La diacronía de la dependencia de los españoles a la corrupción

Fuente imagen: https://seguro.elespanol.com/ Luis Millán Efe

La diacronía hace mención a considerar un mismo acontecimiento en distintos momentos, mientras que la sincronía está asociada a distintos acontecimientos en un mismo tiempo. La cultura asentada durante el régimen franquista prosiguió más allá de la desaparición del dictador. Tanto, que sus expresiones aún definen a una porción significativa del poder en nuestro país.

La historia de la España reciente es la de la del concepto de corrupción, tanto como la del de la violación femenina. Episodio tras episodio siguen surgiendo sin que se tenga más visión que la de la impunidad, además del hecho de no recuperar los botines del saqueo. Los hábitos institucionales que permitían apropiarse de bienes ajenos por el sólo argumento del derecho de los vencedores no sólo no se atemperó con el paso del tiempo sino que se consolidó con las sospechosas prácticas de una justicia nada ejemplar. Rescate de autopistas. Fiscalías que afinan. Jueces y juezas que contribuyen con sus actos a favorecer convicciones políticas y también a creencias religiosas. Estructuras políticas financiadas de modo mafioso. Organizaciones religiosas apropiándose vorazmente de bienes que no les corresponden. Es decir, lo que antiguamente era posible por la violencia de los cuerpos armados al servicio del dictador, sumado a la condena desde los púlpitos cómplices desde el 36 en adelante, con la muerte del dictador contó con una magistratura creada y consolidada en las entrañas del franquismo.

Cualquiera diría que la finalidad del ejercicio de ese poder fuese la creación de un sistema político y filosófico característico del franquismo. Pero, nada más lejos de la realidad. Estas prácticas no pretendían hacer una España mejor para los españoles en su conjunto. Su finalidad, en cierto modo tan miserable como el régimen que la cobijó, fue simplemente la avara búsqueda del beneficio desmedido. En muchos casos, por medio de las prácticas corruptas. Como recibir comisiones por cada barril de petróleo que España comprase a los árabes.

La frustración por el resultado de los procesos judiciales, en términos de recuperar los dineros indebidos. Trámites demorados. Magistrados removidos. Jueces ascendidos bajo sospechas de favoritismo. Tribunales dirigidos por amistades públicamente proclamadas. Las maniobras parlamentarias para crear legalidades que favoreciesen que los responsables evadiesen las responsabilidades por sus actos. Todas las acciones de gobierno fueron conducentes a la acumulación del poder económico que permitiese sostener unas instituciones a su servicio. Por ello, no les resulta aceptable que exista un gobierno que pueda aclarar el origen de ese estado de cosas.

Esta diacronía de la corrupción es la esencia por la que el statu quo se resiste a que la honestidad ilumine la gestión política de los recursos públicos. Porque, como si de una hermandad se tratase, la corrupción los ha unido a izquierda y derecha, desde que Francisco Franco fue declarado cadáver. Esa fue la esencia de la denominada Transición. La esencia de nuestra historia siempre ocultó los sucesos que desembocaron en un sistema monárquico que no contó con el aval del voto de los españoles. La negación de los 200.000 españoles asesinados y abandonados en las cunetas es la muestra más palpable del fracaso de la justicia de este país. Eso es tan así que, aún hoy, semejante exterminio no se relata en los libros que educan a nuestros niños.

Esas prácticas de eliminar y de apropiarse de bienes de los vencidos y, en muchos casos, ni siquiera de disidentes, son las que tratan de evitar que se levanten desde el silencio de la historia. El hacerlo los obligaría a la devolución de los bienes saqueados. En suma, la corrupción subyace en el ADN del sistema. Sería inadmisible pensar en una reivindicación. Su sistema se derrumbaría. De allí que la terminología se arraigase en función de intereses económicos de apropiación, más que de la lógica de un sistema justo de valores democráticos. La cuestión de confundir la legalidad con la legitimidad del propio sistema. El franquismo estableció una legalidad que, aún en el marco constitucional actual, sería inaceptable. Tanto como su legitimidad.

Para el franquismo sólo existía, y existe, un solo nacionalismo: el castellano. VOX lo ha dejado claro. Aunque la ciudadanía no opine así. Cosas de la diacronía en la evolución de los términos.

Alberto Vila: CCEE, Analista Político, Experto en Comunicación Institucional y RRPP, Formador. Colaborador de diversos medios digitales.
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