La buena sociedad

Hace tiempo que quiero decirles la que fue mi vida, quizás vaya a contar esta historia ahora ya que mi tiempo llega a su fin, cuando ya no hay vuelta atrás, no hay remedio ni arrepentimiento, lo pasado pisado está.  Solo cabe el recuerdo de una vida en la que no cupo más gloria ni gozo.

El tiempo me ha hecho empalidecer frente al tumultuoso mar que cruza el barquero en mi busca, por ello os hablo.

Capítulo 1.

-Madame Lafome ha llegado señorita. -Dijo la servil criada con voz cansada.

-Pues hazla pasar, no se a que estas esperando.- Dijo con rotundidad para la que a mi juicio es Elizabeth, a la vez que dejaba sobre el tocador la invitación a la que sería la primera fiesta de disfraces de la temporada, la que daría comienzo a la época estival.

Minutos después la señorita Lincoln estaba probándose los bellos vestidos confeccionados solo para ella una semana antes, con el único objetivo de deslumbrar, como deslumbra una joya bella y fría, en su entrada a la bella sociedad londinense en la cual los adinerados progenitores georgianos estaban deseando poder incluirse.

Elizabeth Lincoln estaba encantada con el giro del destino que la acercaba a las altas esferas de la sociedad londinense. Quedaba muy lejano y ajeno a su memoria cuando no era más que la hija de un pelirrojo  constructor naviero llegado de polizón a costas norteamericanas desde los verdes páramos de Irlanda.

Unas calles más abajo, Mayfar.

-¿Lady Estrada me está escuchando? – Apuntó la arisca duquesa.

La española se dio cuenta de pronto que otra vez se había quedado ensimismada. Contestó sin pensar y con aire condescendiente como su institutriz le había enseñado a hacer:

-Claro, excelencia.

La duquesa viuda miro de forma poco amistosa a la vasca, poco le gustaba que la sociedad que en su tiempo había sido sinónimo de buena crianza se estuviera llenando de burgueses adinerados  y bronceados extranjeros. Pero claro, ella no era nadie para cambiar las cosas, tan solo una viuda que veía como la modernidad la sobrepasaba, espectadora silenciosa de un mundo creado y dirigido por y para hombres jóvenes.

La duquesa le repitió la pregunta, a su vez con tranquila:

-Le preguntaba por la situación de su país Milady, mi hijo me cuenta que hay rumores en el Parlamento. Wellington ha llegado hasta Zaragoza y en pocos meses Napoleón será asediado en París.

-Su excelencia me apena no poder contestarle, pero no cabe duda de las pérdidas del enemigo.- Le contestó la par del reino castellano sin casi poder ocultar su cansancio al verse inmersa en tal pesadez que le causaban las aburridas tardes rodeada de matronas tomando té y hablando de lo que ni les importaba ni se preocupaban en comprender.

Un cúmulo de voces empezó a inundar la estancia y todas sobre el mismo tema: la colosal fiesta de mascaras a la que todo ilustre miembro de la sociedad acudiría para poder lucir sus mejores galas, dinero y prestigio. En tal jaleo oyó que le preguntaban por su asistencia una pequeña damita cuyo nombre era incapaz de recordar.

-Perdone mi lady no recuerdo su nombre-. Le dijo con cierta premura.

-Señorita Eliot, su excelencia-. Contestó la aludida avivando las brasas del recuerdo que me hicieron rememorar su nombre de pila, Anne, y sin preámbulo le respondí:

– Señorita Anne Eliot, ¿recuerdo mal?

– No, Milady. Le preguntaba por su asistencia. – Respondió  algo ofendida por la falta de respuesta sustancial.

– Claro, como no.

Unas horas más tarde, White’s.

-Caballeros un brindis por la temporada -. Propuso un borracho lord deambulando por el local al tiempo que era coreado por sus congéneres.

En una mesa más alejada, el joven William Darcy hablaba con su antiguo compañero de Etón y príncipe otomano, Khamis.

