¡Españoles, Franco ha vuelto!
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“Ningún hombre es demasiado bueno para gobernar a otro sin su consentimiento.” 

Abraham Lincoln

Erase un país que se autodenominaba democracia. Pero era un sistema imposible. Un oximorón. Como, en su tiempo, lo fue la República Democrática de Alemania. Parecía blindado por los oligopolios que habían crecido a su amparo, la religión dominante que le ofrecía la legitimación divina, y el ejército para disuadir a los reacios a comprender las reglas del juego. Todos mantenían el modelo, todos dirigidos por la monarquía. Se mantenía una capa de opacidad sobre el modelo. La opinión Pública creía estar en democracia.

Estos jugadores se autoprotegían unos a otros. También implantaban un método de autorepresentación endogámico, enriquecido de tanto en tanto por algunos nuevos integrantes que “habían comprendido” el modelo. Regeneración restringida. Sin embargo, pese a esas garantías, nada hubiese podido legitimar al modelo sin contar con una legalidad a medida. Esta se derivaba de un sistema básicamente bipartidista que resultaba tranquilizador a los jugadores.

Esa legalidad se fue construyendo a lo largo de los años, con el único fin de preservar los privilegios de los jugadores. De hecho, el Poder Legislativo se empeñó en la tarea de aportar las normas que así hiciesen posible la consolidación del sistema. Los compromisos electorales eran lo de menos. El bipartidismo era perfecto.

En los momentos críticos siempre se apelaba a la “razón de Estado”, otro eufemismo necesario. El país pudo canalizar las tensiones propias de las crisis de recursos, alimenticios, energéticos y financieros, que se produjeron a lo largo de las décadas ochenta, noventa y primeros diez años del presente siglo. Hacían recaer la carga sobre los sectores más vulnerables, con el aval de una resignación que la religión dominante impartía.

El modelo se apoyaba también en el control de la Opinión Publicada. Herramienta básica para canalizar el descontento, y redirigir la energía, que las frustraciones derivadas de la propia injusticia del modelo producían. La gestión de la culpa siempre dio frutos a los sistemas autoritarios.

En ese Estado su Banco Central condenaba la subida de las pensiones y SMI y defendía la injusta reforma laboral, tanto como las privatizaciones y los negocios de los fondos buitre. Según todas las apariencias, parecía ser un brazo ejecutor de la patronal empresaria y los oligopolios. Así, su fin quedó desvirtuado por los escándalos financieros de estos últimos 20 años. La legalidad vigente hizo posible que los jugadores siguiesen controlando al país con el respaldo del Poder Judicial. La capacidad disuasoria de las Fuerzas Armadas también estaba omnipresente.

Este país disfrutaba en realidad de una merecida neodemocracia. Se lo merecía aún dentro de una degradación de las condiciones de vida de sus ciudadanos. Todo parecía bajo control.

Me recordaba de aquél país, a medida que leía que en un auto del Tribunal Supremo, que paraliza la exhumación del dictador del Valle de los Caídos, prevista para la segunda semana de junio de 2019, se recoge que Francisco Franco fue «jefe del Estado» desde el 1 de octubre de 1936. Pasa por alto este tribunal, sin embargo, que en aquella fecha sólo habían pasado dos meses desde el golpe militar del 18 de julio y quedaban por delante más de dos años de Guerra Civil. Es decir, que parecen haber convalidado otro golpe de Estado.

Si los ciudadanos no descubren en qué sistema viven… es que lo merecen. No creen?

El coste de oportunidad

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