¿Es usted un facha y no lo sabe?

En mi ya larga vida he conocido a muchos demócratas, de derechas y de izquierdas y, tanto en una tendencia como en otra, he tenido que lidiar con intransigentes, reaccionarios, totalitarios, dogmáticos, fanáticos, chaqueteros… y con fachas. Entre estos últimos, había quienes se sentían orgullosos de serlo y también los había vergonzantes; muchos eran conscientes de su condición de facha y otros muchos no lo sabían.

Hay quienes se quejan del término facha, que ven como un insulto y les hace sentirse denigrados cuando alguien se lo llama.

Antes de entrar en materia conviene aclarar qué se entiende por facha. Según la RAE, entre otras cosas, significa: 1.Adjetivo despectivo coloquial, proveniente de la palabra fascista, aplicado a persona, utilizado también como sustantivo. 2.Adjetivo despectivo coloquial aplicado a persona de ideología reaccionaria.

Si bien esta palabra ya se empezó a utilizar en nuestro país antes de la Guerra Civil, fue durante el franquismo y en la Transición cuando se recurrió a ella para definir especialmente a personas de derechas, católicas y de talante autoritario y antidemocrático. Entonces era la manera abreviada de referirse a los franquistas, a los nostálgicos del dictador, a los simpatizantes del fascismo y el nazismo o a los falangistas.

Hoy, el término facha resurge con fuerza en la sociedad española y ha servido para etiquetar, con mayor o menor acierto, a diversos personajes, tales como: Pablo Casado, Isabel Díaz Ayuso, Albert Rivera o Santiago Abascal. En nuestros días, también son adjetivados así políticos como Felipe Gonzalez, Alfonso Guerra, Esperanza Aguirre o José María Aznar, o famosos como Fernando Sánchez Dragó, Hermann Tertsch, Jiménez Losantos, Alfonso Rojo, Alfonso Ussía, Eduardo Inda, Arcadi Espada, Isabel San Sebastián, Ana Rosa Quintana, Carlos Herrera, Javier Tebas, Fran Rivera, José Ortega Cano, Morante de la Puebla, José Manuel Soto, Alaska, Mario Vaquerizo…

En la política internacional el término facha se ha dedicado por ejemplo a Donald Trump (EE.UU.), Jair Bolsonaro (Brasil), Matteo Salvini (Italia), Marine Le Pen (Francia), Viktor Orbán (Hungría), Heinz-Christian Strache (Austria), Alexander Gauland o Alice Weidel (Alemania).

Si algo tienen en común la mayoría de estos personajes nacionales e internacionales es el populismo de su discurso. También suelen poner en el centro de sus diatribas el miedo al comunismo, la emigración, el rechazo a la UE (caso de Europa) y la pérdida de entidad nacional; todos ellos defienden un nacionalismo muy similar al de Hitler, Mussolini o Franco; ¡America first!, de Trump o ¡los españoles primero!, de Abascal, son un claro ejemplo de ello.

¿Es usted un facha y no lo sabe?
Isabel Peralta, nueva musa de Falange

El nazismo y el fascismo son ideologías que muchos identifican solamente con un periodo histórico muy concreto y ya pasado, prefiriendo utilizar en la actualidad la etiqueta de extrema derecha para designar a aquellos partidos políticos (y sus simpatizantes) que tienen como base de su ideología la exclusión y la intransigencia.

Si ser facha supone ser nazi o fascista es una cuestión indudablemente controvertida. Personalmente, no creo que todos los fachas sean nazis o fascistas, pero sí creo que todos los fachas tienen una serie de rasgos comunes en mayor o menor medida. Abundando en lo que entiende la RAE con respecto a este término, podemos decir que actualmente, la mayor parte de las veces, facha va ligado al autoritarismo, al nacionalismo, representado mediante símbolos identitarios, propio del siglo pasado y basado en la nostalgia por la gloria de tiempos pretéritos, a la priorización de valores como la economía, la familia, la religión o la unidad nacional, por encima de los valores sociales y humanos. Los fachas tienen miedo a lo nuevo y, en consecuencia, no permiten expresar ideas peligrosas, prefiriendo el castigo a la rehabilitación y a cualquier educación que fomente el espíritu crítico.

