Las horas huecas - Capítulo 10

 

-¡Joven Antonio!, ¡ya baje!, ¡ya está su desayuno!, ¡se le va a enfriar!, gritó desde el comedor Geonila, llegada apenas diez días antes del pequeño pueblo de Santo Tomás Hueyotlipan, en el estado de Puebla, para servir de recamarera en la casa de Guadalupe Ruiloba, viuda del ingeniero Carlos Tello Parrera.

 

Recomendada por su prima María de Jesús, también recamarera que venía trabajando en Atlanta 188 desde antes de que se casara Pera, la guapa Geonila era todavía “muy silvestre”, como a todo mundo se lo hacía notar la tía Lupe, pues se dirigía a la gente a puro grito y con la mano se limpiaba la boca después de cada bocado. Pero la hermosura de sus ojos negros, su talle acinturado, su busto y caderas que mostraban sus diecisiete años muy bien aprovechados, hacían pasar por alto si gritaba o no, si con la mano se limpiaba o no su boca de labios incitantes. Su par de trenzas zaínas, su carita nomás lavada, sus piernas sólo cubiertas por la frescura de su piel y la precariedad de su vestimenta, realzaban mucho más su belleza. Para el creyente que la llegara a ver, era, a no dudarlo, prueba exquisita de la existencia de Dios. Y para el ateo, producto supremo de la madre naturaleza.

Antonio Ruiloba Videgaray llevaba ya sesenta días gozando o sufriendo sus quince años y de plano no se la podía sacudir de la mente. Tampoco podía sacudirse la pena de que un año antes, en marzo de 1960, su amadísima hermana Pera, a sus diecinueve años de edad, prácticamente se vio obligada a casarse con el primer extranjero que le propuso matrimonio. La tía Lupe siempre decía: “sólo a un extranjero de esos a los que se les resbalan todas las cosas se le ocurriría casarse con Esperancita, pues ningún mexicano de familia decente jamás consentiría en casarse con la hija de una loca borracha”.

Cada que repetía eso, a Pera se le clavaba un puñal en el corazón y sentía odiar más y más a su antes querida tía, pues de plano no podía amoldarse a la forma de ser de los Ruiloba y, en particular, a la hipocresía y la santurronería de esa madrina que parecía ufanarse y afanarse en rebajarle siempre su autoestima con sus comentarios ácidos. Y a Antonio le ocurría igual.

Pero los Ruiloba tenían más que motivos suficientes para aborrecer de tal manera a Esperanza Videgaray y a su familia.

En la madrugada del 28 de julio de 1957 un terremoto despertó a la ciudad de México con muertos, heridos y derrumbes por diversos rumbos. Entre los edificios que se vinieron abajo, hubo dos, muy emblemáticos, que Alfredo Videgaray Salas construyó y vendió al gobierno mexicano. Uno se ubicaba en la Avenida Juárez y otro en la Avenida Insurgentes. En menos de cinco meses, peritos nacionales y extranjeros dictaminaron que ambos edificios se colapsaron por su deficiente diseño estructural y la baja calidad de los materiales empleados en su construcción.

Alertado por contactos que tenía en distintas dependencias gubernamentales, Alfredo Videgaray no sólo supo muy a tiempo cómo venían los peritajes, sino que iba a ser demandado penalmente y en cualquier momento podrían dictarse contra él órdenes de aprehensión por las responsabilidades que ya se le estaban fincando.

Como era de esperarse, éste ingeniero defraudador huyó tranquilamente del país con todo el dinero que pudo triangular hasta la República Federal Alemana y se fue a esconder nada menos que en los alpes bávaros, en la bellísima localidad de Garmisch- Partenkirchen, junto con su amasia Lore. Ya establecido Alfredo Videgaray en el extranjero, a miles de kilómetros de distancia, en plena impunidad y disfrutando sus millones, en México sus fechorías empezaron a conocerse, una por una.

-¡Maldita sea!, ¡siempre lo imaginé!, ¡lo sabía!, ¡lo sabía!, gritaba enfurecido, fuera de sí, llorando, Juan Ruiloba ante sus hermanos y cuñados…Tras serenarse un poco, prosiguió: Ayer me habló Raúl Esqueda (un comandante del Servicio Secreto que era muy amigo suyo) y me contó ya toda la verdad sobre la muerte de Antonio, me hizo que le jurara por mis hijos que jamás lo involucraría ni diría que él me lo dijo, porque podría perder desde la chamba hasta la vida….

-¡Pero dínoslo ya!, ¡qué te dijo, ¡a qué tanto misterio!, le reclamaba también nervioso su hermano más chico, Rafael. Todos los familiares que había citado en su casa de Pitágoras 851, en la Colonia Narvarte, sólo sabían que quería hablar con ellos, pero ignoraban por qué ni sobre qué, cuando fueron convocados por la mañana, telefónicamente. Los citó a las ocho de la noche del primer martes del recién iniciado 1958, para darle así tiempo a Rafael y su cuñada Dulce María a que llegaran de Puebla.

Ese martes siete de enero estaban todos, a puerta cerrada, en el salón de música de la inmensa casa, para no variar también de estilo californiano, que en secreto Carlos Tello y Guadalupe Ruiloba le habían regalado a Juan. Este, que realmente no tenía capital como para haberla adquirido, mentía a todo mundo con el invento de que se había sacado el “gordo” de la lotería, sin especificar fecha, ni tipo de sorteo, ni mucho menos el afortunado número con el que supuestamente ganó. Este cuento chino fue a petición de Lupe Ruiloba, para, según ella, evitar los celos y el enojo de sus hermanos Carmen, Antonio y Rafael, lo que no logró. Así como Lupe dominaba por completo a su marido, Juan la dominaba a ella.

