La ley que redefina la democracia

Leyendo la vida de Foción de Atenas en Vidas paralelas de Plutarco me entero con incredulidad de su ejecución, a manos de los ciudadanos a los que defendió contra varios enemigos. Me sorprende enormemente que un hombre insigne y honrado fuera asesinado legalmente por la democracia ateniense. Poco despues, no obstante, arrepentidos de su locura, los ejecutores le restablecieron los honores con una estatua y el permiso de ser enterrado.

Hoy día, imbuidos del poder de nuestra democracia y de las mayorías, la mayoría ignoramos el tragicómico destino de un hombre de bien, hace ya dos mil trescientos cuarenta años. Sin embargo, la lección queda en la memoria de quien se tome la molestia de reflexionar.

Decía Carl Gustav Jung -psicoanalista suizo de principios del siglo XX- que reflexionar supone un esfuerzo, por lo que la mayoría de la gente prefiere juzgar. Así le fue a Foción, presa de sus enemigos envidiosos en una ciudad a merced de las masas y de quienes las supieran conducir.

Todos creemos en muchas cosas, ¿no es cierto? Que la Tierra es plana o redonda; que nos visitan extraterresres o no, incluso que el cambio climático está causado por el hombre o es cíclico. Creer nos permite vivir seguros dentro de nuestro yo, en medio de un mundo caótico, e intercambiar opiniones con nuestros semejantes para convencerlos de que no estamos ni tan perdidos ni tan solos como ellos. Lo difícil radica en crear distancia respecto de los acontecimientos, mantener la calma y despertar la mente, azuzarla, para que analice desapasionadamente, liberada de las emociones que todo lo nublan. Si creo en algo, ya me dan igual las creencias opuestas: tengo un lugar en el mundo. Si creo mucho, me veo obligado a desposeer a los demás de sus creencias; si creo en exceso, a despojarles de su lugar en el mundo. A lo mejor, lo mejor es no creer sino saber. Y, antes de saber, dudar para investigar. Pero la mayoría quiere soluciones fáciles que adormezcan las preguntas insufribles de su conciencia: ¿hay un dios? ¿No lo hay? Es que, si lo hay, viviré así; si no, pues asá. ¡Necesito una respuesta! Si no lo sé a ciencia cierta, ¡cometeré errores, mientras el resto de la gente estará en lo cierto, con lo que me quedaré estancado, olvidado y apartado de la evolución del ser humano! (Darwin estaría satisfecho: hemos creído al cien por cien en que descendemos del mono, y eso que todos los científicos nos hablan de una teoría de la evolución y no de hechos, es decir, de una tesis).

Si uno cree, cree que sabe, sin saber. Más nos vale saber, aunque sepamos poco. Cuando no sabemos, no pasa nada: escuchamos, preguntamos, investigamos; en el camino, nos hacemos sabios. ¡Cuán atrevida es la ignorancia y cuán discreto el conocimiento! Nos cruzaríamos por la calle con él sin reconocerlo, pero a la otra, a la atrevida, ¡no hay quien no la reconozca!

Y así va el mundo, a la velocidad de la masa creyente, hasta que un loco con su atrevimiento la despierte y los valientes que lo sigan corroboren la locura, con lo que, finalmente, convertida en ciencia, gane la primera un pasito de cordura.

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