Sin entrar en el análisis histórico ni en el sociológico, vamos a centrarnos básicamente en los aspectos psicológicos que pueden definir a la mayoría de los fachas de este mundo. Porque lo que queremos es encontrar respuestas a la pregunta inicial: ¿es usted un facha y no lo sabe?

Numerosos psicólogos e intelectuales se han dedicado a echar la mirada atrás durante las últimas décadas con el fin de reconocer cuáles han sido los primeros síntomas de la aparición (o reaparición) de movimientos ideológicos excluyentes y basados en la criminalización de minorías.

Aún están recientes en la memoria colectiva nombres como los de Hitler (Alemania), Mussolini (Italia), Franco (España), Stalin (Unión Soviética), Hideki Tojo (Japón), Oliveira Salazar (Portugal), Ceausescu (Rumania), Mao Zedong (China), Kim II-sung (Corea del Norte), Pol Pot (Camboya), Papadopoulos y Pattakos (Grecia), François Duvalier (Haití), Anastasio Somoza (Nicaragua), Noriega (Panamá), Castelo Branco (Brasil), Stroessner (Paraguay), Fujimori (Perú), Trujillo (República Dominicana), Pinochet (Chile), Videla (Argentina), Mengistu Haile Mariam (Etiopía) o Macías Nguema y Teodoro Obiang (Guinea Ecuatorial), ejemplos de barbarie y sangre, entre las muchísimas dictaduras que acaecieron durante el siglo XX en el mundo. Todos sus protagonistas se revelaron ante la sociedad como verdaderos monstruos, incapaces de manifestar indulgencia hacia millones de seres humanos. Pese a las diferencias culturales, geográficas e ideológicas de estos dictadores, todos tienen una serie de características comunes. La mayoría de los investigadores que se han dedicado a estudiar la personalidad autoritaria, dictatorial o facha coinciden en que se trata de sujetos con trastornos psíquicos.

Para Carl Jung, famoso psicoanalista suizo, los dictadores siguen dos patrones: el de jefe tribal (Mussolini) y el de brujo o chamán (la tipología de Hitler).

«Mussolini llegó cuando su país estaba en caos, la clase obrera era incontrolable y había amenaza del bolchevismo», dijo Jung. Según un estudio de la CIA, «Hitler tenía un perfil narcisista, neurótico, suicida, inseguro, impotente, masoquista y se veía a sí mismo como el destructor del superego anticuado hebraico cristiano».

El prestigioso psiquiatra Enrique González Duro señaló que «Franco tuvo una infancia marcada por la figura de un padre mujeriego y una madre fuerte; una juventud en la que distintos complejos sociales y físicos dejaron en él una huella clara; una edad adulta donde la ambición, la tenacidad y la capacidad de trabajo se convirtieron en pilares de su personalidad». Y el historiador británico Paul Preston desgrana esta personalidad, marcada en su opinión, «por su condición de vulnerable, pequeño e inseguro, obligándole a refugiarse en un disfraz que él mismo se encargó de tejer. Franco era voluble y veleta,  según Preston, y poseía una personalidad cambiante en la que siempre predominaba el afán por mentir y tergiversar la realidad a su favor».

En el siglo XX el filósofo Theodor W. Adorno y los psicólogos Daniel Levinson, Else Frenkel-Brunswik y Nevitt Sanford teorizaron acerca de un tipo de personalidad que hacía referencia al individuo potencialmente fascista, al cual etiquetaron como personalidad autoritaria, basándose en escritos anteriores de Erich Fromm, uno de los más grandes filósofos humanistas modernos de la historia, además de psicólogo social y psicoanalista. La teoría en cuestión considera la personalidad autoritaria como la característica de poseer un superego estricto que controla a su vez un ego más débil incapaz de hacer frente a sus fuertes impulsos. Los conflictos derivados de esta pugna acaban provocando inseguridades personales, lo que a la postre conlleva al super yo de la persona, a ceñirse a las normas convenidas impuestas desde el exterior, al convencionalismo y la sumisión a las autoridades que imponen dichas normas.