Tras cerciorarse de que tanto sus hijos como la servidumbre no rondaban por ahí, Juan les soltó finalmente lo que con tanto sigilo le había comunicado la víspera su amigo de toda la vida, el detective Raúl Esqueda. Ciertamente dejó boquiabiertos a sus hermanos Lupe, Carmen y Rafael, así como a sus cuñados Carlos Tello, Salim Slim y Dulce María de la Reguera, y no se diga a su propia esposa Enriqueta Pérez, quien fue la segunda de la familia en enterarse de que algo grave le había sucedido a Antonio Ruiloba González Misa, tres años y medio antes:

-¡Arnulfo Videgaray Salas mató a golpes a nuestro hermano en su propio departamento!, ¡le hizo firmarle un cheque al portador por diez mil pesos antes de asesinarlo y luego colocó su cadáver sobre la cama y huyó! ¡El desgraciado de su hermano Alfredo supo todo desde el principio y lo cubrió! ¡Y no sólo eso, sino que también metió a su primo Héctor Salas Manjarrez a que declarara ante el ministerio público que él, Alfredo, le habló para que dizque ayudara a Antonio, porque supuestamente era su amigo! ¡El infeliz de Arnulfo durante semanas había amenazado a nuestro hermano con golpearlo si no le prestaba diez mil pesos y de su chequera alguien arrancó un talón por esa cantidad, que sí fue cobrada! ¡El número del cheque cobrado fue el mismo que el del talón arrancado! ¡Y el tal Jacinto Olvera, uno de los albañiles de Antonio, a mí personalmente me dijo que Arnulfo lo había amenazado!

-¡Malditos miserables!, ¡tenemos que denunciar esto ahorita mismo!, gritó enloquecida, con la herida reabierta, Lupe, la mayor de los Ruiloba, pero Juan la paró en seco al continuar con el resto asqueroso del crimen perfecto:

-¡¿Y ante quién hermanita, dime ante quién, en este país miserable y lleno de injusticia?! ¡¿Ante quién, si ya me dijo Esqueda que el expediente de la averiguación previa se “perdió” en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal?! ¡¿Qué no ves que el desgraciado de Alfredo untó de miles de pesos a medio mundo ahí?!

¡¿Qué no ves que el infeliz de Manjarrez inventó que era el amigo de Antonio y con eso salvó de involucrar y declarar a Alfredo?! ¡Alfredo jamás fue citado a declarar ni la prostituta de Esperanza, su hermana!

-¡Esperanza lo mandó matar!, gritaron al unísono, curiosísimamente todas las mujeres ahí presentes, y Juan nuevamente les arrojó más luces sobre lo que su amigo había averiguado con sus colegas policías sobre ese crimen proditorio:

-¡No!, ¡al parecer, según Esqueda, no!, ¡esta vieja está tan loca y es tan borracha que ni su propia familia la ve, la soporta!

-¡Eso aparenta la miserable, que tanto hizo sufrir al pobre de nuestro hermanito! ¡Ella fue!, y presa de un agudo ataque de llanto no pudo seguir gritando, acusando, Carmen, de todos los Ruiloba la que más quería, la que más se había llevado y convivido con Antonio.

-¡Que no!, ¡no insistas! ¡Todo fue por dinero que el asesino, el loco del “Clavo”, le quiso sacar y le sacó finalmente a Antonio, a costa de su vida!…además, también me dijo Esqueda, y me partió el alma, que parece ser que finalmente fue un….que….fue…. ¡que fue un maldito pleito de borrachos!…..¡en un maldito pleito de borrachos perdió la vida mi hermanito!….¡Señor, Dios, apiádate de él!….y Juan sollozó, calló y fue abrazado y besado seguidamente por Enriqueta, de la misma manera que se abrazaban y consolaban entre sí Lupe y Carlos, Carmen y Salim, Rafa y Maruchita.

Las apreciaciones de Juan Ruiloba sobre Esperanza y sus relaciones o incomunicación con los Videgaray Salas no eran del todo correctas. En lo que respecta a Arnulfo, el mentado “Clavo”, estaban totalmente equivocadas. Durante la época inmediatamente posterior al asesinato de su ex marido, Esperanza y el más agresivo de sus hermanos se veían al menos dos veces por semana, siempre en la modesta casa de él, ubicada en la esquina formada por la Avenida Melchor Ocampo y la Calle de Copérnico, en la Colonia Anzures, exactamente en diagonal al edificio de Marge Dunkley, sólo que en el sentido opuesto, por lo tanto perteneciente a una colonia distinta. De hecho, Melchor Ocampo era la frontera entre las colonias Cuauhtémoc y Anzures, tal como Paseo de la Reforma separaba a la propia Cuauhtémoc de la Juárez.

Lo que hablaban entre sí ambos hermanos era un secreto, asunto vedado para todos, pues siempre lo hacían en voz muy baja y en inglés, lengua que por igual no entendían los alemanes Ignatz Krogman e Irmgard Munch, la esmirriada y sucia esposa de Arnulfo y madre de sus hijos Hans, Kurt, Ana, Arnulfo, Beatriz e Irmgard. Hijos de alemana de origen, tres de los cuatro hermanos Videgaray tenían parejas teutonas. Y dado que su infancia y primera juventud transcurrió en San Antonio, Texas, los cuatro siempre lamentaban que su padre los hubiera traído a México, pues en su corazón anidaban las barras y las estrellas.

