Entre mercenarios y cipayos
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El concepto de Mercenario se hunde en las profundidades de la Historia de la Humanidad para referirse a los soldados dispuestos a servir al mejor postor. Eran militares profesionales que atendían a la paga o botines, en general obtenidos por medio del saqueo. En el siglo XIX, XX y en el XXI, luego de la privatización de los ejércitos a servicios de corporaciones económicas más que a gobiernos, resurgen con fuerza para evidenciarse como medios de obtener beneficios más que de defender valores nobles. Valores como la Libertad, el Honor, la defensa del Bien Común. Parece haberse olvidado la connotación del término, para referirse a una persona, en cualquier situación, que es contratada para actuar en torno a los beneficios que puede obtener de sus acciones. El Mercenario es quién puede dejar de lado a valores como la Lealtad, la Convicción o el Compromiso, para atender únicamente a la recompensa por sus acciones. Sería la figura de un traidor en toda regla. ¿Conocen algún caso en el ámbito de la política, la administración o la sociedad civil? Lo qué sí conocemos es la cuantía del botín anual del que se apropian: 90.000 millones de euros. Recuérdalo.

Durante el siglo XX también solía hablarse de los Cipayos. En persa, Sipahí. En turco, Spahi. En inglés, Sepoy. En francés, Cipaye. En castellano, Cipayo. En cualquier caso, según parece, el término se origina en el Imperio Otomano. Eran los miembros de una tropa de caballería de élite incluida dentro de las Seis Divisiones de la Caballería del ejército otomano que normalmente procedían del Magreb. Este imperio mantuvo una larga historia desde el siglo XV hasta el XX. Posteriormente, en tiempos del imperio británico, se conoció a un Cipayo como un nativo de la India reclutado al servicio de la Corona. Esta práctica también se llevaba a cabo en los ejércitos coloniales de Francia y Portugal. Como consecuencia de los servicios prestados, se generalizó una segunda acepción del término, como nativo de una colonia simpatizante con los intereses metropolitanos o, simplemente, “secuaz a sueldo”, como recoge la Real Academia Española. Nuestra Academia lo definió. Por tanto, existen cipayos. 

Mucho antes que este significado fuese asignado en España, por el entorno de ETA, a la policía del País Vasco, Arturo Jauretche, en Argentina, un singular pensador acuñó el término. Este intelectual fue singular. Descolló como pensador, escritor y ensayista, animador y referente principal del revisionismo histórico, mentor del peronismo en el poder y luego desde la resistencia, ideólogo del llamado “pensamiento nacional” y a la vez, consistente crítico de los poderes establecidos y el pensamiento dominante. Su trayectoria permite reconstruir esa tradición de un pensamiento de defensa de la riqueza nacional.

Así, desde la temprana militancia en el radicalismo yrigoyenista de la Argentina, a las canteras que tributarían al movimiento gestado detrás de la figura de Perón, aquel militar transformado en el líder laborista, su protagonismo llegará en la segunda mitad de los 50, luego de la Libertadora, a través de sus libros y artículos periodísticos, como polemista e implacable crítico del antiperonismo y sus imposturas. Borges le prologó un temprano texto de juventud. Con Ernesto Sabato hubo fuertes controversias al calor de una amistad. Quienes lo conocieron recuerdan su ironía campechana y su honestidad intelectual. Su propuesta era la integración de la burguesía y el proletariado, cuyos intereses comunes estarían fijados por el desarrollo de una sólida economía nacional. Esta posición le granjearía a la vez la poca simpatía de liberales y dirigentes del justicialismo. A él le debe el vocabulario político también la popularización de otros términos: “vendepatria” o “tilinguería”. En 1973, con el regreso de la democracia y el peronismo al poder, observó el comienzo de otro derrumbe. Murió 36 días antes que Perón, a los 72 años.

Me pregunto si en la España del siglo XXI existen Cipayos o simplemente Mercenarios al servicio de las corporaciones y los Fondos Buitres. A tenor del despojo que se exhibe impúdicamente ante nuestros ojos por los diferentes procesos de corrupción, pareciera que hubo verdaderos ejércitos de ellos al servicio de los más diversos intereses desde las mismas profundidades del franquismo hasta nuestros días. Qué nivel de hipocresía blandieron mientras flameaban las banderas henchidos de patrióticos fervores.

Ya decía en el Siglo XIV Francesco Petrarca que: “Todo el mal que puede desplegarse en el mundo se esconde en un nido de traidores”.

Tú y yo conocemos en dónde se hallan esos nidos. Quieren regresar. El botín es jugoso. Votemos para neutralizarlos.

El abuso de las palabras y los tres filtros

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