neolite sobre la palma de una mano: del fondo de ese oscuro y extenso corredor empezó a emerger una figura que se volvía más y más grosísima conforme sus pasos sonaban cada vez más y más, hasta que a veinte centímetros de distancia pudieron apreciar, cuan monstruoso era, en verdad, nada menos y nada más que al padre Burton, sustituto esa vez del verdugo Plácido. La disciplina benedictina del “ora et labora” la llevaban los curas a su máxima expresión mediante el castigo físico. Y cuando no estaban ni Plácido ni Burton, tocaba el turno al padre Erwin, otro gringo atlético (al que se le iban los ojos por la guapísima miss Ofelia, maestra de inglés de Toñito), o al mexicano Hildebrando, chaparrito y medio cegatón, quien era el prefecto de primaria y también sabía pegar con todas las de la ley.

El nieto de Esperanza Salas las pasaba en verdad muy duras. A las cinco de la mañana lo levantaban a insultos, gritos y golpes en la cabeza; a las seis ya estaba en la esquina esperando el camión, que recogía a cincuenta niños en un trayecto que empezaba en lo más retirado de las Lomas de Chapultepec y terminaba a diez cuadras de la Basílica de Guadalupe, llegando a la escuela hasta las ocho. De entrada, no dormía lo suficiente para descansar. Las frecuentes y prolongadas borracheras que duraban a veces hasta las dos o más de la mañana, provocaban que durante las primeras horas de clase no estuviera totalmente consciente para aprehender los conceptos que los profesores emitían. Luego, dentro de la clase, se fugaba de la realidad, soñaba despierto, imaginaba que como sus amiguitos de la escuela tenía un padre y una madre amorosos. Envidiaba cuando se transportaba en el camión del colegio cómo en las mañanas salían las madres a despedir a sus hijos, cómo los besaban y les impartían la bendición o, por la tarde, cómo los recibían con gusto y les hacían la consabida, sincera pregunta: “¿cómo te fue mi amor, qué hiciste hoy en la escuela?”.

Su reloj biológico se lo habían trastocado inmisericordemente. Todas las jornadas matutinas andaba somnoliento, atontado, muchas veces con dolor de cabeza. Después de la comida, pasadas las dos de la tarde “despertaba”, se sentía bien, entendía todo, hasta que terminaban las clases a las cuatro. Pero entonces, más maldecía su suerte. Se fijaba cómo los demás niños venían bien vestidos, normalmente vestidos (muchas veces lo mandaba su madre, en lugar de con calcetines y zapatos, con medias de lana hasta las rodillas y calzando sandalias, volviéndose así el hazmerreir de todos). Veía cómo el grueso de los de su salón traían sus cajas de lápices de colores (“Prismacolor”) con veinticinco o hasta cincuenta tonalidades distintas, y el sólo con su cajita de seis. En mil detalles se fijaba, observaba lo que los demás jamás pensarían observar. Y en consecuencia anhelaba lo que para todos resultaba rutinario, en ocasiones hasta chocante.

Al bajar del camión de la escuela, su corazón se agitaba conforme avanzaba hacia la casa, pues ignoraba con qué se iba a encontrar. Invariablemente, el primer indicador lo tenía en el olor del tabaco: si llegaba o no a la esquina de Rocallosas y Cárpatos, donde descendía a las seis de la tarde (luego de dos horas de viaje desde Lindavista) del camión número siete del colegio. Si llegaba, es que había borrachera. Si no llegaba, es que su madre no estaba en la casa, o no se había emborrachado sola o con invitados o, si lo había hecho, llevaba ya rato durmiendo “la mona”.

Desde luego, y para los efectos escolares, en caso de haber sesión alcohólica (sea que fuera de “buró” o colectiva), era imposible que se concentrara para hacer bien la tarea o estudiar debidamente, amén de que, lo más seguro, es que fuera obligado, junto con su hermanita, a estar presentes en la libación. Cuando caía la noche, con los gritos y el tocadiscos al máximo volumen, y el tufo de tabaco y alcohol, sencillamente le era imposible conciliar el sueño. Y a ello en ocasiones, cuando había hombre en la casa, se añadía lo más grave de todo, “la cereza del pastel”: la angustiante espera, la zozobra, la duda de si por la madrugada habría o no golpizas, o para él, o para Pera, o para la madre alcoholizada.

En su segunda vez en el primer año de primaria, las cosas no pintaron de manera distinta, salvo para empeorar: cuando no estaba emborrachándose con Esperanza, Ignatz Krogman le “revisaba” la tarea y bajo la amenaza de pegarle, lo obligaba a repetir ejercicios tres y hasta cuatro veces. Ahí pescó Toñito un odio infinito a la aritmética, a los números. Y también por ello mismo se refugió en la lectura, que era su tubo de escape, su catarsis, su refugio más a la mano, su vehículo para transportarse a otro mundo: se leía de cabo a rabo los libros de aventuras de Salgari o los libros de historia de Pera o los que tuviera Esperanza (en inglés o español); se leía el periódico desde la primera plana hasta la sección de sociales, la revista Life en inglés, el Selecciones del Reader’s Digest en ambas lenguas; sin faltarle, claro está, los cuentos “Vidas Ejemplares” y “Vidas Ilustres” que semanalmente en el supermercado le compraban su madre, Pera o Jerónima.