Sólo en una ocasión Esperanza y Arnulfo se vieron por ese tiempo en lugar distinto a la casa de él. Fue un domingo hacia las dos de la tarde en el restaurante Florencia, donde comieron. Para Esperanza, Krogman, Pera y Toñito, la experiencia fue sorprendente y vergonzosa, no porque la mujer haya sido la que pidió y pagó (como siempre) las respectivas cuatro comidas, sino porque su hermano sólo pidió y pagó dos: una para él, y la otra para ser compartida, pasándose la misma cuchara para la sopa y el mismo tenedor para la carne, de boca en boca, siete personas distintas (su esposa y sus seis hijos). Los meseros estaban atónitos y el resto de comensales sólo tenía ojos para la mesa de tan rara gente.

Pese a todos los encuentros de los dos hermanos, según el comandante Raúl Esqueda nunca la Procuraduría encontró elementos que involucraran a Esperanza Videgaray en el asesinato de Antonio Ruiloba, pero sobornando con dinero en abundancia Alfredo hizo que se “perdiera” el expediente y que Arnulfo se salvara de ir a la cárcel por un homicidio que quedó así en la impunidad, como tantos otros en el país.

A Esperanza muy pronto le pasó la consternación. Tan pronto, que por la iglesia y por lo civil se casó con Ignatz a los sesenta días exactos de la muerte de Ruiloba, el martes 17 de agosto de 1954, en la capilla de la casona de su madre Esperanza Salas, en Hamburgo 126. En noviembre, terminado el ciclo escolar, con Pera y Toñito viajaron primero por tren a Nueva York y ahí se embarcaron rumbo al puerto de Bremerhaven, en el norte de Alemania Federal.

Krogman, que provenía de una familia de humildes campesinos, emocionado al máximo levantaba sin cesar primero a Toñito y luego a Pera, desde el barandal de estribor de la cubierta principal del trasatlántico United States, el más rápido, grande y moderno del mundo, cuando éste finalmente atracó en un muelle atestado de alemanes pobres que se apiñaban para saludar y esperar que desembarcaran sus familiares, más afortunados, que provenían mayoritariamente de suelo estadounidense. Como los otros cientos de viajeros que desde los barandales del barco igualmente escudriñaban entre la multitud para descubrir a los suyos, Ignatz finalmente focalizó a sus dos hermanas solteronas, Agneta y Edwina, así como al gentil Otto Clemens, segundo marido de su ex cuñada Ula, viuda (probablemente) de su hermano mayor Joseph.

En el buque llegaban también soldados yanquis de recambio de las tropas de ocupación en Alemania Occidental. Los días que duró la travesía de América a Europa, Toñito fue impactado por la crudeza racista de los gringos: en una de las salas de cine del lujoso trasatlántico, una sección se destinaba para los espectadores civiles, blancos todos; otra, para los militares yanquis de tez clara, y una tercera para los soldados que, sirviendo en el mismo ejército, tenían la tez oscura.

-¡Por eso es un gran país!, le comentaría Esperanza a su hijo, cuando éste, intrigado, le preguntó por qué no se sentaban, revueltos, los gringos negros y blancos.

No tardaría mucho Toñito en vivir en carne propia la violencia del racismo. Un frío sábado de noviembre en el pueblo de Lohne, donde radicaban Agneta y Edwina Krogman, Toñito salió a pasear en una bicicleta que alguna de ellas le consiguió prestada. Era temprano por la mañana, más o menos las nueve, y en un terreno con pastos muy crecidos una treintena de niños y niñas, todos con rubios cabellos y chapeadas caras, corrían tras un balón de cuero. El niño mexicano pasó muy quitado de la pena por una de las cercas que delimitaban ese campo rectangular, cuando de pronto los alemanes notaron una tupida cabellera negra y una tez que desde luego no era de ese blanco tipo pechuga de pollo de los arios.

 

-¡Indio!, ¡un indio!, ¡vengan a ver!, ¡hay que capturarlo!, ¡se quiere escapar!, ¡rápido, corran!, empezaron a gritar entre coléricos, histéricos, sorprendidos e inclusive felices por su “descubrimiento”, los pequeños teutones, todos menores de diez años, que seguramente sólo tendrían conciencia de las privaciones sufridas en sus respectivos hogares, reciclando así, una vez más, el odio y racismo contra todo lo distinto a ellos. El terreno fangoso y el miedo inmovilizador que los gritos y la persecución le produjeron, posibilitaron la pronta “captura” del “indio” intruso. Los güeros, fueran mujeres u hombres, lo empezaron a empujar y zarandear y dos o tres puñetazos cruzaron su rostro, propinados por los que más enardecidos estaban. La gritería de los aprendices de fascistas hizo que de una de las casas situadas frente al llano saliera una mujer a calmarlos, callarlos y proteger al espantadísimo Toñito.

