La democracia como figura jurídica de error de prohibición invencible
«El error de prohibición es aquel que recae sobre el conocimiento del carácter injusto del acto, sobre su comprensión o sobre la intensidad de la ilicitud. En tal situación, el autor tiene la convicción del obrar legítimamente, sea porque considere que la acción no está prohibida, porque ignore la existencia del tipo legal (ignorancia de la ley), porque dé a una causa justificación o un alcance que no tiene o porque juzgue que concurre una causal de justificación que la ley no consagra o finalmente porque se considere legitimado para actuar» (Gomez L., J. O. Teoría del Delito. Bogota D.C. pág 125.  Ediciones Doctrina y Ley Ltda. 2003).
Cada uno de nosotros en nuestra condición de soberanos, al escindirnos de lo colectivo, para individualmente sufragar y suscribir con ello el contrato social y político en contexto denominado democrático, incurrimos, recurrentemente en un error de prohibición invencible.
«Se llama error de prohibición al que recae sobre la comprensión de la antijuridicidad de la conducta. Cuando es invencible, es decir, cuando con la debida diligencia el sujeto no hubiese podido comprender la antijuridicidad de su injusto, tiene el efecto de eliminar la culpabilidad» (E. R. Zaffaroni. Manual de Derecho Penal. Parte General, pág. 543. Edit. Ediar 1999).
No se nos puede imputar a ninguna sociedad en general ni individuos en particular, lo que venimos ungiendo como gobernantes o representantes en las diversas aldeas bajo el significante de lo democrático.
En lo que se denomina «sesgo de posibilidad» nos sujetamos a nuestro fantasma (en clave psicoanalítica) para soportar la realidad esquiva e incierta que nos propone el reflejo de nuestra fragilidad. Queremos creer, nos terminamos convenciendo que lo hacemos porque lo deseamos y porque no nos queda otra, en las nuevas-viejas ilusiones de los que nos proponen gobernarnos y representarnos mejor.
Sí aceptaremos el desafío que nos propone Nassim Taleb, desarrollaremos la posibilidad de fortalecernos por todas aquellas cosas que no pensamos que nos podrían ocurrir y que tienen más chances de que finalmente ocurran, dado que la realidad no se construye (y mucho menos una colectiva) por profecías auto-cumplidas. Es decir, nada ocurrirá por simplemente pensarlo o desearlo, básicamente porque los humanos somos contradictorios y ambivalentes por definición y constitución. Precisamente esta esencia indeterminada que nos sujeta a la égida de lo incierto, es lo que no podemos tolerar y para ello nos construimos los placebos de tolerancia, las pactos imposibles y los cotos de caza o zonas de confort que jamás serán tales, pero imperiosamente necesitamos creerlas o intuirlas de tal manera.
Contradictoriamente, como no podía ser de otra manera, consagramos la validez o la invalidez de los actos, mediante la positividad del derecho y lo normativo.
Es decir, sabemos que nada de lo que nos ocurre (de nacer hasta morir) tiene explicación o sentido lato ni universal, pero en el interregno de nuestras vidas, nos pretendemos manejar bajo lo que estaría bien o mal. Un ordenamiento taxativo, necesario, tal vez imprescindible, pero no justificado, teleológicamente, imposible de sostenerlo con argumentos.
Tendríamos que estar habilitados a penar a las mayorías que votaron a gobiernos que resultaron perjudiciales para el total de los ciudadanos. Sin embargo, las mismas mayorías circunstanciales, alegarían la figura del error de prohibición invencible.
Es decir, todos los que votamos alguna vez y seguramente, los que lo harán, tendrán encima de sí la posibilidad, sagrada de elegir mal o la peor de las opciones para gobiernos o representaciones.
En caso de tener en claro, que el sistema democrático, no sólo no es el mejor de los posibles (desterrar este adagio nos permitirá pensar y más luego construir teóricamente para proponerlo en la práctica, sistemas mejores) sino que además propone no que elijamos a los mejores representantes o gobernantes, sino a los que menos daño nos podrán causar.
Para los dirigentes políticos, asumir esta gran responsabilidad, los hará más criteriosos y virtuosos.
En vez de proponernos como lo vienen haciendo, soluciones mágicas o fórmulas narcóticas, que terminan en un espiral de decepción que socava en grado sumo y progresivamente al sistema democrático, debieran pensar en estar a la vanguardia y reconocer que harán todo lo posible por dañar lo menos posible en la imposibilidad que representa el manejar todas las variables del fenómeno humano y ponerle la etiqueta de lo bueno, lo bello y lo justo.
En caso de pretender una sociedad más democrática, el mejor sendero para ello es reconocer las faltas, las carencias, las imposibilidades y el reducido margen de acción que tenemos para actuar u obrar. En tales fugas, mientras menos daño hagamos (o nos hagamos) será más que suficiente.
De lo contrario tendríamos (es decir sí creemos que podemos saberlo o conocerlo todo o en el afán de tal manejar el caos en vez de surfearlo) que estar penados, imputados, los que alguna vez votamos mal a representantes o gobernantes que terminaron siendo perjudiciales a las mayorías.
La energía positiva o emocionalidad no es excluyente, la podemos y necesitamos tener, pero no bajo condición de ilusión, sino de esperanza, es decir a sabiendas que las situaciones no serán en calidad de una perfección inexistente, sino en la posibilidad de que nos haremos el menor de los daños posibles, que seguramente deba ser el más asequible y altruista fin de todo gobierno y representación.
Por Francisco Tomás González Cabañas

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