Cuando el Chino Joe y Rosita iban a Rocallosas, antes de embriagarse le pasaban a Esperanza, estuviera o no Krogman presente, el reporte completo de todo lo que sabían hasta ese instante sobre Antonio Ruiloba, quien al menos una vez por semana aterrizaba en su departamento para libar con ellos como Dios manda, pues les juraba que andaba muy triste y deprimido, porque extrañaba mucho a sus hijos y se había dado cuenta de que seguía enamorado de su ex esposa.

Hablantín por naturaleza, les había platicado que acababa de rentar un departamento en la Avenida Newton, en la Colonia Polanco, que Alfredo Videgaray se portaba de maravilla con él, pero al que ya no soportaba era a Arnulfo, quien siempre andaba echándole sablazos y amenazándolo con “madrearlo” si no le soltaba el dinero. A su gran cuate Joe, le confesó que su familia le había cerrado totalmente las puertas, que cuando lo necesitó se negaron a prestarle dinero, sobre todo Lupe y Carlos que lo tenían para tirar, por lo que estaba muy sentido con ellos. Esto último ya se lo había platicado también a Pera un sábado que borracho se apareció en el Mercury para “ver” a sus hijos, unos diez minutos en el asiento delantero del auto, antes de llegar a Mayorga con los Mulayo. Esta pareja de ancianos, como nobleza obliga, igualmente lo ponían al tanto sobre lo último que sabían de su ex esposa y el alemán, al que Ruiloba y sus hijos apodaron “la ingle”. El filipino y la chiapaneca se lucían en llevar y traer chismes entre los ex esposos, para así, a costa de ambos, asegurar algunos días de la semana su intoxicación etílica gratuita.

Aunque desde la Navidad Krogman logró más o menos distanciar a Esperanza del grupo de gringos con los que tan bien se sentía, la separación definitiva de Diana, Herta y Marge sobrevino por causas ajenas a las intenciones y a la antipatía natural de este alemán. Así, en mayo de 1954 los Young (Rupert, Diana, Jeanie y Sheila) se regresaron a radicar a los Estados Unidos. Esta partida constituyó un duro golpe para Pera, pues Jeanie era realmente la única amiga que tenía y con ella había la máxima confianza y un vínculo de unión: eran contemporáneas y compartían experiencias casi similares, siendo hijas de madres alcohólicas, ninfómanas, aunque con la diferencia radical de que Jeanie y Diana se profesaban el amor profundo, natural, que se supone debe existir entre hija y madre o madre e hija.

Pero ya antes de mayo, o tal vez después, pues ni Antonio Medrano ni Arni Himanen lo llegaron a saber con exactitud, Herta Woolverich simple y sencillamente desapareció. Se aventuraron toda clase de hipótesis. Unos decían que había muerto por su bárbaro alcoholismo o que un teporocho la había asesinado por disputarle un trago. Otros, que andaba de puta con un americano en un campo nudista en Oaxaca o Baja California. Y los más, que sus padres habían fallecido, por lo que se había ido a Boston a cobrar su herencia y a rehacer su vida al lado de su hijo y muy motivada por todos los millones de dólares que, se aseguraba, tenía sin duda alguna. Lo más curioso de todo fue que desapareció tal y como vivió en México, es decir, envuelta en el misterio. Con sus contactos, Medrano logró averiguar que ni en la Secretaría de Relaciones Exteriores ni en la de Gobernación había registro de que alguna estadounidense bajo ese nombre y señas hubiera jamás entrado al país. De la misma manera, Joe Dunkley y un compañero suyo del “The News” se entrevistaron con distintos funcionarios de la embajada americana, para llegar a igual resultado que Tony Medrano: ¡Herta nunca, pero nunca, estuvo en México!

-¡Pues no estaría en México, pero lo que es aquí en la casa, en Montañas Rocallosas, sí estuvo y un chingo de veces! ¡Aquí mero!, ¡qué carajo!, ¡si yo un día vi con mis propios ojos cómo Tony se la cogió en este sofá!, ¡en mis meras narices!, vehemente le aseguraba Esperanza a Nils Paulsen, cuando, en su momento, el chisme de la desaparición de Herta llegó a sus oídos.

-¿Aquí cogieron, en plena sala de tu casa?, preguntó el narigón.