Entre los adultos, Toñito verdaderamente cayó de pie, tal vez por lástima o por las “puntadas” que llegó a aventarse y que sorprendían a todos, pues finalmente se trataba de un niño de tan sólo ocho años de edad, extranjero que difícilmente entendía y balbuceaba algunas palabras en alemán. Por ejemplo, una noche en el rancho que en el pequeñísimo poblado de Zerhusen Joseph Clemens y su esposa Ula tenían, empezaron Ignatz y Esperanza a hablar mal de México y, por supuesto, a ensalzar a Alemania, su disciplina e inteligencia. Por auditorio tenían, además de a dicho matrimonio propietario de ese pequeño rancho ganadero, a Pera, a Toñito, a Matilda, quien era la hija más chica de Ula y la única procreada con Clemens, así como a los jovencitos Joseph, Reinhardt y Rudolf Krogman, que esa buena mujer parió durante su matrimonio con el hermano de Ignatz, Joseph, cuya suerte en el frente ruso nadie supo, pero a quien todos daban con absoluta certeza por muerto.

Ignatz y Esperanza hablaban y hablaban todo en alemán, hasta que de pronto se oyó una voz infantil en castellano:

-¿Y si son tan inteligentes, por qué pierden todas las guerras? Por respuesta, Toñito se llevó un pequeño manotazo de su madre en la cabeza, seguido de la mueca de que se callara la boca. Necio, el niño, ahora sí alzando la voz, interrogó nuevamente:

-¿Y si son tan inteligentes, por qué pierden todas las guerras?

 

Esperanza esta vez le iba a descargar tremendo coscorrón, cuando Ula antepuso sus dos manos en la cabeza de Toñito y le pidió a Ignatz que tradujera lo que el pequeño de cabellos negros había dicho cada una de las veces. Cuando su ex cuñado se lo tradujo, un silencio se apoderó de la estancia donde compartían cervezas, pan negro, salchichas blancas y toda clase de quesos.

No hubo comentario alguno. Sólo dos lágrimas mojaron lastimosas los pómulos de la robusta campesina, que no podía ocultar los rastros de la belleza que seguramente tuvo en su juventud. Esas dos lágrimas, todos, absolutamente todos los ahí presentes lo adivinaron, las produjo el recuerdo, el dolor, la incertidumbre por el destino final de su primer marido: ¿afortunadamente habría muerto instantáneamente en el campo de batalla o desgraciadamente estaría preso en algún terrible campo de concentración soviético?

Tres días de noviembre Ignatz, Esperanza y sus hijos pasaron en Lohne, con Agneta y Edwina, y dos en Zerhusen, con los tres únicos sobrinos carnales del afortunado teutón que había llegado a México para desempeñar las funciones prácticamente de padrote. El miércoles 1 de diciembre deberían abordar el tren en el pueblo de Vechta para iniciar el recorrido de un mes por el centro y sur de Alemania, para después, en la primera semana de enero de 1955, embarcarse de regreso a Nueva York y de ahí, por carretera, arribar a la frontera mexicana.

Aunque de manera discreta e hipócrita Ignatz y Esperanza se embriagaron levemente en Lohne y Zerhusen, de todas maneras los familiares y lugareños se dieron cuenta de que algo raro ocurría dentro de esa “familia mexicana” y el matrimonio binacional que la encabezaba. Por ello fue que a nadie sorprendió que la antevíspera de su partida a Vechta para recorrer Alemania, Toñito armara enfrente de todo mundo histórico berrinche hasta lograr que su madre autorizara que se quedara todo ese mes de diciembre en el rancho de los Clemens. Fue ésta la mayor de sus “puntadas” y la expresión desesperada de que ya no podía seguir viviendo al lado de su madre: sencillamente la aborrecía y la temía. Prefirió, a pesar de su timidez e inhibición, vivir entre extraños, que conocer un país al lado de Esperanza Videgaray y el gandul de Ignatz Krogman. Prefirió que su hermana, muy sentida e iracunda, lo llamara egoísta y traidor, que sufrir al lado de ella, con solidaridad fraternal y humana, el martirio que por seguro significaría ese viaje de un largo mes con el par de borrachos.

Naturalmente Esperanza les dio una buena cantidad de marcos a Ula y Joseph Clemens para cubrir debidamente el hospedaje y la alimentación de Toñito. A un cambio de tres marcos por un peso mexicano, y en momentos en que la economía germana iniciaba lentamente su recuperación a través de un mercado interno con precios muy bajos, este gasto adicional le salió a ella sumamente barato, pero para los Clemens significó un regalo del cielo. En consecuencia, Toñito se convirtió en el personaje consentido del rancho y rápidamente afamado en las inmediaciones de Zerhusen.

Esperanza, Ignatz, Ula, Clemens, Agneta y Edwina quedaron de reunirse en Bremen el 31 de diciembre para despedir el año y, obviamente, para que Toñito se reincorporara con su familia para el regreso a Nueva York.

Cuando en la estación de Vechta el niño vio que se alejaba el tren con su madre y el alemán a bordo, no cupo en sí de alegría, simplemente no lo podía creer. Claro está que un profundo remordimiento por haber abandonado a Pera lo corroía por adentro y no faltó la añoranza intempestiva a lo largo de todos y cada uno de los días que vivió sólo con desconocidos en Alemania.

