Intolerancia al ombligo ajeno

Antes de empezar a leer, pregúntate: ¿qué sientes cuando alguien no se pone en tu lugar?

A veces, en nuestro día a día, nos encontramos con situaciones en desacuerdo, en las que tenemos que posicionarnos en el lugar de la otra persona, para salvar o resolver ese momento, y así evitar entrar en una rueda de la que no se pueda salir.

Al principio cuesta hacerlo, porque como seres humanos, solemos tender a la fea costumbre de mirarnos el ombligo ante situaciones que no compartimos, que no entendemos o de las que no nos hacemos responsables, mera reacción de autoprotección. Pero una vez que vemos que cambiar ese funcionamiento no se nos da tan mal, nos enorgullece saber que nuestra capacidad de empatía es buena y la tomamos como una virtud a destacar en nuestra personalidad, tanto en sociedad, en el trabajo, en la família incluso con desconocidos.

Seguimos adelante con esta virtud adquirida o desarrollada por nosotros mismos.

Esto también tiene sus contras, como nosotros estamos capacitados de ella, inconscientemente, aun siendo conscientes de que no todos somos iguales, esperamos recibir lo que damos. Los refranes “no hay que dar esperando a recibir algo a cambio” o “es mejor no esperar nada de nadie” y sus similares, cuando nos encontramos en la situación en la que nosotros somos los que necesitamos que se entienda en ese momento nuestra reacción, no nos sirven, pueden consolar, pero no solucionan nuestra carencia. ¿Por qué?, porque en ese momento, es cuando te das cuenta que hemos mal acostumbrado a los demás, nosotros resolvemos, recibamos lo que recibamos, y como nos sintamos no importa…

Retomando la primera línea de este artículo, ¿qué respondes ahora?, me declaro intolerante a la falta de comprensión cómoda de los demás. A todas esas situaciones, que acaban siendo injustas, o mejor dicho, a todas esas personas injustas, que no son capaces de apartar su ombligo, para mirar un poquito el tuyo.

No se trata de egocentrismo, se trata de comprensión, de ayudarnos a abrir nuestra mente, que abandonemos por un instante nuestras leyes propias para entender las de los demás, ya que el echo de hacerlo, no va hacer que dejemos de ser nosotros mismos, todo lo contrario, nos va a enriquecer, nos va hacer ver, que cambiando un “no” rotundo por un “quizás”, el receptor puede empezar a sentirse mejor y con él, nosotros.

En el siglo en el que vivimos, creemos estar en una sociedad abierta, humana y comprensiva, y lo único que conseguimos a diario, es no darnos cuenta, de que disfrazamos un egoísmo constante.

A este comportamiento egoísta, también se le puede sumar, el ejercicio de juicio rápido de la que muchas personas están capacitadas. Hablar sin saber o sentenciar sin escuchar, cuando
deberíamos ser más ordenados, escuchar antes de hablar.

¿Un consejo? antes de celebrar un juicio con los demás, mira que carencia tienes, porque a lo mejor ese consejo… es para ti.

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