El fracaso del cuarto movimiento europeo

Confieso que soy un adicto a la música. Para nada un especialista. Simplemente, no concibo a la vida sin música. Me definiría como un oyente. La música me inspira. El Universo es música.

Esto es tan así que, no hace mucho tiempo, tuve ocasión de escuchar cómo el auditorio se arrancaba a aplaudir luego del primer movimiento en una sinfonía.

Es menester definir que, una sinfonía, es una obra completa. Sucesora de la sonata. inclusive, para algunos, la sinfonía es una sonata para orquesta. Los movimientos son las piezas o partes de una sinfonía y toman ese nombre debido al cambio de tempo que tienen entre uno y otro. Son distinguibles entre sí, ya que el carácter, ritmo, tonalidad y temática son diferentes.

Los movimientos son los segmentos en los que se divide la sinfonía, que suelen ser por lo general entre tres y cuatro. Como si nos contaran una historia en varios capítulos, la sinfonía tiene una unidad temática. Es decir, que configuran una obra completa. Por ello no debe aplaudirse hasta la conclusión de todas sus partes.

Como es sabido, el himno incluido en el Cuarto Movimiento de la novena sinfonía de Beethoven, “Oda a la Alegría”, fue adoptado oficialmente como el representativo de la UE.

Esto requiere una cierta atención a los fundamentos de aquella decisión.

En 1955, fue una sugerencia hecha por el conde austriaco Richard Nikolaus Graf von Coudenhove-Kalergi.

En 1971, la entonces Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa decidió proponer esta oda de la Novena Sinfonía de Beethoven como himno.

El 19 de enero de 1972, el Consejo de Europa anunció finalmente la elección de la “Oda a la Alegría” como himno europeo. Desde entonces, el himno europeo es un extracto del preludio del “Himno a la alegría” de la 9ª Sinfonía de Beethoven.

Se suele distinguir entre “Oda a la Alegría”, para denominar al poema original de Schiller, e “Himno a la alegría”, como denominación del cuarto movimiento de la Novena sinfonía. Este, incluye una selección del texto de Schiller, las palabras introductorias de Beethoven, y, por supuesto, la música.

Uno de los más grandes directores contemporáneos, Herbert von Karajan, accedió a una petición del Consejo de la Unión Europea de escribir tres arreglos instrumentales para solo de piano, viento y orquesta sinfónica.

Así, se hizo oficial en 1985 como Himno de la Unión Europea tras la aprobación de los jefes de Estado y de Gobierno de la UE. Se interpretó por primera vez de manera oficial el 29 de mayo de ese mismo año.

El criterio que dio lugar al consenso en la decisión fue que, este himno, según la Unión Europea, no sustituye a los himnos nacionales de los países de la UE, sino que “celebra los valores que todos ellos comparten”.

Aquí, es donde se encontraron en mi cerebro varios simbolismos en estos dos episodios.

El primero, es lo referido a la necesidad de considerar a una obra como algo completo.

Cuando el público se arrancó en aplausos, luego de interpretado el primer movimiento, en el caso que referí, dejó en evidencia su incomprensión del sentido total de la obra.

Su aplauso fue emocional. Su expresión indicó inoportunidad. La obra estaba incompleta. Los españoles y otros pueblos de Europa también se dejaron llevar por la emoción de suponer que la tarea europea estaba, si no completa, al menos ya en un curso inconmovible. Primer error.

El último movimiento de la obra de Beethoven es un final coral sorprendentemente inusual para su época. Hasta tal punto, que se ha convertido en símbolo de la libertad.

Este compositor fue revolucionario no sólo en las formas, también en el fondo. A los 22 años, en 1793, tomó contacto con ella. Esta obra, como pocas, dejó a las claras su sentido humanismo y la emoción que el mismo le sugería.

El segundo simbolismo, tiene que ver con la vigencia del mensaje del texto: “celebrando los valores que todos ellos comparten”. Hoy merecería más de una precisión.

Las playas del Mediterráneo se siembran de cadáveres. Los hospitales de este proyecto europeo también están dejando de ser una expresión del humanismo de los fundadores. El empobrecimiento generalizado un método para resolver el pago de una crisis injusta.

Europa es gobernada por una elite financiera, no política. Por instituciones autocráticas y oportunistas. Indemnes al ejercicio democrático del votar. El abuso de la ley del más fuerte se sobrepone a la Justicia.

Por eso no importa lo que voten los griegos. Serán castigados. De libertad poco. De humanismo nada. De acción psicológica mediática mucho.

La rapiña institucionalizada es otra expresión el fracaso del cuarto movimiento.

Para ejercer la Libertad es necesario comprender que este valor no es gratuito ni se toma vacaciones. Lograr un estado de esa condición resulta de un esfuerzo cotidiano. Llevando a cabo innumerables sacrificios.

En ocasión de los Proms londinenses de 2012, en una entrevista previa a la sesión final correspondiente a la Novena, de la integral de las Sinfonías de Beethoven, siendo el director del ciclo Daniel Barenboim, la presentadora le preguntó qué opinaba del mensaje de la obra, en relación a la Europa actual. El director, mirándola fijamente, le respondió que “…la solución la encontrará usted misma”. Esa es la simple realidad.

Es necesario contar con una dirigencia comprometida y honesta y una ciudadanía consciente del precio que habrá que pagar por la libertad. Dispuesta a ejercer una voluntad suficiente para evitar los abusos que se siguen, y se seguirán, cerniendo sobre los más vulnerables.

Poco tiene que ver con lo que Friedrich von Schiller escribió en 1785, en su Oda:

“¡Abrazaos millones de seres!

¡Este beso al mundo entero!

Hermanos, sobre la bóveda estrellada

Debe habitar un Padre amante”

Probablemente ese Padre, al que se refiere Schiller, ya debe de haber abandonado Europa.

Fuente: Publicoscopia

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