Haz lo que yo diga, no lo que yo haga
El portavoz de Podemos en la Asamblea de Madrid, Ramón Espinar, atiende a los medios. Fuente: EFE

Es muy cierto que no es lo mismo criticar que aplicarse el cuento. Como también lo es que, una vez que te has pasado el día mirando con lupa a los demás, has de asumir estar en el punto de mira.

No es nuevo que en política se haya convertido en ejercicio habitual el de señalar a los demás para denunciar sus fechorías o magnificar errores, mientras que uno no asume los suyos propios y justifica los cometidos bajo sus siglas. Por eso llegó un momento de hastío en el que el juego del «y tú más, y yo menos» dejó de surtir efecto entre los electores que veían pasar la pelota de tejado en tejado sin que nadie asumiera responsabilidades por nada.

En pleno momento de cambios el tenis de la patata caliente no ha dejado de practicarse aunque las nuevas formaciones dijeran con fuerza que llegaban para terminar con esas viejas maneras de hacer política y las de siempre estuvieran intentando disimular sin conseguir ningún resultado.

​Ya decía Monedero que en política no caben disculpas sino dimisiones. Y en eso debo darle la razón. ​

Sigue habiendo corrupción -presuntamente- en demasiados estamentos de poder; siguen mirando para otro lado cuando les preguntan por su responsabilidad ante las evidencias; siguen colocando a imputados (perdón, investigados) en puestos blindados; siguen diciendo que sus presuntos chorizos son inocentes y que los demás merecen arder en la hoguera; siguen, siguen, siguen. En definitiva, continúan pensando que somos idiotas y que mientras caminan a dos metros por encima de nosotros pueden seguir pisoteando nuestros cogotes.

En este país pueden pillarte haciendo casi cualquier cosa que siempre podrás contestar que no tenías ni idea de lo que estaba pasando, que todo es una caza de brujas. No voy a negar que puede darse el caso en el que efectivamente no tuvieras ni idea de lo que se estaba cociendo, que puedes estar sufriendo un acoso articulado por distintos grupos de poder que lleguen a orquestar una campaña de difamaciones para quitarte del medio. Y desde luego, es lamentablemente cierto que en demasiadas ocasiones pagan justos por pecadores y que hay cabezas de turco que cumplirán los castigos que otros se merecen​.​

Todo esto es evidente y quizás debería obviarlo, pero no es menos justo decirlo. La eterna paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, ese deporte nacional que tan bien se nos da. Lo practicamos con la misma asiduidad que el de aprobar uno mismo las asignaturas y que le suspendan los demás. La de vueltas que damos para no decir un «lo siento, me he equivocado» o un «presento mi dimisión». ​Ya decía Monedero que en política no caben disculpas sino dimisiones. Y en eso debo darle la razón. ​

Todos los actuales actores políticos participan en estas olimpiadas del descaro. Sin duda el Partido Popular se ha ganado la medalla de oro: desde el desfalco sistemático (presuntamente) de las arcas públicas para untar a colegas, pasando por las amnistías fiscales de los amiguetes, los tesoreros con millonadas en cuentas bancarias de paraísos fiscales, coches de lujo aparcados en sus propios garajes y que jamás vieron, derroche de millones en fiestas y regalos mientras los que pagábamos sus lujos nos quedábamos sin plantas de hospitales, sin colegios públicos, sin pensiones ni garantías sociales de ningún tipo. Todo esto lo aderezan con un «que se jodan» (que nos jodamos), por si no nos quedaba claro que se parten de risa en nuestra cara.

Si algo es característico de la formación morada es esa capacidad para empeorar más las cosas cuando aparecen para dar explicaciones

Le sigue de cerca esa anacrónica y antidemocrática institución, tan real como desdibujada: la monarquía. Una familia que va heredando la jefatura de nuestro Estado por la legitimidad que da la sangre (y un pretérito régimen dictatorial por gracia de dios) que en el desempeño de sus funciones ha llegado a creerse su divinidad hasta el punto de vivir en el derroche obsceno a nuestra costa, llegando -presuntamente- a mangar evadiendo impuestos mientras nos contaban el rollo de que todos somos iguales ante la ley. Por si fuera poco, tenemos que contemplar cómo para la actual reina (que en su día presumía de republicana) somos «mierda». Habría que recordarle a esta señora que olemos exactamente igual que ella hace años, y me atrevería a decir que viendo lo que le rodea, puede que incluso, mejor.

