La fase del falo debiera ser la fase de la vagina (Deconstruyendo a Freud)

La elevación del falo a estatuto de fase. El falo pasa a constituir una fase del desarrollo de la libido…Fase implica obligatoriedad en el tiempo, más emergencia de una estructura nueva…para Freud esta fase tiene un valor fundamental en la constitución del sujeto. ¿Por qué el pene es elegido para elevarlo a nivel de fase, por qué no la premisa universal de la vagina?. Las dos respuestas de Freud son: La primera por la estética y la segunda por la clínica…La primera por propiedades de forma, estéticas, por su modo de aparecer… La vagina no se ve…La vista es constitutiva de lo sexual en tanto tal. La razón es algo pobre pero no se puede decir mucho más. La razón clínica es que se le atribuye un pene a todas las cosas, el infante y no quiere reconocer hasta muy tardíamente que la madre no lo posee…Freud era un poco misógino, hay que reconocerlo…Las mujeres no inventaron nada, dice, salvo el tejido, que proviene de tejer con los vellos pubianos para ocultar la falta de pene” (Masotta, O. “Lecturas de Psicoanálisis. Freud, Lacan. Pág. 77. Paidós. 2015. Buenos Aires.)

En el parricidio intelectual de arremeter contra la ley instituida (que es simbólicamente el parricidio), de acuerdo a los contextos sociales y políticos existentes, podemos dar cuenta de este cambio radical de perspectiva, que más allá de cómo sea entendido, tiene su razón de ser, independientemente de que se lleve por delante, postulados o axiomas de quiénes fueran, e incluso de su grado de verosimilitud.

La vagina como fase resolvería además la razón de ser de la angustia primigenia que pasaría a ser del temor a la muerte, el regreso a la vagina. Es decir, desde el nacimiento mismo, que es ni más ni menos que la muerte o la extinción de la vida intrauterina, todos estamos condicionados a volver a tal sitio seguro en donde no estábamos expuestos a todo lo que estaremos más luego en el andamiaje mismo de la vida. No tememos morir en cuanto a todo lo que se escribió sobre la muerte (fin de lo conocido, ingreso a lo desconocido, cese de conciencia, etc.) el temor es que con la muerte, se resuelve, finalmente, la tensión que nos mantuvo en esta vida y con vida. Regresamos finalmente a la abertura (llamamos de esta manera a lo que significa la vagina, que debiera ser llamada, para evitar el falogocentrismo del que hablaba Derrida, Chumino tal como se las bautizaron las andaluzas a sus vulvas), se nos termina la duda, el entre que nos debatía entre razón e instinto, que operaba tanto culpa (la felicidad terrenal es contraria a la perfección de la vida invaginada) como posibilidad de deseo, o deseos contrapuestos (la satisfacción de tener instantes de certeza en la incertidumbre de la vida, y la insatisfacción que nos produce el no poder perpetuarlos o absolutizarlos tal como sucedía en el útero).

Arquetípicamente, la vagina incluso podría constituirse en lo sagrado. Es decir, su significante, lo femenino, extrañamente no fungió como tal, más que nada en la idea de lo divino.

Lo expresamos en un artículo que refería al “olvido del chumino (vagina)”: pensar, intuir o sentir, que la idea de un dios (o creador) tenga que ver con lo masculino, cuando en verdad y desde el sentido común, sí necesitamos construir una referencia teleológica, que nos brinde las certezas de las que carece lo humano, obligadamente, debe ser pensada, intuida y razonada como algo vinculado a lo femenino. Lo femenino no en su genitalidad, sino en lo iniciático, en lo basal, en lo obviamente primigenio que significa y representa la vagina.

Podríamos referir lo que significaría en un código freudiano o como se deconstruiría los fenómenos de la fantasía de castración (tanto la amenaza como el complejo de) como de envidia de pene, ante esta reformulación, sin embargo no se trata de un rectificación doctrinaria, dogmática, siquiera científica. Solo agregaremos que coincidimos con Freud en que la fase llamada fálica por él, y resignificada como fase vaginal por nosotros, es fundamental en la constitución del sujeto.

