Infamia en la jungla

Ahí estaba él, caminando hacia su objetivo, ansioso y nervioso, pleno en impaciencia. Conforme se adentraba en la selva, tras los pasos del guía nativo, sentía el desasosiego creciendo en su interior. Una vez consiguiera lo que había venido a buscar, podría venderlo en algún mercado ilegal local a buen precio -eso no sería complicado- o tal vez se arriesgaría a llevárselo consigo, o en el peor de los casos abandonaría el cuerpo a su suerte. Era lo de menos. Una sutil sonrisa asomó en su rostro al confrontar sus pensamientos. Lo prioritario era obtener el premio personal que anhelaba y que bañaría su ego de confianza.

Desde que le descubrieron este mundo, desde que alguien le dio un arma y un permiso para usarla, supo que había una salida a su fútil subsistencia. Siempre que su naturaleza viraba hacía la brutalidad, siempre que afloraba la ira en su interior, podía acudir junto a su fusil para mitigar sus dudas internas. Allí, siendo orientado entre la maleza por un hombre mudo de pies negros, aferrado a su arma de precisión, se sentía un ser superior. Se notaba realizado ¿Dónde y quién más podría matar sin pedir consentimiento? ¿En qué lugar podría acomodarse y apuntar serenamente a su víctima, a cientos de metros, con el estómago lleno y la conciencia tranquila, apretar el gatillo y disfrutar de un asesinato? Sí, estaba claro, era la mejor manera de refrendar la violencia que palpitaba en su corazón. De esa forma podía plasmar su bravía reivindicación en la muerte y de ella escupir los complejos que le carcomían. En la sociedad no, en ella era un hombre triste y vacío. La sociedad le empequeñecía, en ella su hombría siempre se veía comprometida y su virilidad habitualmente estaba puesta en entredicho, por lo que descargaba toda su crueldad contenida matando indiscriminadamente a seres sin voz. Estaba furioso con todo y quería destruir. Matar. Ahogar la belleza. Hundirla hasta el fango y rebozarse en su podredumbre. Una vez más.   

Primero fueron liebres y conejos, luego jabalíes y ciervos, pero la incertidumbre y el riesgo de la ilegalidad incendiaban su espíritu de forma devastadora. Era su forma de rebelarse, y como no podía luchar frente a frente contra nadie, robaba las victorias. Siempre un paso más allá, siempre una existencia más majestuosa que masacrar. Necesitaba sacrificar algo exótico, diferente; dar muerte a animales comunes ya no tenía tanto interés. Se lo decía su mente enferma, era como una explosión interna desde lo mas recóndito de su ser, una tormenta que crecía aspirando a finalidades mas transcendentales. Más grandes. Monumentales. Como él. Su monótona vida pasaba sin sobresaltos, esclavizado entre costumbres y desdeñado por metas perdidas, y con el tiempo se había dado cuenta de que nunca había conseguido sobresalir en parcela alguna y un enorme pozo de disconformidad llenaba su existencia. Los deseos, los sueños, sus antojos y ambiciones habían quedado frustrados por su poca iniciativa, y a decir verdad por su carencia de talento. Odiaba al mundo, esa era la única verdad.

Ese día el demonio de su mente se vería saciado. Dibujó un gesto imposible en su boca, sus mandíbulas se tensaron y sus dedos absorbieron la fuerza que le transmitía el gélido roce del metal de su rifle. El aborigen le hizo señales incongruentes que acertó a interpretar como una necesidad de disminución en el ritmo de la marcha. Ya estaba cerca. Deseaba soltar sobre la criatura todas sus desilusiones en forma de ráfaga mortífera. No toleraba la hermosura, la excepcionalidad o la exclusividad de un ser vivo. Estúpida bestia -pensó- morirás sin darte cuenta de quién te apuntaba apaciblemente sentado y escondido tras unos arbustos. El corazón se le aceleraba con cada ruidoso paso mientras el sudor corría veloz por su frente. Con un movimiento de la mano el nativo le instó a que se guareciera. Tras unos finos matorrales se agazaparon a esperar en silencio, siempre en contra de la brisa soplante. Ya estaba hecho, solo era cuestión de tiempo. No podía fallar ya que se lo dejaban en bandeja, como era tradicional, pero eso nadie nunca lo sabría. Al regresar a casa pondría la piel muerta del animal en su suelo y la pisaría para demostrar al mundo que el era un gran hombre, capaz de hacer grandes cosas. De esta forma, quizás, cuando entraran en su casa y vieran esa enorme cabeza muerta entre otras tantas, aprenderían a respetarle.

El tigre se movía con gracilidad en la charca, su poderosa musculatura era perceptible incluso desde la gran distancia que les separaba, aun más con el penetrante sol pegado a su rayado pelaje. Era un ser majestuoso, grácil e único, un superviviente de cien batallas y no obstante murió sin honor, sin posibilidad de defenderse, bajo la descarga de un proyectil furtivo lanzado desde un cobarde grito de atención, un mero capricho al servicio de la infamia.

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