-¡No te hagas pendejo, Paulsen, si tú sabes bien que Medrano se cogería hasta la pinche india de Jerónima! ¿No ves que es un pinche macho mexicano? ¡Pera y la pobre Jeanie lo cacharon arriba, en mi recámara, metiéndole la verga por detrás a Diana! ¡Y tú todavía preguntas!, ¡cómo eres güey!, ya enfadada le quitó toda duda Esperanza al sueco.

Y Marge Dunkley, quien siempre trató de proteger, por la lástima que le causaban, a Pera y Toñito, fue la última gringa del grupo que abandonó el país, justo al mes de que lo hicieran los Young. Para ello, medió tremenda felpa que su marido le puso ni más ni menos que en Montañas Rocallosas también, en la recámara de Pera. A veces llegaba allí el matrimonio desde el viernes por la noche, Pera se iba a dormir con su hermano y los Dunkley ocupaban su recámara, como otras veces lo hacían los Young y hasta el propio Medrano con Herta, pues no había cuarto para visitas.

El par de gringos se emborrachaba con Esperanza y Krogman todo el fin de semana, hasta el domingo inclusive. Tempranito el lunes, después de bañarse, rasurarse, atildarse muy bien y desayunar los picantes huevos rancheros que la sirvienta le preparaba especialmente, Dunkley se iba al periódico por su orden de trabajo del día, como si nada, verdaderamente cual fresca lechuga, sin cruda alguna y mucho menos sin remordimiento de haber golpeado en la noche a su mujer por pretender negarse a tener relaciones sexuales con él. Mientras que la pobre Marge amanecía o con los labios partidos o con tremendos verdugones en cualquier parte de la cara o con un ojo bien cerrado.

Los fines de semana en que iban, ocurría exactamente lo mismo: cuando ya bien cuetes se retiraban a dormir, Dunkley se le montaba a Marge, ésta lo tiraba, él entonces la golpeaba, ella pedía a gritos auxilio a Esperanza y así era el cuento de nunca acabar, hasta que la fuerza bruta se imponía y el resto de la noche, o hasta que amanecía, los sollozos de Marge llenaban la parte superior de la casa.

Ni Esperanza ni Krogman, por más tomados que estuvieran, hablaban o mucho menos hacían algo en defensa de Marge. Por un lado, era un problema de ellos y sólo de ellos y, por el otro, Joseph Dunkley era literalmente un búfalo enardecido que con la sola mirada espantaba a cualquiera. Eso sí, cuando Dunkley abandonaba Montañas Rocallosas para irse a trabajar, Esperanza, Pera o Jerónima de inmediato le subían a Marge de la cocina un par de bisteces crudos que se colocaba sobre el ojo o los ojos amoratados (según le hubiera ido en la golpiza), “remedio” éste infalible para desinflamar y borrar todo vestigio de daño.

Sanarse con bisteces crudos los ojos cerrados y morados por golpes a mano abierta o con el puño cerrado, era un “remedio” que a Esperanza se lo había recomendado Francisca, la hija de doña Licha, quien a veces llegaba hasta Montañas Rocallosas con tres o cuatro de sus hijos más chicos, para esconderse de “su señor”, un comprador de ropa usada prieto y gordinflón, de aspecto repugnante, que la golpeaba cuando se le antojaba hasta llegarla a privar y el que ya le había hecho siete criaturas. A Esperanza le caía muy bien Francisca, pues la había conocido desde que era una niñita (muy bonita, por cierto) y también porque siempre le daba las gracias, aunque no los pusiera en práctica, cuando la patrona de su mamá se ponía a repetirle sus tres consejos clásicos: “¡córtale la verga!, ¡no te abras de patas!, ¡amárrate las trompas!”

Francisca llegaba a quedarse uno o dos días y a veces una semana allí, hasta que recibía el telefonazo de doña Licha, informándole que ya se le había pasado “la muina” a “su señor” y que ya la “requería”. También, esta infortunada mujer, desde Cerrada de Hamburgo, cubría cada año la semana de vacaciones de Jerónima. Como todo el tiempo andaba con panza de embarazada o si no con algún seno de fuera para amamantar a alguno de sus hijos, el morbo de Toñito no se dejaba esperar y por ello andaba pegado a ella como perrito faldero, a la vez que Francisca era de sangre muy ligera y no le decían dos veces para que se soltara contando con lujo de detalles sus intimidades sexuales o cómo se la había catorreado la última vez “mi señor” (con el cual, desde luego, sólo estaba “arrejuntada”).

Las tranquizas de Joe Dunkley a Marge obviamente eran la excusa para, tras el desayuno y una vez determinados y evaluados los daños sufridos por la rubia en distintas partes de su cuerpo, principiar en el jardín el consabido análisis y condena del género masculino, entre tragos y tragos de cubas, bloody marys, desarmadores, gin tonics o vodka tonics. Solo Marge y Esperanza tenían derecho, por supuesto, de hablar, y el prostituido alemán se limitaba solamente a beber y a poner, sin costarle mucho trabajo, cara de imbécil. A veces Pera y Toñito se aparecían para robarse una botana, a veces por irrefrenable curiosidad de enterarse de los laberintos del sexo se quedaban bastante rato, a veces la madre los obligaba a permanecer ahí quietos, sin chistar. Así transcurrían las horas, por lo que siempre que regresaba Dunkley a las Lomas, encontraba ya bien ebrios a su esposa y a su amiga mexicana y al amante de ésta. Para no echar a perder la fiesta y como él lo decía, “dénme tantito tiempo” (just give me a Little time), pronto se encarreraba y se ponía a la par o más de borracho que ellos.

