La corrupción como casuística de las democracias electorales

Los vínculos clientelares son paradojales, no sólo por el hecho de que implican dominación y obediencia a la vez que generan lazos afectivos, como lealtad confianza e incluso afecto. También generan tensiones constantes entre el sentido utilitarista y las reglamentaciones simbólicas asociadas a la entrega y recepción constante de servicios. Por otra parte, si bien logran acercar la política a los ciudadanos y acortar las distancias burocráticas, también provocan la exclusión de los sectores que no están integrados en las redes clientelares. Además, pueden ser un caldo de cultivo muy fértil para prácticas que rayan en la ilegalidad, como son los actos de corrupción o cohecho. Sin embargo y aunque no sean relevadas de manera consciente y no aparezcan bien representadas en las encuestas, se trata de un fenómeno profundamente arraigado en las prácticas cotidianas de muchas personas, lo que pone de manifiesto la necesidad de seguir investigando las distintas aristas del fenómeno.” (Arriagada, E. “Clientelismo político y participación local”. Revista Polis. Número 36. Año 2013. Santiago de Chile).

Haber reducido lo democrático al fenómeno electoral, se constituyó en la más grave falta, en la más alta perversión que realizamos, y que pornográficamente, comienza a emerger, el fétido y putrefacto resultante, copiosa, como aburridamente, mediante el accionar corrupto por parte de gran parte de la dirigencia (clase o casta), política, por no decir, toda, la que de un tiempo a esta parte se involucró, políticamente, en las distintas latitudes de cualquiera de las aldeas occidentales que se hayan preciado, y lo sigan haciendo, de democráticas.

Al parecer aún deseamos seguir engañándonos acerca de que la política propone otra cosa que no sea la conveniencia directa, es decir el intercambio más concreto, efectivo, como primitivo, instintivo y por ende en algún punto, guaso, guarango y violento, de que sí gana el candidato x nos veremos, quiénes somos convocados a la elección, más beneficiados, en términos económicos, materiales, que sí ganan los otros que se postulan, proponen o promueven para el mismo puesto o cargo.

Esto se ratifica, en los sondeos de opinión o en las investigaciones sociales, que se el ámbito geográfico en donde se lleven a cabo, determinan que en las clases más bajas, humildes o carenciadas, la democracia es donde más afianzada se encuentra en términos de legitimidad. Ocurre que es aquí, en donde el acuerdo, el pacto, el trato, la transa, es más directa, más contundente, más sencilla. El candidato, o los candidatos, ofrecen o dan, bienes concretos (dineros, vales de comida, objetos) a cambio de que el elector, que el votante, el sufragante, el día de la votación les otorgue el voto. Nótese que el pobre, que el marginal, pese a estar cosificado, subvierte la posición de amo-esclavo y es él, quién determina, a quién votará, pudiendo recibir de varios o casi todos los candidatos o pretendientes, bienes para seducir o alquilar su voluntad electoral. Claro que luego de la elección seguirá siendo pobre, es decir volverá a su status de esclavo, que sólo la subvierte en los tiempos electorales, en los periodos de campaña, en donde por intermedio de lo clientelar, asume un rol, momentáneo de amo. Ninguna de las partes, quiere o desea otro tipo de relación. Tampoco el político, que se esclaviza en esos tiempos electorales, recorriendo kilómetros de espacios públicos, posando hasta el infinito y diciendo a todo que sí en cuanto medio tenga enfrente, para olvidarse de todo ello, o despojarse de tal traje miserable y prometedor, una vez que arriba al olimpo en donde la investidura de amo la sostendrá hasta la elección futura en donde tendrá que renovar tales votos, haciéndose el esclavo de los pobres, para sostener el círculo vicioso que tiene como trama, ahora algo más evidente la corrupción como elemento indispensable de las democracias solamente acendradas en lo electoral.

La forma, más directa, que tiene el político para suscribir este acuerdo con su público, a quién gobierna o representa, es el dinero, contante y sonante, que administrará bajo los cánones legales o bajos las normas formal como institucionalmente establecidas, pero que no alcanzan en ningún grado para plasmarse como reales.

El plano de la gobernabilidad o de la representatividad, queda en los planos simbólicos o imaginarios, que es donde orbita la relación que cultiva el político con los otros ciudadanos, los llamados de “clase media” o independientes. Estos, por lo general, estudiantes, profesionales, sin las necesidades básicas insatisfechas, con la posibilidad y las ganas de abstraer los vínculos, más allá de lo concreto, creen buscar o tener con esa política, una relación que este tamizada, referenciada por los valores ideológicos y transmitida por la cadena de valores de lo comunicacional y lo mediático.
Es por esta razón que el político, el amo del reducto de la democracia electoral, invierte y mucho en los medios de prensa, dado que es a ese sector, especificado y parcializado presto a este consumo, a quién le está hablando, o al que lo adormece. Es el rey desnudo, del cuento de Andersen, que necesita y precisa, pese a su condición de estulto, hacerse escribir los mejores discursos, colgarse las medallas del prestigio más destacadas, para esconder su intencionalidad más intensa, que es la de forrarse los bolsillos de bienes muebles e inmuebles mediante la administración de los recursos públicos. Para esto, le viene como anillo al dedo, las figuras acartonadas de los supuestos partidos políticos que promueven o defienden ideas, dado que crea, mediante este ardid, una trampa caza-bobos, en donde se cansan de caer pseudo-intelectuales, románticos o adolescentes tardíos o eternos, que creen que el mundo de las ideas sirve para algo más que no sea para camuflar la relación directa entre el manejo discrecional o corrupto, de los dineros públicos, por parte de los políticos encaramados en el poder, democracia electoral mediante.

Este es el valor casuístico, como hasta ahora oculto, o no blanqueado, no reconocido, no especificado, que proponen las democracias electorales para su funcionamiento. Esta es la razón por la cual, se pueden observar, como se seguirán repitiendo, grandes escándalos de corrupción, que supuestamente sorprenden a esas clases medias, que para no quedar como cómplices se muestran sorprendidas, ante lo que siempre estuvo tácito o expresado como secreto a voces.

Nótese que la justicia, en distintas latitudes, usa precisamente este catalizador, o esta categoría de “delación premiada”, o la figura legal de “imputado colaborador” o “arrepentido” para hacer juzgable lo que no es más que un sistema en sí mismo.

Es decir, tal como se escucha decir, como una supuesta solicitud popular o de fervor “democrático” el ir al fondo de la cuestión, sería precisamente esto, el desarmar, el desarticular, el deconstruir las democracias electorales, y transformarlas en otra cosa, en el caso de la ciudadanía en su conjunto, quiera o pretenda otro tipo de organización política.

Esto es lo que está en juego en verdad, o lo que podría estar en juego. O seguimos jugando a que somos sorprendidos, al pavor de lo democrático electoral en su vertiente pornográfica del intercambio puro y duro del que somos parte y que nos gusta, encanta, entonta y enloquece o nos despabilamos y emprendemos un camino en donde, como condición necesaria para construir una nueva forma de organizarnos políticamente, el primer punto a tener en cuenta es desactivar el dispositivo frenético y febril de la democracia solo entendida como una cuestión electoral, que termina fagocitando a todo lo otro que podría ofrecer la democracia en su sentido lato y que promete sin cumplir, por tener corrompidos sus principios de ejecución en el plano de lo real.

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