La democracia es errancia

Según el pensamiento de la errancia, la identidad no se halla en la raíz sino en la relación. Puntos de partida de esta concepción son los conceptos de rizoma y nomadismo de Deleuze y Guattari. Es en el pensamiento del rizoma –noción que se opone a la de raíz única y totalitaria– donde un autor como E. Glissant ubica el comienzo de lo que él denomina una poética de la relación, según la cual toda identidad se despliega en una relación con el Otro. Asimismo el concepto de nomadismo opuesto al de sedentarismo cuya raíz intolerante fundaría la ley, lo lleva a reflexionar sobre lo que llama nomadismo circular, que está ligado a sus contingencias más que al goce de la libertad” (Rodríguez Ballester, A. “Pensamiento de la errancia”. Revista Ñ. Febrero 2018).

La democracia entendida como el sistema, como la plataforma, como la posibilidad manifiesta y lograda para que el hombre en cuanto tal, pueda desandar su ser más furtivo, experimentar la libertad de expresión, como de pensamiento, debe sustentar, tales intenciones, en la relación que promueva entre los integrantes que se declaren prestos a vivir bajo tales consignas democráticas. Desde este mar de relaciones, desde estos vientos errantes, o de errancia, brotarán luego los rizomas, que al ver la luz, podrán ser de todos aquellos que lleven los frutos postreros, nómadamente, dejándose llevar por sus impresiones, razones y emociones, pero por sobre todo, nunca sometidos, a lo arbitrario, de lo único, de lo totalitario, que plantea ese sedentarismo de raíz, que sostiene a la ley, por la pirámide jerárquica de un escalafón normativo, que no tiene más sentido que de preciarse de hacerse cumplir, a como dé lugar, y como fuere, sin que importase otra cosa, llevándose puesto en esa rigidez, tensa, del formalismo, a la humanidad y su condición.

La democracia, debe ser comprendida y difundida, bajo este significante de la errancia, en relación, a que, probable y posiblemente, solo y nada más, sea, y más allá de la redundancia, relación entre sus integrantes. En sentido contrario, por sobre todo, de los principios con los que ejercemos nuestras democracias cotidianas, ni la institucionalidad de sus formas, de sus métodos, o de sus preceptos, nos pueden hacer creer que vivimos democráticamente, porque una determinada ley, expresa, que votemos con periodicidad o que en cierta carta de intenciones, o corpus normativo, se establezca que los habitantes de un territorio pasan a denominarse ciudadanos, y que por esa suerte de pase, semántico y nominal, como mágico, adquieren, abruptamente, la seguridad de que serán respetados sus derechos más básicos y elementales, como el de poder comer y luego de ello, hablar en caso de querer o desear.

Dislocar (“Dislocación es la condición de posibilidad de que se produzca un acto instituyente y reactivador de la sedimentación, en suma, un acto político que levante la represión en la que lo social se ha vuelto una inercia y se revele en su condición temporal y contingente. La dislocación es tiempo, lo social es espacio. El acto político que surge de la dislocación introduce la temporalidad en la inercia espacial de lo social“. Alemán, J.   “Carta VII a Ricardo Forster: Capitalismo y Dislocación”. Mayo 2018) el concepto de lo democrático, tal como nos lo implantaron, o como lo implementaron, desde nociones sedentarias, rígidas, unívocas, absolutas y autoritarias, pasa a transformarse, deviene, se deconstruye, como posibilidad, en la vía democrática, es decir de relaciones, de interrelaciones, a las que debemos apostar, por las que debemos jugárnosla, en un sentido instintivo de lo lúdico, para vivenciar, una experiencia democrática que nos permita, el libre fluir de la expresión, del pensamiento, como de la sensación  y de la emoción, que tal logro nos produzca en nuestra humana condición, apta para posibilidades tales, más todas las otras, aquí no señaladas.

Los no incautos se equivocan. Hace falta ser incautos de cualquier cosa, es preciso ser incautos de algo… lo que ustedes hacen muy lejos de ser obra de la ignorancia es algo que está siempre determinado por algo que es el saber y que llamamos el inconsciente…” (Lacan. J. Seminario 21)

La democracia al instituirse en lo otro que no es, conserva su piel nominal, su epitelio, su máscara, para ocluir todo aquello que en verdad debiera ser u ofrecer. Todo lo democrático, está estructurado en un lenguaje, que no es el legal, ni el legitimador, que aparenta sostener, el edificio en el cuál, se asientan, todas y cada una de nuestros institutos, arrastrando con ello, a sus oportunos ocupantes, a los que sedimenta y sepulta con el lodo de la clase o la casta.

La democracia, entendida y por sobre todo, ejercida, desde esta perspectiva, perversa y contumaz, no sólo que nos requiere, cautos, certeros y adormecidos en nuestra posibilidad crítica o reflexiva, sino que pretende, continuar, sempiternamente, ad infinitum, entronizada, en la idea, implantada, implementada, como inauténtica, que tiene que dar respuestas, y que a su vez, éstas, sean tanto, ciertas, como útiles y buenas.

Sino frenamos a la concepción de lo democrático, desde esta primera instancia, desde esta dislocación, todo lo que continúa después, es la historia de los últimos años en occidente, nada escapa, en ese hermetismo absolutista, del circulo vicioso, del uróboro en que se convierte lo democrático, qué obtiene, en lo que se devora, razones para sus argucias, incrementa su sostén, en presentarse, performativamente, como útil y conveniente, además de probo y por sobre todo, mejorable.

La democracia, en caso de que la deseemos, en caso de que la pretendamos experimentar, requiere de incautos, de equívocos, de errancias, de perspectivas, de rizomas , de relaciones, de desamparos, de nomadismos, de interdicciones y de lo que usted bien podría agregar, en la escritura, en la tachadura o en su cotidianeidad en donde en caso de que en nombre de la democracia que ocluye, que totaliza, que absolutiza, se le ofrezca, apropiarse de alguna instancia temporal para hacerla egoístamente suya,  deje tal instrumento de lado (la posibilidad) , y se deje llevar por la profunda intuición de su humanidad.

 Por Francisco Tomás González Cabañas

El derecho a la voz de las gradas

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