El trato de tante (“tía”) Ula y uncle (“tío”) Joseph fue inmejorable. Ambos se encariñaron realmente con Toñito, y la mejor amiga del mexicano lo fue Matilda Clemens, también con ocho años de edad, pero diez centímetros más alta. En cinco días lo hizo entender el alemán y darse a entender perfectamente. Pero lo más picante, lo más emocionante, lo ultra secretísimo lo vivió con Joseph, Reinhardt y Rudolph, que contaban respectivamente con 15, 14 y 13 años de edad, es decir, andaban en la mera edad de la “punzada”. Toñito contempló asombrado cómo en el establo donde se encerraba a la yegua “Patsy”, los tres Krogman se escondían primero y luego se sacaban los penes, se los frotaban para arriba y para abajo y al último ponían caras de retrasados mentales cuando un líquido viscoso y maloliente brotaba con fuerza de la pequeña abertura de cada miembro viril que, hasta antes de la primera vez que vio la escena, Toñito pensaba que de ahí sólo salía “la pipí”.

Los calenturientos jovencitos “contrataron” a Toñito para que les echara “aguas” mientras se masturbaban. A cambio le daban tres “pfenning” (centavos) por piocha, o Joseph lo paseaba en la motocicleta Triumph de segunda mano que Clemens pagaba a plazos, o, lo mejor de todo, lo máximo, lo insuperable: se lo llevaban “de contrabando” al destartalado granero los jueves al atardecer, para espiar por un orificio a las sirvientas Frieda y Gerda cuando, después de sus labores, ahí se desnudaban por completo para lavarse todo, lo que se dice todo, desde los pelos café claro de sus coños y sobacos, pasando por sus nalgas curvas y bien llenas, hasta rematar con cada soberbio par de senos que nada le pedían a los que en la carpintería o en la peluquería de la calle de Mayorga mostraban las actrices o encueratrices de los distintos calendarios, carteles o clichés clavados en las paredes.

En Bremerhaven Ula se despidió con lágrimas en los ojos de Toñito, al igual que éste. Fue sólo un mes, pero la intensidad de la convivencia de “tía” y “sobrino” eliminó al magisterio del tiempo.

El S.S. America, buque gemelo del United States, recibió mayormente a alemanes que regresaban a Estados Unidos, tras disfrutar las pascuas navideñas en su tierra natal. Pero, igualmente, transportó a militares estadounidenses negros y blancos que ya habían terminado su servicio en el territorio ocupado. A la humillación original de la segregación racial en las filas castrenses, en este viaje trasatlántico de retorno se añadió otra más: muchos de los militares blancos y negros viajaban ya con esposas e hijos, nuevas familias desde luego también encuadradas dentro de un racismo contra el cual -¡oh paradoja!- supuestamente Washington había combatido en la Segunda Guerra Mundial.

Bajo un frío insoportable, Nueva York por segunda ocasión ofreció su personalidad cosmopolita a Esperanza, Ignatz y Pera, quienes realmente gozaron su estadía de setenta y dos horas, no así Toñito, quien prefirió quedarse todo el tiempo en la habitación del Hotel Taft, viendo cual enajenado las series de televisión del Llanero Solitario, Roy

Rogers, Cisco Kid, Gene Autrey, Hopalong Cassidy, Lassie y Rin-TinTin, y devorando, no comiendo, cuantos hot dogs y hamburguesas le ponían enfrente.

En diagonal al hotel situado en la esquina de la séptima avenida y la calle 50, había una cafetería a la que sólo una vez el niño entró y quedó invitado a no hacerlo nunca más. El humo de los cigarros que formaba densas nubes, la boruca de los gringos que alcanzaba quién sabe cuántos decibeles y el sonido de las cafeteras llenando al tope tazas y tazas de café a un ritmo sorprendente, lo dejaron mareado, noqueado. Afuera de ese lugar atestado de gente y ruidos mil, un viento helado paralizante le impedía respirar con normalidad y los ojos le ardían y lagrimeaban como nunca. Casi llorando rogó que mejor lo dejaran solo en el cuarto del hotel, pues no quería pasear ni conocer nada. Y así se hizo.

Por algún motivo, tal vez económico, Esperanza decidió regresar al territorio mexicano por la línea de autobuses Greyhound, en lugar de la comodidad del tren como había sido en noviembre, cuando rentó una suite dormitorio. El 13 de enero de 1955, fecha en que Toñito cumplía nueve años, el camión salió de Nueva York y veinticuatro horas después entraba a la estación de la línea en Saint Louis, Missouri, donde haría escala de una hora. El autobús venía casi vacío, pues además de ellos cuatro, en la última hilera de asientos viajaban dos soldados negros y hacia la mitad se localizaban dos o tres parejas de matrimonios blancos. Pera y Toñito eran los únicos niños a bordo y desde la salida de Nueva York hasta la llegada a Saint Louis, cambiaron no menos de seis veces de asiento.

En la cafetería de la estación, contiguo a la caja registradora, se ubicaba un pequeño puesto de revistas y comics. Los había de Archie y Torombolo, Tobi y La Pequeña Lulú, Batman, Superman, La Mujer Maravilla, entre otros. Cuando se voceó la continuación del viaje y se solicitó a los pasajeros abordar nuevamente el autobús, se formó una pequeña cola frente a la caja registradora y la cajera empezó a cobrar el consumo a los clientes. De pronto, con la mayor naturalidad, sereno, seguro de sí mismo, Toñito se enfiló hacia los comics ahí expuestos, tomó cuatro o cinco y salió caminando despacio rumbo al camión, sin pagarlos. Sólo se dieron cuenta Pera y la propia cajera, quien no daba crédito al aplomo y osadía del infante.

