La sana necesidad del pulso político

Decía Gustavo Bueno –pensador español– que para hacer filosofía, el sujeto que la producía, debía decantarse por una opción. Debía, al fin y al cabo, posicionarse. Interpreto, pues, que quedarse a medio camino, además de cobardía, denotaría una carencia de sistema y de crítica hacia los desacuerdos intelectuales que se deberían tener por el mero hecho de serlo. La confrontación es el motor del pensamiento.

Al trasladar la mirada al mundo animal no humano, se observa como la confrontación ocupa un papel trascendental en sus derivas vitales. Recordemos que confrontar no es otra cosa sino el careo entre dos posiciones, o varias, que nos dibuja esa imagen de dos alces machos pegándose cabezazos por el derecho a aparearse con la hembra. En el mundo político, los cabezazos no solo existen, sino que deben existir. De hecho, si esta no fuera una de las esencias de la disciplina, ella misma dejaría de ser tal. Un mundo gobernado por tecnócratas será el posible mundo al que llegaremos si la democracia fracasa y los neo y ecosocialismos no terminan de auto-cincelarse para atraer las voluntades de las mayorías.

Una vez planteado, por un lado, un escenario pluriideológico, y por otro, un posicionamiento obligado para formar parte de ese mismo escenario,  se establecen estos como responsables y gestores de la actividad política mundial. Esto conlleva no solo admitir un error de fondo en cualquier intento por abanderarse con la verdad absoluta, sino comprender que los pulsos se dan en la cotidianidad más mundana. No se trata de ser permisivos con las ideas diferentes a las nuestras, sino de aprender de los supuestos enemigos. La competencia política, al igual que la empresarial, debe ser la guía de nuestros pasos, no la excusa para ignorarlos.

Los países, en sí mismos, son extremadamente ricos en pensamiento como para abrir sus fronteras al imperialismo. Si uno se deja aconsejarse por otro, y además lo obedece, nos adentraríamos en la inutilidad democrática de ese estado. Argumentaba José Martí, hace ya un siglo, que la respuesta a los problemas de casa deben surgir dentro de la casa. Añado yo que, además, dentro de la casa es donde debe producirse la confrontación que nos lleve al camino que el propio pueblo quiera recorrer. Sea el que sea, sea un error o no, al menos se podrá afirmar en el futuro, que en ese país, llámese Grecia, llámese España, hubo democracia. El resto seguirán siendo coletazos de un antiguo imperialismo y un teatro frío cuyas columnas cojean desde hace más de 20 años. El maquillaje se evapora pero las consecuencias se perpetúan. Da igual quien gane el pulso, lo importante es cómo se gane.

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