La definición misma de lo que somos, es decir no lo otro; cosa u objeto, sino sujeto, nos habla de que estamos atados, aprisionados, invaginados, creemos nosotros a, la contradicción manifiesta que nos hace evidente la conciencia, cada vez que se va constituyendo como tal, de que podemos seguir el lazo umbilical, pese a habernos desprendido del mismo, pero que simbólicamente nos acompaña por el resto de nuestra estadía en la tierra, hasta que finalmente nos recoge, nos retome, nos volvemos de la abertura de donde provenimos.

Sí alguna figura de la mitología griega debiésemos tomar para sostener la argumentación, sin duda sería la del hilo de Ariadna. Esta que etimológicamente significa la más pura, es sin duda, una denominación muy pertinente para la vagina. Es decir para la vagina como abertura en donde se desarrolla el feto, no como vulva o chumino por el cuál la mujer específica además puede encontrar placer. Ariadna es la representación de una concepción inmaculada, una suerte de figura previa a como, de acuerdo al catolicismo, fue concebido Jesucristo, el hijo de Dios.

Desde esa pureza, y tal como en el mito, el hilo (vendría a ser el cordón umbilical, primero real, luego simbólico) acompaña por el resto de su aventura (vida) al hombre que sin tal instrumento (es decir la necesidad de que tengamos esa tensión entre volver al útero, añoranza del mismo, culpa por lograr placeres fuera de él, temores inacabados en ese afuera que desconcierta, etc.) acabaría por inanición existencial. El verdadero sentido de la experiencia humana es ni más ni menos cómo se resuelve tal angustia primigenia, fundante o fundamental.

En términos políticos, es decir la constitución de un yo colectivo, no yoico, o el intento de, Hanna Arendt en el siglo anterior, el que le tocó vivir y que nos deparó el horror de los totalitarismos, afirmaba que “El padre es el gran criminal del siglo”, dando la pauta a lo que recién ahora reaccionan ciertos movimientos que pretenden, desde esa concretud femenina, masculinizar sus protestas, demandas y demás aspectos que no hacen a lo profundo de la cuestión.

En verdad tal criminal, no fue más que un matricida, del que surgió como movimiento dinámico de lo político; la democracia. La democracia también es una abertura, es una vagina simbólica, a la que mal usamos, mal predisponemos, y en términos machistas antediluvianos, la penetramos (sea con un falo orgánico o simbólico) una y otra vez, cuando solo la entendemos como el momento en que metemos el sobre en la urna, en la cesta en donde se reciben los votos. No es casual que esta imagen, refleje con contundencia esto mismo. El lugar que recibe el voto de los ciudadanos, la firma del contrato social, es una figura simbólica que semeja a una vagina, en donde la ciudadanía hace cola, una vez cada cierto tiempo, solamente para penetrarla, casi en una suerte de violación colectiva, de la que después nos horrorizamos cuando de tal acto, salen nuestros gobernantes.

Finalmente y a modo de presentación de esto mismo, hemos trabajado el aspecto continúo de que el sistema económico-financiero, de acumulación, es ni más ni menos que la réplica que pretendemos trazar de la comodidad en la que nos encontrábamos en la faz de invaginación.

El salirnos, con el hilo de Ariadna, de la vagina, y saber que vamos a retornar a ella, es toda la trama en la que constituimos nuestra experiencia humana, en donde en el medio, a los efectos de tapar, de llenar la angustia del horror al vacío que nos produce el agujero negro de esa vagina generadora, arrojadora, expulsadora, a la que finalmente, regresaremos, nos hemos servido del falo, del pene, como una suerte de antídoto, de talismán, de un dios de mentira, por haberlo masculinizado, y del que nos ayudó o ayuda, al letargo sempiterno del olvido de la vagina, la que como si fuese poco, además de hacernos los que nos hace, en caso de que queramos también nos puede otorgar un placer circunstancial, propinándonos una suerte de borrachera que mitiga la angustia primordial, pero que no ayuda ni a resolverla, ni al menos a razonarla o pensarla.

 Por Francisco Tomás González Cabañas.-

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