-¿Vas a quedarte mucho tiempo, viejo amigo?- Le preguntó el joven lord inglés.

– Cuanto quiera.-Dijo su principesco amigo.

-Entonces ven a la fiesta de disfraces y así seremos dos San Jorges contra los ilustres dragones guardianes de la virtud y el orden público. ¿Qué te parece?- Apuntó el rubio lord.

-Si Dios quiere.- Contestó el otomano con su mirada felina llevándose la mano al corazón.

Acto I. Mascaras y poco más.

-Todo el mundo está aquí, hija, presta atención.

-Solo parte de la población londinense está aquí, madre.-Contradijo la joven a la maravillada duquesa extranjera que parecía que no hubiera visto la luz del sol en milenios.

– Solo estaremos esta temporada, así que no pongas esa cara. -Contratacó la progenitora sin dejar opción a rechistar.

La joven duquesa no quiso contradecirla y se propuso pasar de la mejor forma posible la velada. Atusó su cabello suelto, parte importante para enfatizar su disfraz que aunque sencillo, le hacia parecer la inspiración de múltiples poemas del romanticismo más pastoril, muy a su gusto que no al de su madre, todo había que decirlo.

-Pero señorita Lincoln, su vestido es espectacular, inmejorable. –Comentó una matrona con cara de caballo.

-Es que es en honor a Calipso, su excelencia.-Comento con énfasis la madre de la criatura a la duquesa viuda.

-Encantadora.- Dijo con voz vacía la duquesa, se dio la vuelta y ante los desesperados deseos por retenerla de la madre americana: se marchó.

Como a su amigo comentó, la hazaña de San Jorge quedaba eclipsada por tamaña aglomeración de dragonas con una misión muy clara: cazar a un gran lord. ¿Dónde queda el debate entre mujeres y hombres cultos? ¿Dónde queda valorar a las personas por sus ideas y sentimientos, no por su apariencia? Pensó con cinismo y prejuicio el rubio príncipe.

Por el contrario su amigo estaban muy a gusto, lejos de las formalidades que acompañaban a su cargo, allí solo era para aquellos que mirasen un conjunto de vestiduras negras, y para aquellos que vieran, un moreno extranjero. Sonrió sin malicia aunque la sonrisa no subiera a sus almendrados ojos pardos.

Acto II. El renacer.

Allá cuando el baile ya se había cobrado sus víctimas, pocos estaban en la pista, otros muchos se situaban cerca de las mesas de refrescos y ventanas, estos últimos mirando a las estrellas como si en ellas encontraran respuesta  a los males que los acongojaban, ¿pero por qué mirar afuera cuando la respuesta está algo más cercana? Pero otros tantos ya estaban en los frescos jardines o húmedos invernaderos del palacete, esos quizás en otros menesteres más placenteros y transgresores.

Todo esto rondaba mi mente sin descanso, presa de la pena que me provocaba tener que quedarme aquí cuando…, ya ni me acuerdo de a dónde quería ir. Si tuviera el coraje suficiente volaría fuera de aquí, pero no lo tengo – o eso creía- . Si todo fuera diferente iría donde la vista se pierde entre pajares soleados y el olfato entre olores desconocidos, donde cada cual es, sin miedo, quien es. En ese momento no sabía dónde estaba dicho lugar, luego sabría que estaba donde nosotros lo quisiéramos hallar. Entre tanto ensimismamiento, en el que me encontraba, se me pasó por alto el conjunto de voces que rodeaban con tesón a quien, en ese momento, era un rubio principito medieval. Y no pude dejar de escuchar su lógica charla.

 -Pero mi lord díganos su nombre.

-¿De dónde es, su alteza?

-O miren lo han reconocido por ser un príncipe.

 -No, por la corona yo diría que debe ser rey.

-Pero miren que ropas viste.

Ente tanto alboroto el aristócrata se arrepentía de haber enfocado toda la atención en su persona. Y trató de explicarse para quitárselas de encima:

-No señoritas, no soy príncipe-.  Apunto con una media sonrisa muy forzada.

