El presente es un adelanto de la investigación en desarrollo, desde la Escuela Correntina de Pensamiento coordinada por Francisco Tomás González Cabañas.

La concepción, teórica cómo práctica, que deviene de la historicidad del poder judicial, habla a las claras de su condición extraña, ajena, y de allí su ilegitimidad de origen con respecto al corpus democrático.

Caracterizada hasta el hartazgo como la mujer con los ojos vendados, sosteniendo la balanza, con una supuesta pretensión de equilibrio, la justicia nos debe, una explicación acerca de su origen, y de allí el hallazgo, de su condición de bastarda.

No fue concebida la misma, por el maridaje entre valores democráticos y prioridades populares. En todo caso, fue producto de una cópula violenta para sostener imperios y reinos, para sentenciar luego, siempre luego, el ejercicio explícito del poder.

“Cuando una persona le hace daño a otra, la empuja dentro de un laberinto. A partir de ese momento, las murallas encierran a la víctima. Pero en el laberinto no está sola. El culpable del hecho también está adentro. A partir de ese momento la víctima y el culpable quedan unidos. Víctima y culpable comienzan a caminar los pasillos angostos, y quizá perpetuos, de un laberinto compartido” (Sivak, A. “El laberinto y el perdón.”)

La autora narrará, qué precisamos (además del hilo de Ariadna) para salir del laberinto del dolor y es aquí en donde soslayar el accionar de la justicia, pasa, o nosotros lo hacemos pasar de lo individual (es decir del perdón que le podemos otorgar individualmente al que nos dañó y la necesidad social que tal castigo o punición representa para un colectivo, a modo de que crea o construya ejemplaridad) a la institucionalidad toda en donde orbita la necesaria saciedad de justicia, que esté fijada, en la ataraxia de lo normativo, de la ley y no en el capricho de quién la pueda poner en práctica, imponiendo o supeditando sus juicios individuales (por más que sea considerado juez) por sobre lo que el común establece o entiende como sentido común (valga la redundancia) o consensuado.

Al referirnos al gran otro, lo hacemos para referenciar la definición psicoanalítica que propone: “El gran otro designa la alteridad radical, la otredad que trasciende la otredad ilusoria de lo imaginario: no puede asimilarse a través de la identificación. Lacan equipara esta alteridad con el lenguaje y la Ley; por ende, el gran Otro está inscrito en el orden simbólico” (Ref: http://www.psiconotas.com/el-gran-otro-830.html).

Debiéramos reformular, más allá de los géneros, tal como magistralmente objetaron Butler y Preciado, que el gran otro, en nuestra actualidad es la gran otra. El peso de la intensidad militante, de siglos de desigualdad, nos imponen en el presente, que valga en el impacto del aquí y ahora, la vulva por sobre el falo, cómo si fuesen órganos excluyente y no tuviesen por detrás una composición molecular que excede sus conformaciones, que pueden, además ser modificadas técnica como farmacológicamente, por todos y cada uno de sus portadores (y portadoras).

La ley estipula y es estipulada a su vez en un conjunto de procedimientos, que bien podrían traducirse como la metáfora de un laberinto, símil al cretense, en donde los victimarios son conducidos a tal lugar para ser victimizados y en el caso de que los procedimientos, mecanismos o fallos, fallen para tal cometido (es decir para hacer justicia institucional, sometiendo al victimario) que todos los observadores o ciudadanos parte, lo único que reclamen es la sed de justicia (maridada de venganza y ejemplaridad) para que todo el transgreda la ley, tenga como destino único el laberinto, y sí en tal transgresión, lastimó, daño o mató, debe ser cruelmente vejada por el minotauro (por otra parte no existe casi otra posibilidad una vez dentro del laberinto).

La justicia entendida en estos términos no está concebida para resarcir, como prioridad a las víctimas, sólo en una instancia muy aleatoria como secundaria. La justicia entendida como este gran otro u otra (aquí pasamos de la lectura psicoanalítica a la política) se construye para saciar la necesidad del poder político que legitima quiénes son los que escriben la ley, quiénes los que la ejecutan, y finalmente los que deben cumplirla, a riesgo de no hacerlo o hacerlo del modo que no es de agrado de ese gran otro político de meterlo, dentro del laberinto de la institucionalidad. Para ser ajusticiado, pero no para emitir o dictaminar justicia, por más que le corresponda o no en cada caso.