Con anterioridad, el psicoterapeuta y colaborador de Freud, Alfred Adler había puesto el acento en los complejos de inferioridad y superioridad del individuo que habría de ser etiquetado años más tarde como de personalidad autoritaria o potencialmente fascista.

El complejo de inferioridad considera la percepción de desarraigo que un individuo obtiene a causa de haber padecido una infancia mala, plena de burlas, sufrimientos, rechazos, aprensiones, etc. Este complejo es definido como el sentimiento en el cual una persona se siente de menor valor a los demás, lo que, normalmente, sucede en forma inconsciente y obliga a quien lo padece a sobrecompensarlo. Esta reacción ante el complejo, en el mejor de los casos puede dar lugar a logros exitosos y en el peor a desarrollar un comportamiento esquizoide severo.

El complejo de superioridad, según Adler, es un mecanismo inconsciente, neurológico, en el cual el individuo trata de compensar sus sentimientos de inferioridad, resaltando aquellas cualidades en las que sobresale, siendo la consecuencia del proceso de transferencia que busca esconder la inferioridad percibida, con la pretensión de ser superior a los demás en algún aspecto vital. El complejo de superioridad se manifiesta como una afectación de la personalidad que conduce a la adopción de posturas prepotentes o arrogantes en el trato con los demás. La sabiduría popular suele ser certera cuando nos dice «dime de qué presumes y te diré de qué careces».

Resumiendo, la personalidad autoritaria o facha es el conjunto de características individuales que, adquiridas durante la infancia, predisponen a un individuo a aceptar y adoptar creencias políticas antidemocráticas, encontrar satisfacción en la sumisión a la autoridad, dirigiendo la agresión hacia las minorías sociales, étnicas o a los grupos sometidos a la marginación social. El facha es intolerante, se suele mostrar como xenófobo, racista, discriminador y, a menudo, exhibe conductas machistas y homofóbicas. Posee una manera de pensar muy determinada y rígida, es decir, estereotipada, con abundantes prejuicios, actitudes propias del conservadurismo y suele recurrir a la mentira y a la agresividad verbal o física cuando se ve incapaz de imponer sus opiniones.

¿Y qué ocurre con los fachas actuales?, ¿qué les caracteriza? Un estudio publicado por la revista Behavioral Psychology en 2017 concluyó que «el ya expresidente Donald Trump reúne todos los rasgos que definen un Trastorno de la Personalidad Narcisista, es decir, posee un patrón dominante de grandeza y prepotencia, exagera sus logros y talentos y espera ser reconocido como superior; además carece de empatía, siendo incapaz de reconocer o identificarse con los sentimientos y las necesidades de otras personas, sobre todo, de las más débiles y humildes, muestra agresividad y odio, especialmente cuando se ve incapaz de imponer sus ideas mediante la razón, y utiliza mentiras frecuentes que él mismo se encarga de fabricar».

¿Algunas de las características psicológicas enumeradas hasta ahora podrían aplicarse a personajes como Marine Le Pen, Viktor Orbán, Matteo Salvini o Santiago Abascal? La respuesta la dejamos en manos del lector: el análisis es nuestro, las conclusiones suyas.

¿Es usted un facha y no lo sabe?
Javier Ortega Smith, Iván Espinosa de los Monteros y Santiago Abascal (VOX)

El perfil del dictador puede ser diverso, pero casi todos los investigadores consultados coinciden en que se trata de «un sujeto con trastornos psíquicos, por una afección del lóbulo frontal inferior del cerebro, en el circuito donde se inhiben los impulsos agresivos creados en las amígdalas de ese órgano». La amígdala está conectada al hipotálamo y es el centro principal de los circuitos donde se regulan, entre otras cosas, el miedo, la rabia, el deseo sexual y la memoria emocional.

La amígdala es una estructura compleja y vital para la supervivencia, participando y estando vinculada en gran cantidad a fenómenos psicológicos y fisiológicos. Una amígdala alterada crea serios problemas en la emisión o inhibición de respuestas emocionales, tanto en lo consciente como en lo inconsciente, y permite asociar a las experiencias que vivimos sensaciones de gratificación o aversión, también nos hace gestionar mal el miedo y la reacción lucha/huida, así como el aprendizaje emocional, la memoria, la conducta sexual o la agresividad.