El Partido Socialista no queda tampoco fuera de la competición. Aunque ahora nos estallen continuamente las noticias de la mayor trama de corrupción política habida en democracia y el mayor responsable sea el primer partido político imputado en nuestro país, el principal partido de la oposición ha dedicado gran parte de su historia a dar buenas lecciones de cómo funcionaba aquéllo de aprovecharse de las influencias, de los amiguetes, de las subvenciones y de todo lo que pudiera suponer un beneficio a costa de todos. Lo más reciente son las tretas perpetradas a través de los cursos de formación, conocidos como los ERE, en la región de Andalucía, que no por suponer un robo cuantitativamente menor que los presuntamente realizados a manos populares debe contar con menor reproche social. En política los criterios deben ser cualitativos, la responsabilidad mayor y el ejemplo una de las máximas de la función pública.

Es evidente que ante tal panorama (y esto solamente ha sido un recordatorio fugaz y somero) hiciera falta aire fresco, alguien que por fin viniera a demostrar que se pueden hacer las cosas bien. Sin más. Ceñirse a lo que hay que hacer, sin mayores alardes. Y de eso presumían las formaciones como Ciudadanos y Podemos. De venir a desterrar de una vez por todas a esa apolillada clase política que de tanta corrupción había quedado señalada como una casta uniforme, desnuda de ideología y borracha de poder e impunidad. Llegaban los agentes del cambio como un detergente de última generación a dar color a nuestra ropa vieja, a quitar las manchas difíciles, a darle esplendor a nuestros harapos.

Son numerosas las oportunidades que Podemos ha aprovechado con ahínco para demostrarnos que donde decían «digo» ahora dicen «Diego». Podría entenderse que cada vez que han podido hacerlo no han renunciado a presentar una excusa peregrina poniendo de manifiesto la capacidad de aguante de sus fieles (sí, esos batallones de ciudadanos indignados que por fin iban a asaltar el poder para demostrarnos cómo se hacían las cosas bien hechas). Ha dado igual que les hayan imputado, condenado, expedientado, porque siempre ha habido una razón para justificarse. Las hay para todos los gustos, y suelen venir todas acompañadas de ataques iracundos en las redes sociales por esas hordas coordinadas de trolls que parecen tener la misión de no dejarnos pensar ni opinar libremente a quienes no comulguemos con sus «nuevas formas» de hacer política.

Si algo es característico de la formación morada es esa capacidad para empeorar más las cosas cuando aparecen para dar explicaciones. Para ejemplo, un botón que hoy me ha sorprendido: se denuncia que el Senador Ramón Espinar ha faltado a una votación por estar atendiendo a la televisión en ese momento y en lugar de reconocer el error, desde la filas de Podemos (concretamente la diputada de la Asamblea de Madrid, Beatriz Gimeno) viene a justificar la ausencia del portavoz diciendo que estaba cumpliendo con sus obligaciones, puesto que salir en la tele es también necesario para los políticos. Entiendo que quizás una sanción sea excesiva en este caso (es cuestión discrecional del grupo político, a no ser que sea una actitud repetida y en tal caso, el Senado podría suspender la asignación durante un tiempo), pero desde luego me parece mucho más excesiva la justificación peregrina en la que se prioriza atender a una cadena privada (La Sexta), en una tertulia política sin que hubiera sucedido nada tan importante como para que Espinar tuviera razones de faltar a su principal obligación, que es la de representarnos en las instituciones. Y resulta que como no me cuadra la argumentación que me da la diputada Gimeno, que pretende que comulgue con ruedas de molino y asuma que participar en una tertulia para una cadena privada es más importante que cumplir con la obligación como Senador del portavoz, soy demagoga.

Son numerosas las oportunidades que Podemos ha aprovechado con ahínco para demostrarnos que donde decían «digo» ahora dicen «Diego»

​E​so se le dice a una ciudadana que se queja porque denuncia que sus representantes no cumplen. Así reaccionan los de la nueva política: si pido explicaciones, soy demagoga, le hago el juego a la caverna de la derecha, y además, para más inri, según Espinar, «ladramos», así que ellos, según parece, «cabalgan». Estupendo.

Pues sigan cabalgando todos, los viejos y los nuevos. Sigan pensando que Castilla es muy ancha, que somos demasiado necios para exigirles respeto, que ladramos​,​ que somos mierda y que nos jodamos​. Indulten a sus amigos, ciérrennos plantas de hospitales, obliguen a nuestros hijos a estudiar en barracones, dennos lecciones de conciliación cuando con nuestros impuestos a ustedes les pagamos niñeras que les acompañan al trabajo; explíquenme otra vez lo de la casta para ver si lo entiendo, porque yo creía que casta eran los que se aprovechaban de su situación de poder para hacer lo que les salía de dentro, sin dar explicaciones o dándolas de manera insultante.

Por favor, aclárenmelo porque vuelvo a tener la sensación de que nos están tomando por imbéciles, y debo estar equivocada, porque no me puedo creer que hayan hecho todo este ruido para no abrir ni una sola nuez.

En Twitter es @BeatrizTalegon

Fuente: http://www.elplural.com/

Agradecer a Beatriz Talegón su autorización para poder compartir en este espacio su opinión. Gracias

 

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