Ya dentro del transporte, Toñito se fue hacia el fondo y se sentó a un lado de los militares negros, mientras que Pera lo hizo junto a la ventanilla que estaba delante de los asientos de Esperanza e Ignatz, sin apartar la vista de la cajera, la que a su vez miraba para el camión a través de un gran ventanal e incomprensiblemente no dijo nada ni hizo intento alguno por recuperar lo robado en sus propias narices. Ningún nuevo viajero se incorporó y el chofer encendió el motor y cerró la puerta de acceso. Pera respiró aliviada, pero medio minuto después el motor se apagó, se abrió la puerta y entró un policía.

El uniformado se fue directamente hasta la última hilera de asientos. Pera y Toñito empalidecieron y sintieron que el alma se les iba al suelo, sobre todo cuando tomó de la mano a Toñito y le preguntó: “Where are your parents?” (¿Dónde están tus padres?). Casi orinándose de los nervios, el pequeño raterillo señaló hacia donde su madre y el alemán estaban. Con ellos lo llevó el policía y les advirtió a ambos que la última hilera de asientos estaba sólo asignada para la gente de color y que si no respetaban el reglamento debían abandonar el autobús.

-¿Ya oíste pinche pendejo cabezón?, ¿quieres que nos bajen por tus pendejadas?, si quieres una negra o una india espérate a que lleguemos a Tenochtitlán, allí hay muchas, o muchos si eres puto, pero ya deja de estar chingando. Tras insultar a gritos a su hijo, Esperanza dio mil seguridades al policía gringo de que no habría ningún problema en el futuro, por lo que éste abandonó el vehículo y continuó el trayecto.

Y los soldados negros, nada.

Y Pera y Toñito, felices, disfrutando sus comics en inglés.

Tacaña como era su costumbre, o mejor dicho como eran los Videgaray Salas, Esperanza nada les compró ni regaló a Pera y Toñito en Alemania y Nueva York, pero sí les estuvo cantando el costo del viaje hasta que se cansó, cuando en realidad fue una especie de regalo de bodas para su ex amante, elevado a esposo.

 

Con los comics que se robó en Saint Louis, cuando en febrero Toñito ingresó a segundo de primaria en el Tepeyac, “demostró” a sus cuates que había viajado a Estados Unidos y muchos de ellos le creyeron que también a Alemania, aunque todos se preguntaban por qué sus papás no le habían comprado una chamarra o un suéter o algo, como se estila hacer en cualquier periplo. Dueño del escenario que ya dominaba por completo en el colegio, Toñito les cambiaba pronto el tema de conversación y empezaba a presumirles las aventuras vividas en Nueva York y en Alemania. Unas verdaderas y otras falsas, como la de que con su papá (el mismísimo y bien sepultado Antonio Ruiloba González Misa) había subido y bajado los 1,576 escalones de los 86 pisos del edificio más alto del mundo entero: el Empire State.

El primer fin de semana que volvió a salir con sus tíos Carlos y Lupe, les quiso vender el mismo boleto, sólo que, obviamente, se vio precisado de cambiar a su padre muerto, por Pera. Para su desgracia, su hermana, días antes y por teléfono le había platicado a su tita sobre los berrinches neoyorquinos de Toñito, y la doble tontería de no querer conocer Nueva York, encerrándose en el hotel tanto a la ida en noviembre de 54, como al regreso en enero de 55. Tremenda regañada se llevó el niño de la beata Lupe Ruiloba por decir mentiras. Hasta la pobre Pera pagó las consecuencias: se tuvo que soplar un sermón de la madrina, de más de una hora, sobre los pecados veniales, como, según ella, era decir mentiras aparentemente leves o inocentes. Tanto le caló a Toñito, que catorce meses después fue el “pecado” inaugural que confesó la víspera de la ceremonia de su primera comunión junto con otros cuarenta alumnos del Colegio del Tepeyac, en la Iglesia del Buen Tono, construcción donde el famoso ingeniero Miguel Angel de Quevedo supo combinar los estilos neobarroco y neorrománico.

La primera comunión de Toñito, habida el lunes de 19 de marzo de 1956, día de San José, estuvo a punto de acabar en otro grave conflicto entre Esperanza y Carlos y Lupe, pero al final no pasó a mayores y cada fin de semana se siguieron viendo normalmente los tíos y sus sobrinos. Ese sacramento católico lo recibió el niño cuando ya contaba con diez años de edad y cursaba el tercero de primaria, es decir, al menos llevaba dos años de retraso. Y ello se debió a que Esperanza se negó a pagar desde 1954 y durante todo 1955 el equipo necesario para la ceremonia: traje nuevo de gala, camisola nueva, calcetines negros, zapatos negros de charol, misal con forros de tela pintados a mano, vela decorada y aromatizada, moño bordado para el brazo y rosario con cuentas de cristal engarzadas con hilo de oro. La madre aducía que si los tíos habían sido los padrinos de bautizo y confirmación de Toñito, deberían ahora ser los de su primera comunión y asumir todos los gastos derivados de ello. Y los tíos replicaban que el gasto correspondía a la madre, pues el padrinazgo era sólo espiritual.

El matrimonio sufría ya la culpabilidad de que Toñito “no comiera el cuerpo ni bebiera la sangre de Cristo”, pero a la vez se resistía a sufragar gastos que la madre mañosamente les quería trasladar: el traje de gala del colegio lo usaba desde 1953 en que ingresó, estaba ya bien lustroso de las asentaderas y los pantalones le quedaban de “brincacharcos”. Sólo tenía un par de zapatos, los de “a diario”, de cuero, y la camisola blanca para el traje estaba percudida.