Pero tanto fue el cántaro al pozo, que un día sí se quebró por completo: luego de una soberana paliza que Dunkley le arremetió una madrugada de sábado en la recámara de Pera, al siguiente martes Marge literalmente voló a divorciarse a Las Vegas, Nevada, y en veinticuatro horas acabó con un matrimonio, o sacrificio, de veinte años de duración. El viaje fue sorpresivo, pues nada dijo a nadie, y aprovechó que el marido se había ido a trabajar para largarse del departamento de Melchor Ocampo sólo con lo puesto, ya que ni una maleta se llevó. Fue el martes primero de junio de 1954.

Sin los Young, Herta y Marge, el círculo de bebedores se redujo a Medrano, Arni, Eduardo del Trigal, el abogado Gómez, ocasionalmente el ex cuñado Ignacio Calero Topete, y los Mulayo, pues Nils Paulsen y Joseph Dunkley ya no quisieron seguir fingiendo: simple y llanamente no soportaban a Krogman. Y lo mismo ocurrió con Gloria Cuevas y Blanca García Travesí, abstemias que siempre que buscaban a Esperanza la hallaban emborrachándose con el alemán. Tanta fue la distancia que llegó a darse entre las antiguas amigas que, por ejemplo en el caso de Gloria, su ex marido, Antonio Bernal (quien ya radicaba en el Distrito Federal), acabó frecuentando Montañas Rocallosas, con lo que para siempre Esperanza se ganó el desprecio de la frondosa chihuahuense.

Lo que tenía de feo Bernal, lo tenía de magnífico cantante. Era un tenor abaritonado que lograba impostar muy bien el timbre de voz de Jorge Negrete, gracias a lo cual ganó nada menos que en el Auditorio Nacional un concurso de canto. Y siempre que llegaba con Esperanza y Krogman, entre copa y copa organizaban las “negreteadas”, que sólo servían para que Bernal se luciera cantando su repertorio vernáculo e invariablemente tomara el teléfono para llamar e insultar a su ex esposa e hijos, por igual. A la primera ni la bajaba ni la subía de puta y a ellos de ingratos y traidores. Como buen macho mexicano, estaba también medio loco, pues su hijo Toñito, cuando Gloria se lo trajo a la Ciudad de México junto con sus hermanas, no había cumplido el año de edad, por lo que al igual que Glorita y Cecilia, no podía ser “traidor” a su padre.

Para Blanquita García Travesí (quien ya había dado término a su fugaz romance con Martin Hoth, por el alcoholismo de éste teutón), resultó igualmente imperdonable que Esperanza reabriera las puertas de su casa a Bernal. En consecuencia, cerró filas con Gloria y cortó definitivamente a la dipsómana.

Un domingo muy temprano, pues Jerónima todavía ni siquiera había salido de la casa para iniciar su asueto semanal, se escucharon tres golpes fuertes en la reja y un segundo después empezó a sonar el timbre durante unos diez o doce segundos. Adormilada, sin todavía tener cabal conciencia, Pera corrió las cortinas de la ventana de su recámara para ver quién tocaba de esa manera tan vehemente. Krogman y Esperanza (quienes aún a las tres de la mañana habían brindado por el cumpleaños 42 de la beoda) andarían en el quinto sueño y ni los ladridos de Heidi, la cachorrita pastor alemán que llevaba unos ocho días en Montañas Rocallosas, lograron despertar a Toñito, a pesar de que los dos compartían no sólo la habitación, sino inclusive el lecho.

Sorprendida, la niña se talló los ojos, abrió la ventana y entonó la voz de tal manera que, sin ser un grito, resultara audible hasta la reja de la calle:

-¡Ahí vamos, espérate!, ¡ya te oímos!

Lo más rápido que pudo se puso el camisón, corrió al cuarto de su hermano, que estaba exactamente frente al de ella, y lo empezó a mover para que se despertara, al tiempo que le decía con voz firme, pero baja:

-¡Despiértate!, ¡pícale!, ¡ahí está mi papá abajo y viene bien pedo!, ¡a ver si no hay relajo!, ¡apúrate, tenemos que bajar ya!

Con perra y todo, los niños salieron volados del cuarto, subieron los tres escalones del desnivel, cruzaron el hall de distribución del segundo piso, de puntillas pasaron frente a la recámara de Esperanza y bajaron la escalera de piedra como almas que lleva el diablo. Con sumo cuidado abrieron la puerta de entrada a la casa, de dos brincos dejaron atrás el porche y sintieron el césped húmedo por el rocío de la madrugada, quitaron candado y cadena y empujaron una hoja de la reja.