El gran otro político constituyó el laberinto punitivo de la justicia para legitimar a todos y cada uno de los integrantes del poder que lo único que no pretende es que se le arrebate el cetro desde donde disponen que las cosas sigan siendo tal como las dicen, es decir el maridaje entre lenguaje y ley del que hablaba en términos simbólicos, Lacan.

Por esto mismo, dado que el sistema no es objetado en el fondo, en su substrato molecular, adopta el nuevo lenguaje. Se convierte en gran otra e incluso se puede reescribir el mito. El minotauro pasará a ser las Erinias, del foco de Edipo a Antígona, de Calibán a la Bruja, de Jean Paul a Simone, de Martín a Hanna y así, binariamente hasta el absurdo que se nos hizo cotidiano.

No está en juego la verdad, ni individual o justiciable, o la verdad en cuanto tal dado que hacemos propia la siguiente definición de la situación de la misma: “La idea de una verdad definitiva y completa y en este sentido absoluta, no tiene sentido. Sería una verdad desde la perspectiva de Dios, de un tipo de verdad diferente de la que conocemos, distinta de la verdad cuyo concepto está ligado a una iterabilidad abierta a signos y una pluralidad de hablantes-una comunidad comunicativa infinita, no una ideal-y, en consecuencia, a una disputa inacabable por la verdad” (Wellmer, A. “Líneas de fuga de la modernidad”. Pág 383. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2013).

Finalmente el Teseo, que sí bien para nuestro ejemplo aún no ha logrado salir del laberinto, pero viene constituyendo una actuación de lo justo, desde una posición axiomática y casi de improvisación, es la concreción de espacios (sobre todo virtuales o digitales) en donde desde la primigenia figura del escrache (de reminiscencia nazi) hacia un victimario que la justicia institucionalizada, no penalizó o no procesó, hasta lo que empieza a emerger como una búsqueda, que en los márgenes de ese poder, que posibilite libertad, todos los que pretendan justicia, tengan la posibilidad, antes o mucho más allá de señalar, de vindicar y caracterizar (para luego agredir) al victimario, otorgarle la posibilidad de volver a ser humano, perdonándolo.

Sí bien no es sencillo, ni expresarlo en palabras, lo cierto es que, construir otro laberinto, saliendo por arriba (a decir de Marechal) dado que el laberinto (cretense como Kafkiano) de los procedimientos institucionales que nos tendrían que dar justicia, no están para ello (son el gran otro, u otra del poder), tiene como paso necesario e indispensable el hacer público los casos que consideramos injustos y no tamizados por esa justicia formal. El segundo paso, es que el hacer público de todas esas situaciones, no nos lleve a una instancia de mero escrache, de agresión sesgada, de venganza consumada sino que el poner en evidencia la necesidad de justicia, planteé lo conceptual, que además de la redención, en nuestra calidad de víctimas podamos ser capaces de otorgar el perdón, entendiendo a ese otro, no como un gran otro del poder, sino como otro-mismo, que hace a nuestra constitución humana.

“Escribir es pactar con el diablo. ¿No es el orden quien habla siempre a través de todas las frases que nuestra sedicente autonomía de voluntad nos dicta? ¿No decimos siempre lo que hay que decir, lo único que, en último término, podemos decir? ¿Hablar no es acaso confirmar siempre lo que hay?…La lucha contra la palabra ha sido, hasta hoy, uno de los oficios más constantes de todo totalitarismo. A decir de Gilles Deleuze ¿Cómo puede escribirse sobre algo que no sea lo que no se sabe, o lo que se sabe mal?…Desde el plano de la moral, escribir siempre es pecado; pecado frente a las inexcusables tareas del presente, las urgentes denuncias que deben hacerse, los amenazados ideales…Escribir es negarse a, es una regresión, la literatura es la infancia finalmente recuperada, como dice Bataille”. (Savater, F. “Apología del sofista”. Pág 44-128. Editorial Taurus. Buenos Aires. 1973).

