Entre el juicio y el prejuicio

Corren malos tiempos para las religiones. El ateísmo es la doctrina de moda en una juventud cada vez más reacia a las creencias sin base empírica. La fe comienza a verse como un conservadurismo; algo anticuado que todos respetan, pero pocos creen. Como agnóstico, no vengo a hablarte de libros sagrados, dogmas morales o fábulas divinas, sino a demostrar que la religión es más que un saber obsoleto.

Si bien todas las religiones se transmiten por medio de mitos pintorescos, su trasfondo es más analítico y racional de lo que parece. Dios, destino, voluntad divina… son términos pervertidos por el componente mitológico, pero cuyo origen se fundamenta en conclusiones muy agudas. Un ejemplo llamativo es la predestinación en la que creían los vikingos, egipcios y griegos clásicos:

Imagina que esta noche ves una película por recomendación de alguien. A los dos meses, en un bar, conoces a una chica que resulta haberla visto también. La conversación da pie a que os veáis más veces y se forja una amistad. Un día cualquiera quedáis para comer. De camino al restaurante, le avisas de que estás llegando, pero, al distraerte escribiendo, un coche te atropella por cruzar en rojo; mueres en el acto. Sin saberlo, la decisión de ver una película desencadenaría tu muerte a largo plazo.

Cada evento produce unas consecuencias que, por involucrar infinitas variables, resultan imprevisibles. Si hubieras sabido con antelación la hora de salida del coche, su ruta exacta, tu velocidad de paso, el tiempo que tardarías en escribir, cuándo se cerraba el semáforo… podrías haber previsto la situación antes de que ocurriera. Conocer las variables es conocer el futuro, pues, si las causas ya están dadas, la consecuencia también. A esto se refiere la palabra destino. Los acontecimientos, queramos o no, ya han ocurrido; solo hay que esperar a que lleguen. En palabras de Savater: “No somos libres de elegir lo que nos pasa, sino libres para responder a ello de tal o cual modo”.

Otro concepto interesante y malinterpretado es la figura de Dios. Procedente de Θεός (Deus en latín y Zeus en griego), hace referencia a una entidad creadora. No a un anciano con barba ni a un profeta milagroso, sino a un evento físico divino. ¿Por qué divino? Porque es un hecho sin causa, nada más. El universo se rige por la Causalidad: todo lo que se mueve ha sido movido por algo. Sin embargo, la Primera Causa es un evento sin motivo anterior, es decir, rompe con esta ley. Si no se rige por una ley universal, no pertenece al universo; por eso es divino. No se debe a rasgos mágicos o fantasiosos. Simplemente, la idea de un Evento Originario implica que este sea superior a las mecánicas de nuestro mundo.

Por tanto, los ateos no siempre reniegan de ideas religiosas, sino de los estereotipos bíblicos usados para contarlas. Si al destino lo llamásemos “ausencia de  libre albedrío”,

¿Cuántos  creerían  en  él?  Si  en  vez  de  Dios  dijésemos  “Causa  Primera Universal”,

¿Cuántos se atreverían a negar su existencia? Al final, el ateísmo de hoy es más superficial de lo que parece. Muchos autoproclamados ateos son, en realidad, agnósticos sin saberlo, pues se limitan a negar las fábulas de la Creación o Jesucristo sin reparar en los principios básicos que realmente construyen las religiones.

Además, un error común entre jóvenes progresistas, es confundir su odio a la Iglesia con el odio a la fe, cuando son asuntos radicalmente distintos. La Iglesia es una empresa privada, con su financiación, su jerarquía y sus sedes. No representa a las creencias, sino que se beneficia de ellas, pues son la base del negocio. La religión, por su parte, solo es un conjunto de ideas. Los abusos, guerras o fanatismos no derivan de la religión en sí misma, sino del uso que le dan ciertas personas e instituciones.

En resumen, defender la fe con dogmas bíblicos incluidos es tan irreflexivo como negarla sin profundizar en ella. Tachar de ignorante al creyente es igual de absurdo que llamar pecador al ateo. La fe no ha de ser objeto de exaltación, pero tampoco de burla. El equilibrio ideal se halla en la media tinta: moderar lo que se cree y conocer lo que se niega.

En defensa del libre consumo

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