Sin saber qué decirle, pues no se habían repuesto del impacto que su aparición inesperada y tan de mañana les causó, los chiquillos bajaron de la banqueta, rodearon el cofre del Mercury, mientras Antonio Ruiloba les abría la pesada puerta derecha delantera para que entraran al auto. El, sentado en el lugar del conductor, hedía a alcohol y sudor. La barba crecida de uno o dos días les picó y raspó cuando después de gritarle a Pera que era su padre y que se acercara a abrazarlo, les ordenó a ambos que le dieran un beso en la mejilla derecha. Pera lo hizo sin poder ocultar su coraje y su repugnancia, mientras que Toñito obedeció con miedo y, como de costumbre, con muchísima pena. No sólo olía mal Ruiloba, no sólo transpiraba licor por todos y cada uno de los poros de su cuerpo, igualmente mostraba descuido en el vestir y falta de aseo: la hebilla del cinturón la tenía totalmente corrida hacia la izquierda, los botones no coincidían con los ojales de la arrugada camisa blanca con cuello negro de mugre, y en la comisura de los labios se veían los partículas amarillas de un huevo cocido que no ingirió correctamente.

Sus hijos mitad dirigían la mirada a él y mitad hacia la verja de la casa, temerosos de que en cualquier momento se presentara su madre o, lo que sería peor, Krogman. De la pobre Heidi ni se acordaban y acaso alcanzaban a descubrir que Jerónima, atónita, espiaba toda la escena mal escondida tras una columna del porche.

-Hoy es trece de junio, día de San Antonio de Padua…es mi santo…Toñito, es nuestro santo…es el santo de mi padre, que es tu abuelo, y es el santo de mi abuelo, que es tu bisabuelo, con la lengua enredada le explicaba el ebrio al sobrio.

-Sí, apenas se escuchó que el niño asintió.

-Bueno, me voy….pórtense bien, por último les dijo Ruiloba a sus dos hijos. Estos volvieron a besarlo y descendieron del carro, dándole la vuelta por detrás, por la cajuela, e ingresando a la casa sin voltear a ver a su progenitor.

La ignición del motor y un fuerte acelerón les indicó la partida.

-¡Híjole!, yo pensé que se iba a armar el Rosario de Amozoc….lo bueno es que la señora no se ha despertado ni tampoco la ingle…están bien dormidotes. Bueno, ya me voy, el Juan ya me ha de estar esperando en Reforma. Nos vemos en la noche niños…la canija perrita se zurró otra vez en el comedor, ya verán la que se va a armar cuando la señora se dé cuenta, Jerónima les echó en cara como despedida y dándoles a entender que ella no iba a limpiar las cochinadas del pobre animalito al que desde el primer día le hizo mala cara.

-¡Fúchila!, ¿otra vez hígado?, al unísono protestaron Pera y Toñito. Y cuando todo mundo esperaba una sonora mentada de madre de Esperanza como reacción ante la protesta infantil por el desagradable alimento, sonó el teléfono, y el recado que a las dos y media de la tarde de ese jueves 17 de junio de 1954 les dio una lívida Jerónima, luego de alzar la bocina y escuchar la voz para ella desconocida de Alfredo Videgaray Salas, dejó helados, petrificados, confundidos a los ahí presentes: Esperanza, Krogman, Pera y Toñito:

-¡Ay diosito santo!….¡Que el señor don Antonio apareció muerto en su casa!, que le habla su hermano de usted, señora…..Dice que es el señor Alfredo.

La primero divorciada (por lo civil) y desde quién sabe cuántas horas atrás viuda sin saberlo (el matrimonio católico es indisoluble), se levantó de la mesa del desayunador, caminó vacilante hacia el teléfono negro que descansaba dentro de un nicho empotrado en la pared frente a la escalera que descendía al sótano, se colocó el auricular en el oído derecho y escuchó durante tres o cuatro minutos. Jamás abrió la boca. Sólo escuchó a su hermano y lentamente después colgó la bocina. Regresó al desayunador, se sentó frente a su plato que contenía hígado con papas y cuando iba a tomar el cuchillo y el tenedor, empezó a sollozar, se limpió las lágrimas de los ojos con ambas manos y se levantó y corrió hacia las escaleras.

Medio minuto más tarde se oyó que cerraba la puerta de su recámara con suavidad y se soltaba llorando como magdalena desconsolada. Abajo, estupefactos, sin mediar palabra alguna, Krogman, Pera y Toñito continuaron en el desayunador: el alemán, tragando como oso recién salido de una dieta involuntaria; Toñito, refunfuñando en sus adentros por el hígado que sabía y apestaba a rayos; y Pera, con la mirada perdida, pensando en su padre, al que mucho quería, tal vez recordando cómo le construía con yeso maquetas de ciudades para jugar, o cómo la llevaba toda arregladita y bien perfumadita de paseo a distintos lados o, tal vez, también, cómo llegaba en las madrugadas cayéndose de borracho al pequeño departamento de la callecita de Cadereyta.