Nada mejor que escribirlo, para retornar, a esa instancia de no daño, de no suceso, pese a la imposibilidad real de tal cruzamiento en el tiempo. Pero la historia, no es lineal tal como lo pensamos o nos las hace pensar la historicidad occidental de la que somos parte (como víctimas y victimarios)

“La historia (al menos lo que Heidegger y posteriormente Derrida, han llamado la historia de la metafísica occidental) no sería más que el espacio mítico en donde las sucesivas articulaciones de dos voces, la voz dominante y oficial de la divinidad, simbolizada en boca de los profetas y la voz subversiva y excéntrica de los muertos, simbolizada en el vientre de la pitonisa no dejan de definir y redefinir lo humano” (Prósperi, G.O “El profeta y el ventrílocuo).

La última ratio de nuestras democracias occidentales, no están a resguardo en el poder judicial, en todo caso, el poder judicial es la principal razón por las que aún, países con niveles escandalosos de pobreza y marginalidad, se mantienen en una legalidad-legitimidad-democrática, este principio, de injusticia, neta y abyecta, es la criminalidad más grande, que en nombre de la democracia, tres poderes del estado, con la principal responsabilidad del judicial, le perpetran a diario y en lo cotidiano al ciudadano, con la perversidad de hacerle creer que debe direccionar sus protestas al legislativo y ejecutivo, porque son los que supuestamente elige con su voto, cuando en verdad es al revés; al primer lugar que debe peticionar un ciudadano al que su sistema de gobierno lo subyuga a niveles pauperizados de civilidad e inequidad, es al poder judicial y de acuerdo a lo que este dictamine, actuar en consecuencia.

Sí un conjunto de ciudadanos, en un grado significativo, le solicita al ámbito del poder judicial que corresponda, valiéndose de argumentos y pruebas (que abundan y sobreabundan, con respecto a todo lo que no cumple lo democrático en cuanto a lo que promete en palabra y norma) que declare, invalido, nulo de nulidad absoluta o ilegitimo, una asamblea de representantes, un parlamento, un congreso, sea por la corrupción manifiesta, obvia y probada de sus integrantes, por el incumplimiento de sus promesas electorales, por el arribo a tales lugares de representación por valores reprochables y antidemocráticos como el nepotismo, el amiguismo o la constitución de una cofradía o una asociación facciosa, rayano con lo ilícito, será el principal poder de los estados occidentales actuales los que tendrán que brindar una respuesta.

El contenido de la misma, será lo de menos. Habilitar la vía, conducir los reproches, las manifestaciones, las protestas y los desacuerdos ciudadanos, al ámbito en donde se determina la validez o la invalidez de los actos republicanos, será el gran paso, el paso necesario. De lo contrario, y tal como está ocurriendo en algunos lugares, sobre todo de Latinoamérica, el supuesto avance, desde la lógica intra-poderes, del poder judicial, sobre otros poderes, como para sanearlos, en una suerte de gatopardismo (de que todo cambie para que nada cambie) no conducirá a nada que determine una real y necesaria mejora en la institucionalidad política.

Sí nosotros, en cualquier aldea que se precie de republicana, pretendemos, realizar una modificación nodal, de raíz, sustancial al sistema político imperante, pretendiéndolo o ejecutándolo, por la vía de los poderes ejecutivos o legislativos, no lograremos más que fracasos, con diferentes gradaciones en cuanto a lo rotundo, intenso y colorido de los mismos (en el último lustro podemos acopiar en cantidades industriales desde las más comunes hasta las más exóticas experiencias que culminaron en el mismo muladar de la imposibilidad del cambio y con ello la resignación y la desesperanza en distintas partes del globo), ahora, sí nos aventuramos a transigir el sendero de exigirle las respuestas institucionales, al principal poder que sostiene los dos restantes, que en esa estratagema de la política se nos presentaban (escolar y académicamente se nos presentan así) como en un mismo nivel y en una misma línea, cuando en cambio, tanto el legislativo como el ejecutivo, son en verdad apéndices del poder real que está asentado y acendrado en un poder judicial, que no casualmente se nos muestra, ante la sociedad civil, como oculto, inaccesible o solamente necesario ante el conflicto, la realidad será, necesaria y formalmente diferente.

