La inevitabilidad de la pobreza

Psicoanalíticamente la falta no
sólo nos constituye en nuestra subjetividad, sino que de acuerdo a Lacan, es el
verdadero promotor del deseo. La falta por tanto, es ineludible e inevitable.
Sí hiciésemos la referencia obligada con lo que hacemos con nuestro corpus
social,  la asociación es inmediata y se
cae de maduro. A nuestra tan mentada, democracia, como sistema político,
escogido y defendido a ultranza, pese a sus ausencias o faltas, le suceden
inevitabilidades como la de tener, y sostener, sumergida a parte de su
población, de su número, de su propio cuerpo, en la indignidad de la pobreza o
de la exclusión.

Hemos naturalizado, o mejor dicho
tal falta, se nos ha constituido en una suerte de orden natural del que,
adecuaciones elegantes de por medio, no nos corremos si quiera un ápice de tal
trazado, que sólo se nos hace evidente como síntoma.

El síntoma, es decir la manera,
la forma, en la que podemos advertir de como esto mismo esta funcionando es el
número. El número que indica la cantidad de pobres, el número que indica la
cantidad de migrantes, carentes o marginales. El número que nos dice que
estamos a salvo de ello, que no estamos en tal categoría.

La inevitabilidad de la pobreza,
nos condena a esto mismo. A que la pobreza sea un mal necesario de lo humano, y
que sólo tengamos,  medios, recursos,
instrumentos, operados por ganas, deseo y voluntad, para que no seamos nosotros
los pobres o  marginales, en el mejor de
los casos, tampoco los nuestros. Este campo de lo “nuestro”, se extiende a
ciertos familiares y amigos, que en su capilaridad, inquietante de un mundo de
consumo individualista termina de forjar lo que conocemos hoy como la lógica
instrumental del sistema de partidos que sostiene la entente democrática.

La democracia se sostiene en la
falta de posibilidad de alimentarse, a la que somete a parte integrante y
fundamental de la población a la que gobierna, en nombre de ese imposible de
completar tal falta.

La anemia democrática es en
verdad, la de un sistema que se pretende en la cúspide de la defensa y la
promoción de los derechos del hombre, cuando en verdad es la excusa perfecta,
como ilusión necesaria, para que en un campo concertado, se desate una batalla
descomunal entre diferentes facciones (las organizaciones que constituyen la
institucionalidad democrática) que fragorosamente, pelean porque menos de los
suyos caigan en el sótano de la pobreza y de la marginalidad, o en verdad para
no estar cerca de tal abismo (es decir no perder capacidad de compra y de
consumo, que es la única aspiración que logra el hombre democrático, sí es que
se alimenta y come)que es básicamente lo que se define en todas y cada una de
las elecciones que se llevan a cabo en las distintas aldeas de occidente.

Cuando, ciertos informes
estadísticos, aumentados por la réplica de los medios de comunicación, nos
señalan en número, y más luego su astuta traducción (los informes de carne y
hueso, de esas historias terribles y desgarradoras, o cuando de casualidad nos
cruzamos con algún pobre paseando su indignidad) de qué se trata la pobreza, a
no pocos les surge el odio a esa clase o condición (se acuño el concepto “aporofobia”)
que es en verdad la reacción a un temor primario. Todos tememos el caer en tal
falta, para más luego, cuando nos alejamos de la tensión de ese temor, o lo
podemos desatar medianamente bien, nos asoma y nos asola la culpa por no ser
nosotros los pobres, por no tener el dolor de tal falta.

La pobreza se nos torna,
inevitable, no sólo cómo condición necesaria para el sostenimiento de la
institucionalidad política, no sólo como razón operativa de mercado, la pobreza
se nos torna inevitable, triplemente, porque anida en la razón a la que no
entendemos como tal, porque se imbricó en la falta que nos constituye.

El problema de la pobreza, jamás
puede ser ni diagnosticado ni tratado mediante su síntoma, mediante el número,
esta es la prueba fehaciente de que en verdad, por el camino que vamos, lo
único  que nos preocupa de la pobreza es
que no seamos nosotros los pobres o que estemos lo más lejos posible de tal
calamidad,  cayendo en la trampa de creer
que lo lograremos acumulando y aquilatando material, que no nos llena ni
llenará, que no cubre la falta.

Insistimos la pobreza, en su
inevitabilidad ya pertenece a  una suerte
de orden natural en que devino, o en que hemos devenido nuestra propia historia
de la humanidad. Debemos deconstruir la noción de lo político, de lo pobre y de
lo democrático. El logos, la razón, la palabra es un elemento, todo lo otro, el
terreno del desconcierto, en vez de aterirnos, de hacernos hesitar, debe
estimularnos, provocarnos a que nos constituyamos, incorporando otros “fantasmas”
que cubran nuestra falta a la que hemos sido arrojados a la existencia .