En la cocina, igualmente callada, sentada en una silla junto a la mesa de granito y secándose de vez en vez con su delantal gris las perlas de agua que llegaban a brotar de sus enrojecidos ojos, Jerónima no dejaba de interrogarse si habrían matado y cómo habrían matado a su fugaz o fantasmagórico patrón, cuánto habría sufrido, quiénes y por qué lo habrían asesinado, qué iba a ser ahora de los niños.

-¡No quiero comer!, ¡no tengo hambre!, ¡me voy a mi cuarto!, gritó a todos y a nadie Pera, y abandonó el desayunador.

El alemán comía.

Y Toñito pensaba: “Pero qué lista ésta, ahora resulta que se le fue el hambre y va a dejar el mugre hígado, y yo de güey sí me lo tengo que acabar….Yo le voy a hacer igual que ella”. Y en efecto:

-¡Yo tampoco tengo ganas de comer! ¡Me voy a mi cuarto!……..Pegó: se fue a su cuarto. Y no fue esa la primera vez que Ignatz, satisfecho, se engulló uno tras otro los platos despreciados por Pera y Toñito, más el que primero había dejado Esperanza.

Contra lo que cualquiera pudiera imaginarse, desde el aviso de Alfredo a su hermana, hacia las dos y media de la tarde, durante todo el resto del día ni una sola llamada más se recibió en Montañas Rocallosas. Y sólo una vez, también contra lo que cualquiera pudiera suponer, del 206612 salió un telefonazo hasta el momento en que todos se fueron a dormir: fue Toñito, a las tres en punto de la tarde, el que por órdenes de Esperanza habló, luego de dos años y tres días de separación, con su amadísimo tío Carlos. Su propia madre le marcó el número telefónico de la casa de los tíos y al niño se le salía el corazón del pecho con cada latido y le temblaban las piernas por los nervios y la emoción del reencuentro, aunque fuera meramente virtual.

En sentido estricto, el anuncio de la muerte de Ruiloba no le causó sufrimiento ni dolor alguno, pues realmente Ruiloba no le significaba nada. Sumados, tal vez haya convivido con él no más de ochenta o noventa días. Le impactó su muerte con esa rara sensación que deja siempre el enterarse de que alguien conocido o al que se acababa de ver, murió de pronto. Nada más. Entre el día trece y el diecisiete, sólo habían transcurrido noventa y seis horas, nada de tiempo, por lo que la imagen que como fotografía se le había quedado pegada, imborrable en su mente, no era otra que la del borracho con los labios embarrados de huevo cocido.

Le emocionaba, eso sí al máximo, intuir que nuevamente volvería a ver a sus seres más queridos. A Ruiloba y Esperanza los despreciaba por la vida triste que le habían dado y propiciado sin pedirla ni merecerla. A Carlos y Lupe los adoraba por ser su refugio de amor y alegría.

-Bueno…¿Tito?…Soy yo, Toñito…¿Ya saben la gran noticia?, ¡se murió mi papá!

-……Sí, Toñito…..ya vamos tu Tita y yo y toda la familia a Newton 43…., contestó el tío Carlos totalmente abatido y con la voz a punto de romper en llanto. No le dijo más ni le preguntó nada.

A Toñito le quedó una espantosa sensación de vacío, de soledad y de terrible angustia, pues pensó de inmediato que ya no lo querían, que ya no se acordaban de él. No podía entender por qué a su tío no le había dado gusto escuchar nuevamente su voz; por qué no le había dicho que lo extrañaban y lo querían; por qué no le había preguntado por Pera; por qué no le había inquirido cómo estaban, cómo se sentían, cómo les había ido en tanto tiempo sin verse. La llamada, la actitud del tío fue más que un balde de agua fría para el niño. A sus ocho años de edad no podía elaborar en su cabeza cuáles son los patrones de conducta que rigen y predominan en los adultos golpeados tan sólo unos minutos o unas horas antes por la noticia de la muerte de un ser amado, de un hermano perdido para siempre, irrecuperable nunca jamás.

Después de que Esperanza y Pera le preguntaran por lo menos cinco veces qué le había dicho su tío Carlos y cinco veces Toñito les repitiera lo que escuchó o entendió, ambas la emprendieron contra él por no haberle repetido al tío lo que habían ensayado antes de la llamada telefónica:

-¡Era triste noticia, no gran noticia!, ¿por qué saliste tan tonto?, ¿nunca piensas?, le reclamó Esperanza y subió nuevamente a su recámara, habiendo azotado, ahora sí, la puerta.

