Carmen y su nietecito Remi, vivían en una pequeña aldea, en la que sus habitantes, por falta de recursos iban abandonando poco a poco, no tenían médico, ni panadero, ni Farmacia, ni Banco, ni tiendas, ni escuela…sólo vivían dos vecinos, el dueño de un pequeño bar, que se ocupaba de ir una vez al mes al pueblo más cercano, que dista 60 Km, con un asno con alforjas para traer alimentos, y la abuela Carmen y su nieto Remigio, Remi le llamaba ella, a los tres vecinos, les acompañaban unos gatos y un perro que nunca ladraba porque nadie se acercaba por allí.

Remi ayudaba a su abuela a cuidar tres cabras, que les proporcionaban leche y un par de conejos que criaban de vez en cuando.

Dependían de Antonio, el dueño del bar, al que pagaban los pocos alimentos que traía del pueblo, con la leche de las cabras y algún conejo.

Los padres de Remi habían emigrado como el resto de vecinos, al extranjero, pero hacía tiempo que no tenían noticias de ellos.

La tierra no producía, estaba seca, ni siquiera había hierba para los conejos, que acabaron muriendo y las cabras se alimentaban de raíces o pequeñas y espinosas ramas de los árboles secos.

La abuela Carmen desesperada por sacar adelante a su nieto, se dedicó a hacer servilletas, paños de adorno, pelota y muñecas de trapo que Remi vendía una vez al mes en el pueblo, cuando Antonio iba con el asno a comprar.

Un día, los hijos de Antonio regresaron a la aldea y se llevaron a su padre pues era muy mayor.

Carmen y Remi se quedaron solos y decidieron irse al pueblo, pero nadie les alquilaba una casa, pues no tenían para pagarla, de manera que se fueron a vivir a una cueva.

Mientras la abuela Carmen cosía para poder comer, Remi jugaba al fútbol con su balón de trapo, que con tantas patadas acaba rompiéndose, los niños del pueblo no querían jugar con él, ellos jugaban con buenos balones y Remi los tenía de trapo.

Por las tardes, Remi vendía en la plaza lo que cosía su abuela, excepto los balones de trapo que nadie quería comprar.

Remi quería ser futbolista y comprar a su abuela una buena casa y dejar de coser, pero con esas pelotas de trapo era imposible entrenar y los niños del pueblo no le dejaban que jugase con las suyas.

Una noche que hacía mucho frío, se acercó un matrimonio a su cueva, la mujer iba subida en un asno y esperaba un niño, que estaba a punto de nacer, nadie les daba cobijo, pero la abuela Carmen le dejó su colchón para que descansara y les preparó un caldo bien caliente, un poco de leche y pan, todo lo que tenía.

A la mañana siguiente el matrimonio muy agradecido continuó su camino, iban a una ciudad llamada Belén; la abuela Carmen le regalo una manta para taparse la mujer y una pelota de trapo de regalo para el niño cuando fuera mayor.

Transcurridos unos días vieron una estrella muy brillante pasar cerca de la cueva y cuando iban a dormir, Remi encontró la pelota que habían regalado a los viajeros, pero no era de trapo sino del mejor cuero.

Remi, se fue a la plaza a jugar, todos los niños querían jugar con él y con aquella pelota que parecía tener alas, nadie podía pararla.

El señor alcalde del pueblo, al ver los prodigios de este niño quiso llevarlo a su casa y hacerle futbolista, pero él puso la condición de llevarse a la abuela Carmen.

El señor Alcalde aceptó y convirtió a Remi en un futbolista famoso que cumplió sus sueños, compró a su abuela una casa y buscó a sus padres que en un país lejano trabajaban en el campo y no conseguían dinero para volver a su país.

Juntos, la familia vivió feliz, gracias a la gratitud de aquel matrimonio mágico que pudo convertir la pelota de trapo en un balón de oro.

Ana García Díaz.

Dedicado a mi nieto Luis por su gran tenacidad, conseguirá lo que se proponga y le haga feliz en la vida.

 

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