-No lo quiere reconocer porque va de incognito- Dijo una voz en un cuchicheo muy audible y malicioso.

– ¿De dónde será?

– ¡Lleva babuchas!

-Damas es solo un disfraz nada más.-En ese momento se arrepintió de sus palabras, una docena de pares de ojos muy calculadores le taladraron el alma, dejando un solo camino viable: la huida.

– Si me disculpan -. Dijo sin más, pero con cierto apuro.

Acto III. El baile.

Por otro lado, su verdadera excelencia me observaba y yo poca atención presté al ver al dueño de tan verde-parda mirada. El se acercó como uno de los halcones de su país y me dijo:

  • Una velada encantadora, ¿no cree?

Aunque ambos sabíamos que era más bien todo lo contrario. Así que si quería jugar que menos que responder a la invitación, ¿no?

-Sí, muy fresca y relajada.

-Excelente y eso que es pleno mayo.- Me dijo con una media sonrisa de dientes perlados.

Ante mi silencio, él cogió el mando de la conversación hablándome, o mejor dicho, sacando conversaciones adecuadas a las cuales ambos éramos sujetos de diálogos irónicos, perfectamente camuflados en el hueco y senil cónclave en el que estábamos. Al cabo de un tiempo se refirió a mí con mi caracterización y al ver mi sorpresa, el me preguntó:

-¿No eres eso, una pastorcilla? No sé de qué te escandalizas, cosas perores hay en los alrededores como ese yin de allí.

Yo consternada por tan cruel sugerencia le reproché:

-No es nada de eso, es Calipso.

Sin separar los ojos de la pobre chiquilla, continuó:

-Quien lo diría, más parecía una cabaretera, eso sí, vestida en sedas atrayentes, pero como bien sabrás “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.

Quise aparentar escandalizada por su comentario pero no pude, por el contrario de mis labios brotó una sonora carcajada que recibió alguna que otra mirada crítica y mirándolo a los ojos replique:

-Por lo que veo, milord, ¿bereber?, a usted no le gusta en demasía esta sociedad.

– Todo lo contrario mi aneesh simplemente no acepto la falsedad. Y perdóneme que la contradiga que ni soy lord ni quiero serlo, por el contrario mi persona es solo lo que ve, por mucho que mis ropas sean propias de un nómada  de lares más cálidos.

Al otro lado de la sala una joven presumida iba de aquí para ya, sin rumbo aparente, mas solo estaba actuando junto con sus otras amigas, aunque no supiera sus nombres, no era necesario pues ya conocía a todos sus antepasados. Las apariencias gobernaban su vida. Vidas que son una pena. Vidas echadas a perder.

Acto IV. Ilusiones y prejuicios.

Darcy estaba cansado de eludir ninfas y damiselas medievales, ¡qué las salvaran otros!, él solo quería llegar a casa aunque para eso tenía que esperar horas si no quería ser descortés. Y en ese momento vió a aquella que disfrazada de diosa griega iba de un lugar a otro, cuya cara aunque joven y risueña albergaba tristes y cohibidos pensamientos en sus pupilas. Y sin más dilación se acercó a ella.

-Hola su alteza. –Le dijo nada más ver su corona.

– Graciosa dama.- Le contesto al tiempo que besaba el dorso de su muñeca.

– Pero milord, hoy no soy una dama.- Le dijo ella.

– ¿No? ¿Por qué? Si yo creía que era un ser humano. Por favor, no dude en sacarme de mi error, si es que tal cosa existiese.

– Y lo soy, excelencia, aunque hoy soy un simple personaje de mitología.

Él con expresión seria subrayó:

-La grandeza reside en usted, no en su cuna, por tanto no soy más alteza que usted.

La beldad impresionada por aquellas palabras que casi no comprendía, porque nunca en su corta vida nadie le había hablado con tal profundidad,  marchó con premura y quizás por ello mismo, por falta de entendimiento era incapaz de comprender y sintiendo miedo a lo desconocido se dio la vuelta y a largas zancada impropias de una dama se acercó a un joven capitán que no había optado por disfraz alguno sino que vestía su uniforme militar.