Una vez más, por petición de Carlos y Lupe, el padre Franco y el Chino Joe intervinieron y salvaron la situación. Ambos recurrieron a la abuela Esperanza Salas para que ella fuera la madrina, cosa que después de mil ruegos y argumentos religiosos que impactaron su hipócrita mochería, a regañadientes se vio obligada a aceptar, pues sólo ella recordó que había otro gasto que a todo mundo se le había pasado por alto: el desayuno.

A la ceremonia desde luego no fueron invitados los Tello Ruiloba y la abuela exigió, invocando lo que tendría que pagar, que al desayuno en el Sanborn’s de Los Azulejos sólo asistieran ella y Toñito, por lo que su yerno, su hija y su nieta se quedaron esperándolos en Hamburgo 126. Nada tonto, desde inicios de marzo el próximo comulgante preparó el terreno en la escuela: sólo iba a ir su abuelita, pues sus papás tenían que cuidar en la casa a su hermanita, que estaba muy grave con hepatitis.

Los tíos gozaron como nadie, sin presenciarla, la primera comunión de Toñito. No sólo se sacudieron una pesada culpa moral, sino que se ahorraron cientos de pesos que, por primera vez en su vida, la multimillonaria abuela se dignó invertir en su nieto. El viernes 23 de marzo, Pera le sacó el permiso a su mamá para que desde ese día, por la noche, sus tíos los pudieran recoger en Montañas Rocallosas. A la emoción de salir la víspera de lo acostumbrado con sus titos y además de noche, se añadió una sorpresa: se fueron a un autocinema. Al día siguiente tíos y sobrinos estaban puntuales a las ocho de la mañana en la misa de acción de gracias en el templo de San Francisco, porque Toñito había finalmente podido hacer su primera comunión. Pero como esa iglesia colonial se asentaba en la Avenida Francisco Madero, fue la excusa para que luego se fueran a desayunar al Lady Baltimore, que estaba a unos pasos. Ahí la tía Lupe de plano se engulló casi media docena de croissants acompañados de dos tazas de té con leche, no sin antes pontificar que ese restaurant “sí es para la gente decente, porque el de enfrente, el Sanborn’s de Los Azulejos, ya se acorrientó, ya entran muchos pelados”.

A Toñito se le cocían las habas por saber cuál iba a ser su regalo por haber ingresado ya a la legión de los comulgantes. Y no tuvo que esperar mucho tiempo para ello. Al paso cansino de los padrinos, llegaron hacia el medio día, tras revisar aparador tras aparador de cada tienda con artículos de todo tipo, a la exclusiva joyería La Esmeralda. Tras requerirle al paciente empleado que les tocó en suerte les mostrara seis, siete y hasta ocho modelos distintos, como era de esperarse la tía optó por escoger (a su gusto, claro está) el más económico: un relojito marca “Zelico”, de esos de batalla, aguantadores, con su correa de cuero café. De todas formas el festejado quedó complacido, pues tuvo la anuencia de llevárselo a Montañas Rocallosas y usarlo siempre donde quisiera.

Fue un inolvidable fin de semana.

Entre las normas de vida que los padrinos Carlos y Lupe enseñaban tautológicamente a los hijos de Antonio Ruiloba González Misa y Esperanza Videgaray Salas, existía una con la que nunca estuvo de acuerdo Toñito: “la felicidad consiste en desear sólo lo que se puede tener”. A diferencia de la inmensa mayoría de los niños del Colegio del Tepeyac y del Colegio Americano, por no decir que de la totalidad, ni Pera ni él recibían diariamente alguna cantidad para comprarse golosinas en la escuela, o semanalmente su “domingo”. Como la madre ni los tíos le soltaban un peso, una por tacaña y los otros porque no querían propiciar que “se echara a perder”, Toñito recurrió a la observación y a la osadía. Cayó en cuenta de que casi todas las mañanas Esperanza y el alemán amanecían bien crudos, pues casi todas las noches se emborrachaban. Pero, lo más importante, era que despertaban mucho tiempo después de que él ya se había ido a la escuela.

Así que un buen día decidió iniciar la aventura de su liberación económica. Muy temprano, inclusive antes de que Pera se levantara al baño, el niño se acercó a la entrada de la recámara de su madre y ahí permaneció los minutos necesarios para asegurarse que el par de viciosos estaban bien dormidos (por alguna razón jamás la puerta era cerrada, así estuvieran en pleno coito).

De puntillas, sin zapatos, el niño se metió en la recámara que guardaba un olor nauseabundo, atravesó con todo cuidado frente a la piesera de la cama matrimonial hasta llegar al lado derecho, que era el de Esperanza, justo ante la ventana que miraba hacia el ducto blanco de la chimenea. Las cortinas oscurecían la habitación. No se veía nada. Pero el ladronzuelo conocía perfectamente el terreno por las mil veces que allí había entrado, hasta ese lado derecho, como aquella en que entre Krogman (muerto de risa), Pera (avergonzada) y él (indiferente) jalaron del cinturón y lograron detener a Nacho Calero Topete, quien bien borracho ya había alzado la colcha, la cobija y la sábana e iba a meterse a la cama para cogerse a su ex cuñada, la que desnuda, medio alcoholizada e igualmente presa de un ataque de risa por la “puntada” del ex esposo de Ana Videgaray, simulaba rechazarlo con ambas manos y alegre le decía: ¡ya Nacho, no mames, ya ni se te para!