Las protestas ciudadanas, o la visibilidad de estos como el nuevo actor político del “drama democrático”, debieran estar orientadas en reclamar no tanto en aforos, espacios o plazas públicas, mucho menos en instituciones vinculadas a los poderes ejecutivos o legislativos, sino en los sitios en donde reposa el verdadero poder, performativo como constitutivo, el poder judicial.

Thomas Hobbes dedica su obra “El leviatán” a “mi muy honorable amigo Mr. Francis Godolphin de Godolphin” hermano de quién dirá al finalizar el libro: “Yo he visto darse juntas la claridad del juicio y la exuberancia de la fantasía; la fortaleza de la razón y la elocuencia grácil; el valor en la guerra y el miedo a la ley. Y todas estas virtudes reunidas en grado eminente en un solo individuo. Tal fue mi más noble y honorable amigo Mr, Sidney Godolphin, el cuál sin odiar a ningún hombre y sin ser odiado por ninguno, fue, por desgracia, asesinado en los comienzos de nuestra última guerra civil, en una confrontación pública, víctima de una mano anónima e ignorante”. (Hobbes, T. “Leviatán: La materia, forma y poder de un Estado eclesiástico y civil.”. Alianza Editorial. Madrid. 1992. Pág. 540).

Sin duda, podemos avistar desde el lugar en el que está escribiendo, sitio que se encarga de hacerlo visible en cada uno de sus párrafos, en esa pretensión obsesiva de paz y seguridad para conseguir defensa de las propias inequidades que pueda cometer el hombre contra sí, en su condición de lobo del mismo hombre, tal atalaya es ni más ni menos donde anida la pretensión de justicia. Para ello no duda, en constituir todo un discurso sobre un gobierno civil y eclesiástico, tal como lo expresa al finalizar la obra, en donde las formas o los tipos, democracia y monarquía que menciona como opuestos, no son lo determinante ni lo primordial, sino, recalcamos, esta noción de que la administración de justicia, pertenece al ámbito de la cosa pública, como su monopolio de administración y sanción y sus diversos límites y alcances.

El capítulo nodal de la obra (por la combinación de extensión, de conceptualización, de detalle y ordenamiento, que no ha sido reconocido o valorado como tal) es el que da en llamar “De las leyes civiles” (Capítulo 26) a las que considera un mandato, que emana de ese soberano, del cuál dirá después que no puede subdividirse en poderes, dado que terminarán confrontando entre sí. Esta noción clara de poder concentrado, en donde, se establece hasta las condiciones que debe tener un juez, no se hacen con otro fin u otra primordialidad que la de garantizar la paz y la seguridad entre los subiditos que acuerden subyugarse a este dios mortal, leviatán o estado judicial.

La apelación al estado judío, como argumento histórico, en cuanto a la delegación por parte de Dios, a Moisés para que lo represente gobernando, es taxativa en cuanto a la acción de juzgar, una vez generada la condenada, son penalizados bajo la sanción de ser apedreados en lugar público, por el pueblo, siendo los testigos de la criminalidad quiénes arrojen las primeras piedras.

Tampoco es casual, que muchos como extensos capítulos dedique al gobierno además de civil, eclesiástico, no sólo por sus cuestiones personales-familiares, o de época, que siempre vinculaban los aspectos filosóficos-sociológicos con lo teológico, sino por esta búsqueda de justicia, que desde lo religioso se brinda, al menos en los credos tratados por Hobbes, en un a posteriori de la experiencia mundana y que tal como lo afirma en su consecución del dios mortal, o leviatán, nuestro autor lo constituye en esta obra que es, insistimos, la construcción teórica de un estado judicial.