Poco tiempo después cada cual actuaba como aparentaba ser y pocos recordaban que debajo de la careta se encontraba un ser imperfecto. Todos excepto unos cuantos entre los que me encontraba junto a los buenos amigos y una enamorada con su capitán.

Capítulo 2. El eclipse.

En el momento que las luces se apagaron miramos al cielo para encontrarnos calladas y solitarias a unas cuantas estrellas serpenteantes. Muchos de nosotros habíamos salido a los jardines y en esos momentos vimos como la Luna, antes guarecida en el abrigo de la noche, reaparecía en un inmenso hado de luz que cegó a muchos, lo que les hizo quitarse sus mascaras para poder aliviar la quemazón de sus ojos intentando recuperar la visión.

Cuando volvimos a ver las macaras habían desaparecido y muchos se avergonzaron al contemplarse, pero otros muchos descubrieron la verdad. Así fue como se confirmaron las palabras de mi exótico acompañante: “somos lo que hacemos y por ese motivo nos vemos tal y cómo somos”.

Otros no tuvieron tanta suerte, llevados por la vergüenza no aceptaban su comportamiento de esa noche, pero a lo lejos el Capitán y su dama Anne, se fundieron en un abrazo que hizo aparecer en mi semblante una picara sonrisa. Y mirando a mi izquierda, lo cogí de la mano y él y yo nos marchamos de la mascarada.

– Jane baja que no tenemos todo el día, te estamos esperando -. Se escuchó gritar desde la puerta, sorprendiendo a la aludida.

Dando un parpadeo desperté de pronto de mi ensoñación, en la que me había sumido el diario escrito en inglés que había comprado en una tienda de antigüedades céntrica de la ciudad de Ankara. El anticuario me dijo que había pertenecido a una mujer extranjera, enamorada de un joven príncipe heredero, que pudiendo ser sultana, renunció en pos de la libertad. Solo se sabe de ellos que recorrieron el mundo absorbiendo en el alma cada experiencia de sus mortales vidas. Lo único que portaron consigo fueron sus diarios.

Ya acostumbrada a las prisas que todos se tomaban en la familia decidí prolongar el momento antes de la interrupción para garabatear en una hoja de papel seguidamente guardada en el bolsillo.

Reseña.

En este apartado me gustaría explicar un poco el tema de la obra y lo que quiero decir con los distintos elementos que en ella parecen.

En primer lugar, quisiera decir que en ningún momento he querido plagiar a Jane Austen sino que en el desarrollo de la narración me ha parecido oportuno nombrar a dicha autora y a algunos de sus personajes como Darcy o Anne Eliot y el Capitán protagonistas de Emma, ya que quería transmitir al igual que lo hizo ella los prejuicios que gobernaban la sociedad londinense durante la Regencia.

La obra se estructura de esta manera porque los actos deben hacer ver que lo que se lee es un drama en el que todos formamos parte y el eclipse representa el juicio que hace nuestra conciencia sobre nuestros actos a la hora de nuestra muerte. Similar a la creencia del peso de las almas encarnadas en el corazón que los egipcios creían que Anubis hacía en una balanza cuando alguien moría.

Para algún personaje no hay nombre de pila, no por un descuido, sino porque intento hacer ver que en esa sociedad tan solo importaba  el apellido de cada cual, por ello se atosiga a Darcy cuando esta disfrazado de príncipe y no a el verdadero príncipe porque no viste como tal. En cuanto al aspecto de la máscara, quisiera que ésta se viera como el artefacto que nos permite ser aquello que queremos para poder vivir en armonía dentro de la sociedad, pero que en verdad encubre nuestra verdadera esencia y creo que dicha práctica también está presente en nuestra sociedad por lo que espero que la moraleja pueda ser entendida.

Espero que les haya gustado y gracias por su tiempo.

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