Toñito sabía que, ebria o sobria, su madre invariablemente dejaba su bolsa pegada al lado derecho de la cama, que era “su” lado. Anduvo tentaleando por aquí y por allá hasta que logró dar con ella, la cual siempre tenía el cierre abierto. Introdujo su mano derecha y pronto dio con la cartera gorda, pletórica de billetes. Su buen juicio le aconsejó sólo sacar uno y emparejar y empujar hacia abajo el resto, para que no se notara nada. De su suerte dependería (por la absoluta oscuridad) que no hubiera tomado alguno que por su alta denominación levantara inmediatamente sospechas en la escuela y le acarreara problemas.

 

El billete no levantó sospechas, pero sí le acarreó problemas.

Ignatz Krogman despertó al oír que una duela del piso de madera rechinaba. Con la mano derecha buscó a su esposa y la tocó, por lo que de inmediato de su buró tomó su Luger y disparó hacia donde escuchó el sonido. Se oyeron varios gritos y por todos lados. Esperanza prendió la luz y vio a su hijo inmóvil en un incontenible chorro de sangre. En una décima de segundo se fue sobre el arma que empuñaba el alemán. Y ambos, o ebrios todavía, o estupidizados, o sorprendidos, forcejearon no más de medio minuto, hasta que se escuchó un nuevo disparo. Krogman se desplomó hacia adelante. La mujer, gritando como nunca, “¡¿qué hago?!, ¡¿qué hago?!, ¡¿qué hago?!, ¡¿qué hago?!”, tomó el arma que había quedado entre las piernas del teutón, se metió el cañón en la boca y jaló el gatillo.

Mientras descendía el elevador que Carlos Tello, poco antes de morir de un infarto al miocardio en 1957, mandó instalar en Atlanta 188 a fin de facilitar el traslado de la planta baja al segundo piso, y viceversa, para su sobrino, nuevamente el vozarrón de Geonila se escuchó por toda la casa:

-¡Ora se espera, joven Antonio! ¡Los huevos se enfriaron, Delfina le está cocinando otros!

Y a Antonio, condenado a una silla de ruedas, la verdad es que no le interesaban los huevos fríos o calientes, tibios o como fueran. A Antonio no le interesaba ya nada. Lo que podía tener (¿respirar?, ¿dormir?, ¿despertar?) no le causaba felicidad desearlo. Y lo que no podía tener (sensibilidad de la cintura hacia abajo, libertad, placer, salud) más lo deseaba y más se torturaba. Sufría, no gozaba sus quince años de edad. Maldecía por eso la belleza y cercanía de Geonila. Ansiaba y odiaba que se ocupara de él.

Todo se había acabado. Los estudios. Los amigos. Todo. Hasta la relación con Pera. La tía Lupe había resultado pitonisa. En diciembre de 1959, en Acapulco, Pera conoció al diseñador Peter Livorek, oriundo y residente del puerto de Perth, en Australia, literalmente al otro lado del mundo, es decir, hasta el quinto infierno. En marzo de 1960 se casó con él en la iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, en las Lomas de Chapultepec, y la recepción fue en Atlanta 188. Ningún Videgaray asistió. Y es que ninguno fue invitado.

Antonio siempre se quedó con la duda sobre si el australiano conocía el drama ocurrido en Montañas Rocallosas y la historia precedente, y por su mentalidad de extranjero se le resbalaba, como la tía Lupe siempre lo había establecido como única salida para Pera, y por eso ésta pudo casarse; o si Pera se lo ocultó, pues ninguna otra cosa le importaba ya en la vida que largarse lo más lejos de México y huir para siempre de su pasado. Lo cierto era que nunca regresó al país ni cruzó correspondencia, salvo una sola vez con su hermano.

Y cierto era también que diario, una vez y otra vez y otra vez y una más, y otra nueva, Antonio, aquel Toñito que nació sin suerte para obtener lo que no tenía y por ello deseaba, leía a solas en su cuarto, ya sin lágrimas que llorar, la maldita, seca, inhumana, irremediable sentencia médica:

“El traumatismo de la médula espinal puede ser causado por lesiones a la columna por heridas de bala y otras causas. Los resultados comunes son la parálisis y la pérdida de sensibilidad de una parte del cuerpo, pérdida del funcionamiento sexual, pérdida del control intestinal, pérdida del control de la vejiga, pérdida de………………………….”

Las horas huecas – Capítulo 9

Las horas huecas – Capítulo 8

Las horas huecas – Capítulo 7

Las horas huecas – Capítulo 6

Las horas huecas – Capítulo 5

Las horas huecas – Capítulo 4

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Las horas huecas – Capítulo 2

Las horas huecas – Capítulo uno

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Jose de Villa
José de Villa nace en México, D.F. en 1946. Después de estudiar periodismo en la UNAM, trabaja en distintos periódicos como reportero, articulista, editorialista y jefe de información y redacción, e incursiona como director de Comunicación social en distintas dependencias oficiales. Junto con el Dr. Jürgen Neubauer, es coautor del libro Máximo Líder, publicado en Alemania, Holanda, República Checa y Eslovenia. En 2010 escribe su primera novela: Las horas huecas.

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