El fin del coche como motor de prestigio

Todos los cinéfilos recordaremos aquella escena de Regreso al Futuro en la que Marty McFly vuelve a su época para encontrar que su padre ya no es un perdedor y que quien le hacía la vida imposible ahora lava su flamante coche.  La película, famosa por la deificación de la cultura pop de los años 80, elevó a la categoría de hazaña el mito del hombre moderno que tiene su coche como muestra inequívoca de estatus social.

Si el Capitalismo ha tenido un fetiche estrella ese es el coche personal. Nada ha dicho mejor ni más claro qué posición se ocupaba en el escalafón social que un cayenne ridículamente potente para el recorrido real destinado a tener. Muy poca gente se para a analizar las posibilidades tecnológicas de todas las cosas que están a nuestro alcance y el escaso uso de ellas por la mayor parte de la población. Irónicamente, nuestra sociedad, siempre demandante de tecnología cada vez más avanzada, tiende al analfabetismo en cuanto a esta tecnología se refiere. Usamos bólidos para dar paseos o ir a trabajar y ordenadores en miniatura para enviar emoticonos, pero no importa, porque lo que realmente nos mueve es saber que esa tecnología está en nuestras manos, que es nuestra y como tal, tenemos derecho a ostentar de ella.

En esta ilusión de vida, un coche es más que una simple herramienta de vida, y bien que se ha ocupado la publicidad de mostrárnoslo.  Anuncios de estética cuidada que nos mostraban a hombres de éxito, a menudo actores, conduciendo vehículos lujosos por lugares de ensueño con un mensaje claro: “si quieres ser como él, cómprate ese coche”. Y es que, seamos claros, lo último que vende un anuncio es un producto, lo principal es vender una idea, una idea de éxito en la mayoría de casos, como en los spots sobre coches. Esa idea es lo que hace que alguien se gaste dinero que, muchas veces literalmente, no tiene.

Pero como todo en esta vida, este fenómeno está condenado a morir. Nada vive para siempre, y por suerte o por desgracia la propia mecánica de la sociedad acaba por hacer lo que muchas románticas revoluciones no pudieron.  No hay nada como la evolución tecnológica para quitarnos de encima lo que, irónicamente, nos dejó el mismo desarrollo. Y es que, ¿qué pasará cuando los coches puedan conducirse a si mismos? ¿cuándo subirse en un coche sea como subirse en el metro? Es de esperar que los anuncios en blanco y negro con maduras estrellas de Hollywood pasen a mejor vida, como la televisión que los emitía.

Si esto suena a Ciencia-Ficción, o a un futuro aún muy distante, sólo hay que echar mano a la prensa para ver como esta tecnología está cada vez más presente, aunque estas noticias aparezcan siempre en la página veinti-algo del periódico y no en portada. Yamaha, emblemática empresa del motor, ha hecho de la primera moto pilotada por un robot, que ha presentado bajo el nombre de Motobot en el 44 Salón del motor de Tokio. Pero ojo, un androide, no un robot que no resulta ser más que un sistema eléctrico unido a un brazo, que es lo que hemos entendido como “robot” hasta ahora, excepto en el cine y la literatura, ahora tan cerca de hacerse realidad.

La máquina ha sido lanzada con la intención de poder retar y ganar a cualquier corredor de carne y hueso. Esta noticia no ha surgido de repente, pues ya hubo otra la pasada primavera sobre un camión que, sin conductor alguno, recorrió las arterias de Estados Unidos. Podemos estar, y estamos, ante una nueva generación de vehículos que se podrán, literalmente, conducir solos.

Llegará el momento en el que el coche privado desaparecerá o bien disminuirá su uso y la mayoría de la población accederá a los automóviles que estén dispuestos en la calle, esperando a que alguien inserte una tarjeta en ellos para llevarlos a alguna parte. En ese momento el valor de lujo del coche, que te permite ir rápido y cómodamente sin depender de nadie más, se perderá para siempre. En ese momento desaparecerán los accidentes, los atropellos, los atascos y los anuncios de la DGT que intentan concienciar a quienes tienen vidas en sus manos y no se han enterado.

Nuestros hijos nos mirarán extrañados por muchas cosas, pero sin duda una de ellas será nuestra adoración por el coche propio, ese gran símbolo de un Capitalismo ya decadente. Se preguntarán quizá cómo fuimos capaces de hipotecar parte de nuestras vidas por esa máquina con la que te puedes matar yendo a trabajar para pagarla.

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