El Diablo de Marx que garantiza la existencia del Dios Institucionalizado
Fuente: http://doctorpolitico.com/

El marxismo latinoamericano, o sus actuales perspectivas neomarxistas, que hoy son incluso categoriales válidos para ciertas izquierdas europeas (de aquí que podríamos signar lo latinoamericano no sólo como iberoamericano sino como occidental)  como respuesta al teocentrismo medieval inoculado por la universidad como claustro del conocimiento,  actúa como concepto enquistados en la filosofía política y en la filosofía de la educación secular, vendría a ser como  el opio de los intelectuales contemporáneos, bajo estas categorías eurocéntricas, de Dios y Marx, nos limitamos para comprender la realidad política y filosófica (e incluso el desandar de muchos partidos o expresiones políticas recientes), desde esa inoculación educativa que se realiza desde lo filosófico, únicamente entendido como ejercicio disciplinar, anatematizado en conceptos o en conversaciones entre autoridades aprobadas, previamente por un canon o una vara, asentada, no en el logos o en la intensidad filosófica, sino en la vara del pupitre, en la férula de la nota autoritaria que en el mundo formalmente aceptado de lo académico, como prisiones tolerables del pensar, evitan incorporar lo que nos nutre de raíz, de lo que hemos sido, antes, durante y luego de la conquista, tanto los latinos como los Africanos quiénes estamos vinculados desde estas cuestiones arquetípicas, y sojuzgados intelectualmente por una cultura que no hasta hace mucho, en valor de la pureza enviaba a seres humanos a duchas donde emanaba el vapor de la muerte; como si la intensidad filosófica no fuese además de pensar, o conjuntamente con el pensar, danza y poesía.

El Marxismo irrumpe, además, como el espacio de esa libertad ausente, pero apuntando esa ausencia libertaria de las fábricas, desde el núcleo básico del sistema económico y político, se auto enviste de solución salvífica, pero desde el presidio de máxima seguridad del claustro.

El traslado al ámbito intelectual latinoamericano de algunas de las polémicas que desde los años cuarenta y cincuenta se venían produciendo en el seno del llamado «marxismo occidental» —contrapuesto al marxismo-leninismo emanado del bloque soviético— sobre algunos temas filosóficos, éticos y estéticos, conmovieron cada vez más el ambiente en el que se desarrollaría el marxismo en América Latina.  Por otra parte, el auge que tomaron las posiciones filosóficas críticas del marxismo en diverso grado, unas veces para tratar de permearlo como el existencialismo sartriano y otras para sustituirlo como la filosofía de corte neopositivista, la analítica, el neotomismo, etc., dieron lugar a que el marxismo se situara en mayor medida en el centro del debate intelectual y se expresase de diversas formas como en el caso de su interpretación como filosofía de la praxis desarrollada por el destacado pensador hispano-mexicano Adolfo Sánchez Vázquez (Guadarrama González, Pablo 2008, p. 35).

El terreno por sobre seguro, por más que sean senderos de bosque (como lo metaforizo otro reconocido, por el gueto, o continuador del diálogo intergeneracional que se da en llamar filosofía, pensador alemán) debe atenerse, necesariamente, para sus consideraciones, sus finalidades hipostasiadas, a lo escrito, a lo académicamente aceptado, jamás puede estar navegando en un éter no comprobado como una tradición oral, en lo indeterminado de una danza, de un ritual, de un contemplar un amanecer, consustanciado en el ser ahí, desde lo que se es, con la pachamama o con la madre naturaleza. De allí, la necesidad que tuvimos en traer a colación la hipótesis del posible diálogo platónico no comprobado, la necesidad de verdad, de esa verdad ciencista occidental (que nunca pudo arrojar ni un ápice de luz ante el fenómeno más trascedente de lo humano, que es, ¿qué ocurre y porque ocurre la finitud o la muerte?) no tolera, no acepta, no asimila, no absorbe nada que no sea tal como dispusieron sus reglas antediluvianas.         

África y Latinoamericana, sin embargo, colonizados, conquistados por ese occidente reglado y reglamentador, no sólo que vieron imposibilitadas sus posibilidades de que se conocieran sus distintas formas de relacionarse con las primeras y últimas cuestiones de lo humano, sino que tuvieron que deconstruir, decodificar, lo impuesto, asimilarlo y reconvertirlo a su interpretación y con ello reescribir lo que se les había dado, o impuesto como lo que debiera ser.

La respuesta la brinda lo que se da en llamar filosofía de la liberación, que no casualmente, se desdobla en una teología de la liberación, donde lo central y lo fundante es tal como expresara Cerruti, mediante Dussel, (actores principales y fundantes de lo filosófico en Latinoamérica)  en la opción por los pobres, en una vinculación con el habitat, con lo dado, con lo originario, no sólo no invasivo e integrador, consustanciado en individuo y comunidad, sino también, libre de finalidades, para las cuales haya que respetar, a rajatabla, procedimientos metodológicos, estrictos y cercenatorios del sentido más profundo de la libertad.

La opción por el pobre, por aquel cuya ausencia de algo básico, horada, percude su condición de humano, es la síntesis, (para que los eurocéntricos nos entiendan, en términos hegelianos si lo desean) es la abreviatura, es la simbiosis, de lo que fue entendido, o mejor dicho impuesto, bajo los términos nominalizados como Dios y Marx.

