Expectativas laborales

En una situación económica en la que lo único seguro es la propia inseguridad, la inquietud, el desvelarse en mitad de la noche por el miedo a lo que ocurra al día siguiente; las expectativas de tener una vida próspera como la que se nos han vendido a lo largo de las últimas dos o tres décadas en los anuncios, películas y literatura que raya la ficción, dichas expectativas, caen por su propio peso en el mundo real.

Pero planteemos el panorama de una generación que, si la situación económica y laboral no da un giro de ciento ochenta grados, está abocada a ser catalogada como “generación perdida”. Me refiero a eso jóvenes nacidos entre los años 1985 y 1995, que se han preparado, han invertido mucho dinero en su educación, tanto el estado como sus familiares, y ahora se topan con el telón de acero impuesto por la crisis y los causantes de la misma. Un panorama, en el que se encuentran en un segmento de mercado en el que la competencia de inexpertos como ellos, “no tienen trabajo porque no tengo experiencia y no tienen experiencia porque no tienen trabajo”, es agresiva. Una situación de oferta y demanda en la que las empresas, pueden hacer su agosto particular como el cliente que busca y sondea en el mercado en busca de la mejor oferta calidad-precio.

Quizás los grandes dirigentes del cotarro no se quieran dar cuenta, pero no dando salida laboral a la juventud; estamos condenando a los jubilados de los próximos diez o veinte años, a un sistema de pensiones ínfimo y escuchimizado que se resquebrajará por su endeble consistencia en cuestión de tiempo. Así pues, con unas expectativas laborales que rayan la pesadilla, una competencia inabarcable y unas condiciones laborales cercanas al feudalismo; nos topamos con un hecho revelador a la par que temible: estamos perdiendo una generación entera y estamos aumentando el paro natural de manera significativa.

Resulta frustrante lanzar a los cuatro vientos y por los siete mares un CV raquítico por la carencia de experiencia laboral y que los únicos que te respondan a las ofertas de empleo, sean empresas de “comercio de carne” como me gusta llamarlas, en las que el posible trabajador, se verá obligado a pagar régimen de autónomos sin un mínimo de ingresos. Hay quienes dirán; “hombre, hay que ir poco y llegar a cotas más altas…”.

Hasta cierto punto, os daría la razón, pero en un mercado laboral con cada vez más estrecheces y con el conocimiento previo de que el escalafón al que se pretende ascender, está igual o peor que el primer peldaño en la carrera laboral de todo trabajador, tanto cualificado como no cualificado; a todos se nos hace un grueso nudo en el estómago, nos recorre un escalofrío similar al abrazo de la muerte y un temblor que nace en las rodillas, hace que tus expectativas de futuro, sean tan endebles como una pirámide de naipes en la borda de un barco en un día de tormenta.

Es tal el miedo al mañana que muchos sufren, que se bloquean y se sienten incapaces de dar un paso al frente. Es tal el desorden dentro del mercado laboral, promovido por nuestros políticos (de cualquier partido, aquí no se salva nadie), que una vez acabas los estudios y te lanzas al mercado laboral, al abrir la puerta del mismo, lo único que ves, es un abismo interminable en cuyo fondo, todos los temores que ya tenías en tu interior, se multiplican y se suman a los temores de todo el conjunto de trabajadores que se encuentran en tu misma situación.

Me gustaría tener el poder para ver el futuro, aunque solo fuese un fragmento inconexo del mismo, y ver cómo será el mercado laboral de aquí a quince años. ¿Seguirían existiendo las mismas varas de medir para entrar en él? ¿Seguirá la hegemonía del capital frente al justo reparto de derechos y cuotas de mercado? ¿Seguirían los mismos países de siempre, gobernando el mundo y con las mismas tretas?

Esperemos que no… por el bien de todos. La congoja que se adhiere a mi mente solo de imaginar un futuro igual al presente, hace que se me quiten las ganas de todo. Ya no tenemos una vida en la que vivir… no, ahora tenemos una vida en la que sobrevivir. Una jungla despiadada en la que todos somos cazadores y presas a la vez y en la que impera la ley del más fuerte de Darwin. Una jungla en la que no nos importa a quién o quienes pisoteemos en nuestro ascenso mientras consigamos lo que queremos. Y todo ese esfuerzo y refriega constante, ¿para qué? ¿Para tener una calidad de vida superior?

¿Para dejar a nuestros hijos un terreno más llano? Quizás nuestros hijos lo vean llano y agradable, pero lo que no verán, porque la comodidad nos inhibe de moral y ética, es que ese terreno, se ha construido con y sobre, todos los adversarios que fueron presas del tiempo, de aquellos que no pudieron luchar más hasta que la ley de Darwin les hizo sucumbir.

Somos una especie creativa, me digo siempre. Pero, no puedo evitar preguntarme, ¿por qué esa capacidad resolutiva y de inventiva que poseemos, sólo la utilizamos para destruir o para crear hechos que redunden en el beneficio de nosotros mismos en vez de beneficiar a un colectivo mayor? Somos ambiciosos… y dicha ambición, será nuestra perdición… es cuestión de tiempo.

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