La parábola de los ciegos

Basándose en esta cita bíblica, este cuadro de Pieter Bruegel de 1568, en el que seis ciegos caminan unos delante de los otros, con un guía, también ciego, que los precede y cae en un agujero. Los otros parecen ir detrás. El artista quiso dar una interpretación moral a las conductas de los que no quieren ver: Que cada cual reconozca su ceguera y, desde luego, es muy importante no seguir la de los demás.

Metáfora perfecta de la situación actual, el presumible estado de cosas en que ha vuelto a quedar el escenario político e institucional catalán, deja a las claras que, pasado el fervor de la noche electoral, la situación persiste en una trabazón que obligará a las partes a evitar otra vía de radicalización. Todos los ciegos que han participado ayer deberían entender que nadie ha ganado. Aunque el gran perdedor de la jornada haya sido el señor M. Rajoy. Su gestión una vez más, ha sido nefasta. Esta es una conclusión compartida por todas las personas medianamente lúcidas de este país llamado España. A partir de allí, la metáfora utilizada en este análisis permite evidenciar que, si se desea resolver la situación o, al menos iniciar un camino en tal sentido, se impone que cada parte deje de lado la mezquindad cortoplacista de los callejones sin salida, y se afronten las vías de la negociación para encontrar los nuevos encajes de una España del Siglo XXI. De nada sirve que los ciegos pretendan ignorar las incertidumbres que se han creado luego del 21D.

Ya no es tiempo de arrogancias ni de entusiasmos militaristas. Ni de retornos de ex presidentes con ansias de revancha. Tampoco de incentivar la aplicación de legalidades que se han mostrado no sólo ineficaces, sino que simplemente han servido para profundizar el odio entre los ciudadanos. Este conflicto no se resuelve con el exterminio y sometimiento del rival. Método tan querido por las cavernas del neofranquismo instaladas en los resquicios del poder. Es la hora de gobernar. Cualquier deserción de esa función será el arrastrarnos al hoyo histórico de una confrontación de inciertos resultados. Releamos la cita bíblica.

Los auspiciantes de la tésis de que esta situación beneficia al señor M. Rajoy en el nivel nacional, mucho me temo no contemplan los riesgos que esta dialéctica trae aparejada. El endurecimiento en la aplicación de la línea represiva, probablemente pueda ocasionar una creciente respuesta indeseable en forma de movimientos de reacción ciudadana. No sólo en Cataluña. Recordar que la corrupción se está imponiendo en todo el territorio. También, que las manipulaciones que se están apreciando en los órganos de la justicia son escandalosas. El límite en la paciencia de los españoles puede quebrarse frente a un comportamiento que ya se exhibe con descarada impunidad, aunque ella se maquille de aquella legalidad que nos ha traído hasta aquí. La legitimidad se está viendo en cuestión.

Es menester entender que todas las fuerzas políticas deberían recuperar la visión, dentro de la metáfora de Brueguel, de manera de afrontar tiempos que no dejarán espacios para entusiasmos competitivos ni para ajustes de cuentas impropios. Los acuciantes problemas que soportan las personas de este país exigen ser afrontados de una vez con la seriedad que merecen. Asímismo, las instituciones deberían dejar de ser cómplices de las tramas institucionalizadas de latrocinio y corrupción, tanto en sus formas, cuanto en su fondo. España no está para bromas. Tampoco para que se persista en este deterioro creciente y, mucho menos, para seguir aplicando una violencia desde el Estado como método, que tan sólo deja al descubierto su debilidad.

Recuperemos la honestidad y el recato. Arrinconemos a la soberbia procrastinadora. Apoyemos a los que deseen un país mejor y más justo.

Es el camino que nos salvará del abismo.

Rajoy y la responsabilidad en la política

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