Para John Gunther, autor de libros sobre los regímenes totalitarios: «Todos los dictadores son anormales. La mayoría de ellos son neuróticos». Hitler tenía un trastorno bipolar, un alto grado de narcisismo, sufría paranoias y complejos de varia índole, mentía, carecía de compasión, tenía comportamientos sádicos y un apetito insaciable de poder.

¿Podría aplicarse este enfermizo perfil psicológico a los ya citados Marine Le Pen, Viktor Orbán, Matteo Salvini o Santiago Abascal? ¿Podrían tener todos ellos un trastorno de la personalidad antisocial, tal y como se define en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales, que edita la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, la más influyente organización mundial de profesionales de la psiquiatría?

Seguramente que si miramos a nuestro alrededor descubriremos a personas conflictivas, agresivas, cargadas de odio y carentes de empatía. Y si rascamos un poco acabaremos por descubrir que en mayor o menor grado estas personas comparten varios o todos los síntomas del trastorno de la personalidad antisocial: 1) Desprecio por el bien y el mal. 2) Mentiras o engaños persistentes para explotar a otros. 3) Ser insensible, cínico e irrespetuoso con los demás. 4) Usar el encanto o el ingenio para manipular a otros para beneficio o placer personal. 5) Arrogancia, sentido de superioridad y ser extremadamente persuasivos. 6) Problemas recurrentes con la ley, incluidas conductas delictivas. 7) Violar repetidamente los derechos de los demás a través de la intimidación y la deshonestidad. 8) Impulsividad o falta de planificación. 9) Hostilidad, irritabilidad importante, agitación, agresión o violencia. 10) Falta de empatía por los demás y de remordimiento, como lo indica la indiferencia o la justificación del haber dañado, maltratado o robado a otros. 11) Toma de riesgos innecesarios o conducta peligrosa sin tener en cuenta la seguridad propia o de los demás. 12) Relaciones pobres o abusivas. 13) No pensar en las consecuencias negativas de la conducta ni aprender de ellas. 14) Ser generalmente irresponsable y fallar repetidamente en el cumplimiento de las obligaciones laborales o financieras.

¿Si usted se identifica en buena medida con varios o todos estos síntomas, es posible que detrás de su careta se esconda un facha? Tal vez.

¿Es usted un facha y no lo sabe?
Acto de VOX en la Puerta del Sol de Madrid

Según Umberto Eco, uno de los grandes semiólogos y filósofos del siglo XX, técnicamente, el fascismo es un movimiento político y una ideología asociada a este que se asientan en la defensa de una política basada en la identidad esencial de la población, el uso de la violencia para reprimir a la oposición política y el uso de una economía dirigida estatalmente que, a su vez, favorece a grandes empresas debido a su corporativismo.

En un principio, el término fascismo se utilizaba para denominar la deriva política impulsada por Benito Mussolini en la primera mitad del siglo XX, pero también puede denominar otras propuestas políticas recientes y similares a la original. Concretamente, el resurgimiento de partidos políticos que utilizan discursos abiertamente xenófobos ha hecho que las comparaciones con el viejo régimen del dirigente italiano se vuelvan frecuentes.

Umberto Eco enumeró 12 señales de alerta para identificar el fascismo (y a los fachas), alertándonos con ellas de cómo esta ideología (y forma de ser de ciertos individuos) gana terreno en la política estatal o regional en el mundo:

  1. Utilización del miedo a lo diferente. La estigmatización de minorías que no encajan exactamente en el arquetipo de ciudadano medio o que viven a través de formas de expresión cultural distintas (sean inmigrantes, LGTBI, comunistas, independentistas, etc.) es frecuente en el pensamiento fascista. Esto permite reforzar la idea de identidad nacional, que puede servir para reivindicar cualquier objetivo político.
  2. Control y represión de la sexualidad. Este control, en especial sobre lo femenino, es un sistema propagandístico gracias al cual se piensa en el proyecto político incluso en los momentos más íntimos y domésticos. Dicho control permite igualmente reprimir minorías, ya sea por su orientación sexual o por la manera en la que se concibe lo sexual y afectivo (el machismo y, naturalmente, el antifeminismo son exponentes de este tipo de represión).
  3. Oposición sistemática a la más mínima crítica. El rechazo total a las críticas permite hacer y deshacer cualquier clase de iniciativas sin tener que dar explicaciones ni rendir cuentas ante nadie. Enfado, exabruptos y pérdida de control es la respuesta de estas personas ante quien osa llevarles la contraria, mostrándose incapaces de afrontar con posterioridad ninguna aclaración razonada al respecto.
  4. Valoración de la fuerza y la acción por encima del intelecto. La desconfianza hacia lo intelectual hace que el pensamiento crítico de un país quede herido de muerte. Quienes así piensan suelen despreciar a intelectuales y racionalistas (por ejemplo, les gusta utilizar calificativos despectivos como progres o buenismo).
  5. Apelación constante a una amenaza que no desaparece. Apelar continuamente a una amenaza eterna permite introducir, por ejemplo, el estado de excepción o medidas represoras que no tendrían justificación en situaciones normales. Ilegalizar partidos políticos democráticos con ideologías radicalmente opuestas a la suya, criminalizar la libertad de expresión o el terrorismo de estado son un ejemplo de esto.
  6. Uso de discursos de vocabulario sencillo y basado en tópicos. Se suele acudir a mensajes relacionados con ideas impactantes, como quién tiene la culpa de algo, invocándose medidas drásticas para atajar los supuestos problemas, pero sin querer profundizar en estos mediante el análisis de los datos.
  7. Ridiculización de lo innovador o novedoso. Todo aquello que se separa del modo tradicional de ver el mundo es rechazado y ridiculizado como si fuese una distracción, una mentira o un pasatiempo banal.
  8. Énfasis en la importancia de la tradición y la identidad nacional. Apelar constantemente a la identidad de un pueblo y a la tradición es una manera fácil de reivindicarse como el espejo natural de la voz de ese colectivo. No hace falta proponer políticas que beneficien a la mayoría, simplemente se utilizan los símbolos, los iconos y las costumbres como piezas de la propaganda.
  9. Llamamiento constante a una clase social descontenta. Esta no es una característica que de por sí defina al fascismo, ya que se hace desde muchas tendencias políticas. Sin embargo, el fascismo se reivindica como la única voz de esa parte de la población (nosotros somos el único partido que es capaz de decir la verdad), como si en ella no existiese la pluralidad.
  10. Utilización de un líder carismático que dice representar al pueblo. El líder es el reflejo del pueblo, y como tal habla en su lenguaje y trata de expresar las mismas preocupaciones (reales o prefabricadas) que el estereotipo de la parte de la población a la que apela. Sus decisiones personales y sus gustos y preferencias son tomadas como un asunto político, ya que es la encarnación de la voluntad popular.
  11. Búsqueda constante de culpables externos. Culpar de todo a quien está fuera del sistema de propaganda y no se puede defender permite desplazar la atención sobre los fallos del partido o, si quedan revelados, se muestran como equivocaciones dadas en la lucha contra un mal mayor.
  12. Apelación permanente a la voluntad del pueblo (aunque este no se haya pronunciado democráticamente). Intentan apropiarse de las reivindicaciones populares haciendo que pasen a lo institucional y allí se disuelven y se confunden con los objetivos políticos de los líderes del movimiento fascista.

Respóndame. No, mejor aún, respóndase a sí mismo: ¿es usted un facha y no lo sabía?

¿Es usted un facha y no lo sabe?

Finalmente quisiera decir que, dado que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y ante el miedo de que la historia vuelva a repetirse, convendría evolucionar a un mundo cada vez menos ignorante, con pueblos con capacidad de autocrítica, que sean gobernados por líderes que defiendan la igualdad, la justicia social y los derechos humanos.

¡La leal oposición ante la crisis del coronavirus!

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