Hobbes, sin pretenderlo, otorga a los actuales sistemas imperantes, la columna vertebral de las formas de gobierno occidentales, que se sostienen en el eje, semi-oculto, de un poder judicial que supuestamente compensa o se interrelacionan, bajo una paradoja metodológica o instrumental de independencia, pero que en verdad, bajo esa lógica diabólico de hacernos creer que no existe, o que influye en grado mínimo en la constitución del poder real, pero que es en verdad el poder principal por antonomasia, animándonos a decir, que en verdad lo que tenemos, no es un estado de derecho, ni mucho menos un estado democrático, sino un estado judicial.

Ninguna reforma seria, que se presente y pretenda como tal, dimanada del poder político, puede plantear nada más que cambios estructurales, coyunturales al sistema o al poder judicial. O el poder político, cambia sustancialmente el “estado judicial” en base a la representación ciudadana mediante la que se dice, legítima o legalmente sostener, o los cambios que proponga, serán meros maquillajes, a los efectos de cambiar algo para que nada cambie, que es ni más ni menos que condicionar, formalmente al principal poder del estado, para dar cuenta de intereses político/partidarios o sectoriales.

“Habría que convenir que la justicia consiste tanto en tener cada uno lo propio como en hacer lo suyo”. (Platón. La república. Libro IV. 434ª. )

Dedicatoria: Este proyecto lo dedico a la memoria de mi Tío Aníbal “Abacho” González Cabañas, emboscado para luego ser acribillado a balazos. El fallo judicial para los cinco responsables fue “abuso en la legítima defensa”.

Cerrudo Cué.

Hace tiempo que transcurría, sin precisar de dónde provenían las balas, de diversas armas, de distintos calibres, del fulminante, de plomo, de fogueo y del tipo que fuese. Nací aturdido por tantos disparos. El disparate me llevó al desatino, sustancial de la filosofía. Cobijarme en la palabra, fue el escape desde donde guarecí, cuasi encarcelado, para seguir esquivando las balas, o que las que me alcanzarán me dañaran, en todo caso, lo menos posible.

Prescindo del dios que todo lo puede, pese a orinarme encima por el temor crepitante de enfrentar con mi humanidad al desnudo, a quién ocasionalmente me apunte, con la soberbia del cobarde, con la pedantería del débil, con el arma frente a mi sien, obligándome a lo que fuese, dado que no pueden con mi ser, a pesar mío, incluso. No me la doy de valiente, no puedo exonerarme de lo que soy, iré al éter, sin querer a nadie que me exima ni de mis temores ni de mis errores.

No soy ni más ni menos que otros, no me interesa ni me cabe el otro, en tanto apele a esa perspectiva violenta y agresiva que muchas veces representamos en distintos pasajes, porque nos molesta el brillo, el lustre que siempre está enfrente y no en ese nosotros que se violenta ante esta imposibilidad.

La muerte no es posibilidad, ocurrió mucho antes de que naciéramos, este pasaje de la vida es un sucedáneo de nuestra profunda estupidez. La luz alimenta el desatino de los disparos, promueve, alienta que percuten a mansalva, quiénes ni siquiera aprendieron a enfrentarse a los propios miedos, de que no hay mas nada que la conjetura, vana e ilusa de lo indecible, de lo inexpresable.

No habrá estructura alguna que no se dañe por la bala, que antes fue daga, o cualquier agresión que se intermedie por lo que fuere y que ocluye el diálogo y la palabra.

Es fácil morir por un disparo, más aún lo es disparar, esta es la única razón por la que nunca lo hice, ni lo haría, siquiera conmigo mismo.

Cierto también es que lo fácil, aburre, en demasía. Los entes fantasmales, esclavizados a las armas, reales, simbólicas como las imaginarias de cotillón, no están en la eternidad, vagan, pululan, temerosas e inciertas, a la búsqueda de un dios como imagen, un dios conceptual, un dios que oficie de padre y madre.

Te he visto morir, nací con tu muerte, y tu disparo no me mata, como tampoco me fortalece. Prescindo del hoy como fenómeno, a esta historia la estamos escribiendo en ese otro lugar, del que no te animas a hablar, por eso no lo podes ver, ni tampoco sabrás nunca cuando llegues a ese allá, que para mí es acá.

Tu vida termina con el arma, la mía comenzó con tu amenaza y no va a terminar jamás.

Por Francisco Tomás González Cabañas.

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