 Por Francisco Tomás González Cabañas

Psicoanalíticamente la falta no
sólo nos constituye en nuestra subjetividad, sino que de acuerdo a Lacan, es el
verdadero promotor del deseo. La falta por tanto, es ineludible e inevitable.
Sí hiciésemos la referencia obligada con lo que hacemos con nuestro corpus
social,  la asociación es inmediata y se
cae de maduro. A nuestra tan mentada, democracia, como sistema político,
escogido y defendido a ultranza, pese a sus ausencias o faltas, le suceden
inevitabilidades como la de tener, y sostener, sumergida a parte de su
población, de su número, de su propio cuerpo, en la indignidad de la pobreza o
de la exclusión.

Hemos naturalizado, o mejor dicho
tal falta, se nos ha constituido en una suerte de orden natural del que,
adecuaciones elegantes de por medio, no nos corremos si quiera un ápice de tal
trazado, que sólo se nos hace evidente como síntoma.

El síntoma, es decir la manera,
la forma, en la que podemos advertir de como esto mismo esta funcionando es el
número. El número que indica la cantidad de pobres, el número que indica la
cantidad de migrantes, carentes o marginales. El número que nos dice que
estamos a salvo de ello, que no estamos en tal categoría.

La inevitabilidad de la pobreza,
nos condena a esto mismo. A que la pobreza sea un mal necesario de lo humano, y
que sólo tengamos,  medios, recursos,
instrumentos, operados por ganas, deseo y voluntad, para que no seamos nosotros
los pobres o  marginales, en el mejor de
los casos, tampoco los nuestros. Este campo de lo “nuestro”, se extiende a
ciertos familiares y amigos, que en su capilaridad, inquietante de un mundo de
consumo individualista termina de forjar lo que conocemos hoy como la lógica
instrumental del sistema de partidos que sostiene la entente democrática.

La democracia se sostiene en la
falta de posibilidad de alimentarse, a la que somete a parte integrante y
fundamental de la población a la que gobierna, en nombre de ese imposible de
completar tal falta.

La anemia democrática es en
verdad, la de un sistema que se pretende en la cúspide de la defensa y la
promoción de los derechos del hombre, cuando en verdad es la excusa perfecta,
como ilusión necesaria, para que en un campo concertado, se desate una batalla
descomunal entre diferentes facciones (las organizaciones que constituyen la
institucionalidad democrática) que fragorosamente, pelean porque menos de los
suyos caigan en el sótano de la pobreza y de la marginalidad, o en verdad para
no estar cerca de tal abismo (es decir no perder capacidad de compra y de
consumo, que es la única aspiración que logra el hombre democrático, sí es que
se alimenta y come)que es básicamente lo que se define en todas y cada una de
las elecciones que se llevan a cabo en las distintas aldeas de occidente.

Cuando, ciertos informes
estadísticos, aumentados por la réplica de los medios de comunicación, nos
señalan en número, y más luego su astuta traducción (los informes de carne y
hueso, de esas historias terribles y desgarradoras, o cuando de casualidad nos
cruzamos con algún pobre paseando su indignidad) de qué se trata la pobreza, a
no pocos les surge el odio a esa clase o condición (se acuño el concepto “aporofobia”)
que es en verdad la reacción a un temor primario. Todos tememos el caer en tal
falta, para más luego, cuando nos alejamos de la tensión de ese temor, o lo
podemos desatar medianamente bien, nos asoma y nos asola la culpa por no ser
nosotros los pobres, por no tener el dolor de tal falta.

La pobreza se nos torna,
inevitable, no sólo cómo condición necesaria para el sostenimiento de la
institucionalidad política, no sólo como razón operativa de mercado, la pobreza
se nos torna inevitable, triplemente, porque anida en la razón a la que no
entendemos como tal, porque se imbricó en la falta que nos constituye.

El problema de la pobreza, jamás
puede ser ni diagnosticado ni tratado mediante su síntoma, mediante el número,
esta es la prueba fehaciente de que en verdad, por el camino que vamos, lo
único  que nos preocupa de la pobreza es
que no seamos nosotros los pobres o que estemos lo más lejos posible de tal
calamidad,  cayendo en la trampa de creer
que lo lograremos acumulando y aquilatando material, que no nos llena ni
llenará, que no cubre la falta.

Insistimos la pobreza, en su
inevitabilidad ya pertenece a  una suerte
de orden natural en que devino, o en que hemos devenido nuestra propia historia
de la humanidad. Debemos deconstruir la noción de lo político, de lo pobre y de
lo democrático. El logos, la razón, la palabra es un elemento, todo lo otro, el
terreno del desconcierto, en vez de aterirnos, de hacernos hesitar, debe
estimularnos, provocarnos a que nos constituyamos, incorporando otros “fantasmas”
que cubran nuestra falta a la que hemos sido arrojados a la existencia .

 Por Francisco Tomás González Cabañas

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