Pero al niño lo menos que le importaba era si era triste o grande la noticia de la muerte de su padre. Lo que lo tenía al filo del desquiciamiento era si volvería o no a ver a sus tíos. Y se repetía a sí mismo, una vez, cien veces, mil veces: ¡me quieren!, ¡sí me quieren!, ¡me tiene que querer!, ¡me deben de querer!, ¿por qué no me lo dijo mi tito?,

¡me quieren!, ¡sí me quieren!, ¡me tienen que querer!……

Hecha la autopsia, que identifico a un traumatismo cráneo-encefálico como la causa de la muerte, fue hasta el día 19 cuando Juan Ruiloba González Misa pudo al fin recuperar el cadáver de su hermano Antonio para proceder a velarlo por la noche. Ese mismo día 19, en las secciones policiacas de casi todos los diarios matutinos aparecía la información sobre el hecho. Ello significó un golpe dolorosísimo, no sólo moral, sino también a la honra y a la reputación de la familia Ruiloba. Siendo una de esas familias ricas católicas, que era aceptada y reconocida como de la “alta sociedad”, como de la “gente decente”, le resultaba verdaderamente infamante lo que en los periódicos se llegó a publicar:

“AL DESCUBRIRSE EL CADÁVER DEL ING. ANTONIO RUILOBA SE ABRIÓ LA INCÓGINTA: ¿CRIMEN O MUERTE ACCIDENTAL?

“En todo el departamento “D” de la casa número 43 de la calle de Newton había sangre del muerto.- El cuerpo presenta escoriaciones.- ¿Llegó gravemente herido o allí lo remataron?- ¿Es un crimen o muerte por accidente o por enfermedad?-

“En forma por demás misteriosa y que hace suponer se trata de un negro crimen, murió el ingeniero Antonio Ruiloba González Misa, de 44 años de edad, cuando estaba en el interior de su casa en la calle de Newton número 43, departamento ‘D’.

“El cuerpo presenta sangre en la cara y también hay mucha de ella en distintos lugares de la casa donde ocurrió el deceso, lo que hace pensar en un crimen, por más que se asegura que el ahora extinto sufría de ataques epilépticos y esto bien pudo hacer que se golpeara contra la pared o algún mueble, y que ya gravemente herido llegara hasta su alcoba para tenderse en la cama donde encontró la muerte.

“Fue hasta pasadas algunas horas después de ocurrida la muerte del profesional, que se descubrió su cadáver, dándose aviso de ello a la Novena Delegación del Ministerio Público cuyo personal se encargó de recoger el cuerpo para trasladarlo al Hospital Juárez para los efectos de la necropsia. Desde luego agentes de la Policía Judicial del Distrito y del Servicio Secreto han iniciado las investigaciones de rigor para descubrir la verdad de lo ocurrido, esperándose que los médicos legistas digan la causa exacta del fallecimiento.

“AVISO A LA DELEGACION

“El doctor y general Héctor Salas Manjarrez comunicó a la Novena Delegación del Ministerio Público que en el interior de la casa número 43, departamento ‘D’, de la calle de Newton, en la colonia Chapultepec Polanco, estaba un hombre sin vida, por lo que urgía la presencia de las autoridades en dicho lugar.

“Las autoridades de guardia en la Agencia del Ministerio Público, acompañadas del médico de la Cruz Verde y de los expertos en criminalística de la Procuraduría del Distrito, se trasladaron a la casa antes mencionada a efecto de iniciar las averiguaciones. El departamento donde ocurrió el hecho consta de cinco habitaciones y en una de ellas, destinada a recámara, fue encontrado, boca abajo, el cadáver del ingeniero Antonio Ruiloba González Misa.

“La almohada sobre la que recargaba la cabeza el ahora extinto, estaba manchada con sangre. La sábana estaba igualmente manchada, lo mismo que una toalla que estaba sobre las ropas de la cama. Al lado derecho de la cama, sobre un buró, las autoridades encontraron una copa que contenía residuos de una sustancia desconocida y un frasco pequeño con otra sustancia de color claro y un frasco a medio llenar con pastillas llamadas ‘Epamin’.

“Dentro de un cajón del mismo buró había una camisa blanca con un coágulo de sangre. El pantalón que tenía colocado el ahora extinto estaba manchado, asimismo, con sangre, y en sus bolsillos se encontraban los siguientes documentos: una libreta bancaria de depósito con cargo al Banco de la Propiedad, que ampara la cantidad de nueve mil doscientos pesos depositada el día 7 del corriente mes; un talonario de cheques, el primero con la anotación de nulo y los siguientes con diversas cantidades; una tarjeta de circulación que ampara el automóvil Mercury placas de circulación 83-790, modelo 51, propiedad de Alfredo Videgaray Salas, con domicilio en la calle de Humboldt 30.