Pensar a Dios y Marx, como algo más allá de su vinculación con el otorgar respuestas al condicionamiento del pobre, es seguir sujeto a las imposiciones que esos conceptos nos traen o nos vienen, arropados o contaminados de un eurocentrismo, del cual debemos necesariamente salir, o del cual debemos desintoxicarnos, sin que ello signifique atacarlo o negarlo.

La dictadura del proletariado, la plusvalía, el sentido de culpa y el paraíso celestial, no deben ser playas en donde debamos llevar el barco de nuestros pensamientos, nuestros pasajeros hace tiempo que nos vienen indicando de la no existencia de puertos posibles, en tal eterno transitar, no son pocos, los desafíos que recurrentemente se nos presentan en alta mar, pero ninguno de los mismos lo resolveremos dirigiendo el navío a lugares inexistentes en nuestras latitudes y por ende ninguna de las cartas de navegación  editadas en aquel occidente tutelador nos puede resultar decisivamente necesario, útil o mucho menos indispensable.

En Latinoamérica, esa profunda, descontaminada de la egida eurocéntrica, se filosofa, es decir se vive en armonía con el logos, al modo semejante que en África, donde el vínculo es mediante la danza (Kaumbaaa), los conceptos de Dios y Marx, no tienen nombres, o en el caso de que los tengan no son usados para dominar o controlar como en las usinas de poder intelectual que occidente llama universidades.

Desde la “inmemorialidad” (que no debe ser entendida como inmoralidad, porque quizá ese término de moral no nos pertenezca) de la conquista que venimos peleando guerras que no son nuestras,  ese famoso apotegma de “ser hablados o ser pensados” ha avanzado, o mejor dicho se materializo, en que seguimos siendo el cuerpo irresoluto, los jirones piltrafosos, que se comercian en transacciones, muchas veces de metálico, como de productos o miles de nosotros que le pusimos y le seguimos poniendo el cuerpo a guerras que se han librado por esos conceptos, por esos intereses, por esas categorías que, nada o muy poco tienen que ver con nosotros. Y en caso de que tengan que ver por el imperio de la praxis y por el peso de la historia, con los millones de litros de sangre, de nuestros ancestros, derramada, deberíamos al menos tener el derecho, o la posibilidad, de preguntarnos, que es lo que compartimos, en que es en lo que estamos de acuerdo, que tomamos, de eso que nos impusieron allá lejos y hace tiempo.

Que nuestro “sistema” funcione, desde hace cientos de años, con millones de pobres, excluidos, marginados, un tercio cuando no, casi la mitad de la población en vastos de nuestros terrenos, no puede ser consuelo o perspectiva que nos incite a tener una mirada positiva. Y ya que estamos con ese término, tantas cosas bajaron de esos barcos, como ese concepto de positividad, que le debe resultar de tal forma, a nuestros tuteladores, a los imperialistas, a los que sí les cierra la ciencia, desde la medicina hasta la industrial, para que nosotros sigamos poniendo los cobayos humanos, las dolencias más aberrantes, y ellos se lleven sus curas circunstanciales y sus dividendos suculentos. Las usinas en las que se viene enseñando a nuestros niños que el mundo debe ser habitado, y vivido, tal como su entendimiento o sus talentos así lo han indicado, nunca nos dieron resultados del que podamos estar mínimamente satisfechos. Ni la política, ni la juridicidad, ni la comunicación, tal como nos vienen “enseñando” desde esas perspectivas eurocéntricas, nos ofrecen respuestas a las demandas de nuestras poblaciones, que no casualmente además de las hambrunas y la desigualdad, también padece, sus democracias inacabadas, sus sistemas punitivos que no redimen, ni expían, sino que exacerban las diferencias, las recrudecen en grado sumo. Tampoco sus técnicas, ni de riego, de cultivo, o de producción de elementos, puede ser vista como un “avance” (ese es otro de los engaños, como sí la vida fuese una escalera o un dispositivo que tenga una bandera al final de llegada) dado que desde esa positividad de la técnica, no hacen más que enfermar el cuerpo de quiénes manipulan esos elementos como de los que los consumen, lo mismo que esos avanzados sistemas de detección temprana de problemas de salud, para que concluyan siempre en ese otro invento del stress que no puede ser visto, ni medido, por ninguna de sus máquinas que se preciaban de medirlo y observarlo todo.

Conclusión:

La América conquistada debe ser una, cuando ello ocurra, recién podremos pensar que es lo que podemos tomar como propio de ese proceso traumático, que no nos pertenece o mejor dicho enlutece nuestro ser; está en juego, desde hace tiempo en verdad, no sólo nuestra calidad de vida, o la opción por el pobre y con ello la inclusión, está en juego que la próxima guerra, no la disputemos en nombre de los intereses de los otros, que nuestros hermanos no puedan comer, como no lo han podido hacer desde generaciones, tiene más que ver con esa barbarie conquistadora, con esa tutela académica-cultural de la que no podemos despabilarnos, que de todas esas sandeces relacionadas a buitres, a capitales y que nos hacen mirar al norte, a nuestro norte, cuando en verdad la batalla, sí es que debemos librar alguna, la debemos dar, cruzando el océano.

Bibliografía

Dussel, E. (s.f.). Para una ética de la liberación latinoamericana. Siglo XXI.

       Guadarrama González, P. (2008) La conflictiva existencia de la filosofía latinoamericana. Recuperado de: “http://www.revistadefilosofia.org

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