“Una vez examinados estos documentos, los expertos encontraron en la puerta que da a la calle, manchas de sangre a la altura de la chapa; en el pasillo que conduce de la recámara a la sala-comedor había unas gotas de sangre en el suelo y en el baño, así como en el lavabo. El médico de la Cruz Verde dijo que el cadáver tenía rigidez y presentaba sangre en la boca, la nariz y en los oídos, apreciándose una herida contusa en la región superciliar derecha, escoriaciones en diversas partes del cuerpo y equimosis óculopalperal derecha. Como no se podía saber de momento la causa de la muerte, se procedió a trasladar el cadáver al Hospital Juárez para su necropsia.

“EL MEDICO ES INTERROGADO

“Acto continuo se procedió a interrogar al doctor y general Héctor Salas Manjarrez, quien manifestó tener su domicilio en el Paseo de las Américas número 726. Añadió que conocía al ingeniero ahora extinto por haber sido su amigo y que el ingeniero Alfredo Videgaray Salas fue quien le avisó que su amigo Antonio Ruiloba González Misa estaba muy grave en su domicilio y urgía que fuera, lo que hizo, pero ya lo encontró muerto.

“Ignora en qué condiciones el ingeniero Videgaray halló el cuerpo de Ruiloba, pues él ya nada podía hacer en favor de su amigo. Afirma que llegaron dos agentes del Servicio Secreto, pero que éstos tampoco movieron el cuerpo. Sabía el declarante que su amigo acostumbraba beber licor en abundancia y padecía de epilepsia.

“UN HERMANO DICE

“También se tomó declaración al señor Juan Ruiloba González Misa, de 47 años de edad, comerciante, con domicilio en la calle de Pitágoras 851, Colonia Narvarte, y quien manifestó que su esposa le comunicó que su hermano Antonio estaba muy grave. Su esposa recibió, a su vez, el telefonema de uno de sus parientes. Fue rápidamente al departamento que ocupaba Antonio, a quien encontró sin vida.

“Agregó que Antonio hace cinco años se divorció de su esposa en los Estados Unidos de Norte América y a partir de esa fecha comenzó a ingerir licor en abundancia y nunca supo el declarante si había contraído nuevas nupcias o tuviera una amante. La ex esposa de Antonio vive en esta Capital y es madre de dos niños.

“A preguntas especiales que se le hicieron, dijo que su hermano desde hacía un año vivía absolutamente solo y padecía de epilepsia, por lo que estuvo internado en el Sanatorio Inglés. Por otra parte, dijo que desde hace muchos años no visitaba a Antonio en virtud de que éste se dedicaba a emborracharse y esto le disgustaba profundamente.

“Dio a conocer el declarante los nombres de sus hermanos, Rafael, que radica en Puebla; María Guadalupe Ruiloba de Tello y María del Carmen Ruiloba de Slim, así como del resto de la familia.

“Tampoco sabía si usaba automóvil y en general la vida que llevaba su hermano Antonio, pidiendo a las autoridades su intervención inmediata, pues no sabe si se trata de un crimen, suicidio o de un simple accidente. No sabe si faltan objetos o dinero de la casa de su hermano Antonio, y pidió entrar desde luego en posesión de los bienes, pidiendo también que fuera interrogada la portera del edificio, por ser ésta quién hacía el aseo del departamento en donde se registraron los hechos.

“LA PORTERA DESCUBRE EL CUERPO

“Fue interrogada inmediatamente después la portera María Estrada Luna, de 50 años de edad, y la que dijo que cada seis o siete días hacía el aseo en el departamento del ingeniero ahora extinto. Como sabía que el profesionista era epiléptico, optó por abrir la puerta con la llave que tenía en su poder y llegar hasta la alcoba de don Antonio para tocarle, pero como nadie le contestó, supuso que dormiría.

“Sin embargo, con cierta ansiedad y temerosa de que algo grave hubiera ocurrido, volvió horas después y, al abrir la puerta de la recámara, se encontró a su patrón ya sin vida. Dio aviso de ello al ingeniero Alfredo Videgaray, con quien trabajaba el occiso y quien le ordenó que pidiera telefónicamente la comparecencia del médico que lo atendía siempre, por lo que así lo hicieron.

“Finalmente y contestando a preguntas formuladas, dijo la portera que nunca vio al ingeniero Ruiloba González Misa llegar a su casa acompañado de mujeres.

“Se espera el resultado de la necropsia a efecto de saber cuál fue la causa de la muerte del ingeniero y en esta forma iniciar las investigaciones respectivas.”

Las horas huecas – Capítulo 7

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Jose de Villa
José de Villa nace en México, D.F. en 1946. Después de estudiar periodismo en la UNAM, trabaja en distintos periódicos como reportero, articulista, editorialista y jefe de información y redacción, e incursiona como director de Comunicación social en distintas dependencias oficiales. Junto con el Dr. Jürgen Neubauer, es coautor del libro Máximo Líder, publicado en Alemania, Holanda, República Checa y Eslovenia. En 2010 escribe su primera novela: Las horas huecas.

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