Del soplismo ambigüo al imperio de la ley
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El solipsismo es un producto de la filosofía moderna, la que fue iniciada por Descartes. El solipsismo consiste en la sorprendente creencia de que todo lo que hay es la propia conciencia y todo aquello a lo que llamamos “la realidad” son contenidos de la propia conciencia. La existencia del resto de es un atrevimiento teórico sin fundamento.

El solipsismo social imperante anula la capacidad de empatizar. Eso da como resultado un importante menoscabo de la cohesión social. Por tanto, el pro­ble­ma de la po­lí­ti­ca es que se fo­ca­li­za en vi­sio­nes bi­na­rias del mun­do sos­te­ni­das ba­jo el soporte de la ideo­lo­gía. En tanto y cuanto no se puede ser de izquierdas y derechas al mismo tiempo. Ni conservador y progresistas simultáneamente. Es decir, no se puede ser de un modelo y de otro a la vez. Lo cual nos lleva a la dimensión de las ambigüedades. Es el caso de Ciudadanos, el Podemos de la derecha. Rivera, cuya única habilidad ha sido la retórica, nos viene diciendo que es socialdemócrata, centrista, liberal y… todo lo demás. Es decir, en un escenario en el que no habrá más mayorías absolutas, Ciudadanos es el comodín del Ibex para defenderlo de los riesgos de un gobierno que les pida cuentas. Sin embargo, su relato está haciendo aguas por todas partes. Cataluña se está convirtiendo en su Stalingrado. Estemos atentos a los resultados de las elecciones que se avecinan.

La “derecha” del PP, inundada por corrupción y una amoralidad manifiesta. El fichaje de Saenz de Santamaría por Cuatrecasas es el último eslabón de una serie interminable de episodios que han ido de lo cuestionable a lo delictivo. Esa derecha, decía, se ve acosada por el resurgir del franquismo que permanecía latente desde la época del “bunquer”, del que han salido los exponentes más notorios, que han dejado al descubierto las trágicas costuras de una Transición que los ha protegido dándoles legalidad y poder. El retiro de los restos del genocida Francisco Franco del Valle de los Caídos es la prueba incontestable de ello.

En cualquier caso, sigue habiendo dos modelos. Derecha e Izquierda. Toda la retórica de los escribidores a sueldo es banal. Sólo dos modelos. Uno que defiende el interés general y el fin noble del perfeccionamiento del individuo en sociedad. Otro que busca de una manera salvaje el apropiarse de los recursos generales para beneficio de minorías particulares. Así ha sido y así desean que siga siendo. La aparición de estas opciones partidarias no modifica esta posición. Para prueba Andalucía. Tres en uno.

Por ello la sociedad neoliberal no se basa en la cooperación con miras al bienestar de sus miembros. Al contrario, como la energía que reconocen y estimulan es el egoísmo, su principio vital es otro, pues cada ser humano se ve obligado a trabajar para sí mismo y a pensar en su propia conservación. El Poder no se utiliza para el bien común sino que se aplica al bien de grupo. El neoliberalismo no contiene un plan político que satisfaga las necesidades generales de la sociedad, sino que propone que cada uno se centre en sí mismo y en sus propios recursos. Esto ya discrimina a los que teniendo talento carecen de recursos. Niega así las oportunidades de mejora personal y sólo facilita las oportunidades a los miembros del grupo de los elegidos. El promover el “trabajo indecente” es el ejemplo. Desde esa visión se entiende también que se dejen morir centenares de personas dependientes en estado de abandono en sus casas, o a enfermos en listas de espera mientras se desmantela de recursos al sistema que pagan todos los ciudadanos, mientras esos responsables asisten con sus familias devotamente a los oficios religiosos respectivos.

Del soplismo ambigüo al imperio de la ley
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Sólo hay dos opciones. Re­fle­jos mu­tuos una de la otra. No pueden coexistir. De allí que no se pueda lograr una visión conjunta. Son modelos divergentes. El solipsismo de la derecha y de la izquierda. Admitiéndole a esta última las incoherencias del, por ejemplo, socialismo de la tercera vía, verdadero Solipsismo Ambigüo. Percibida desde cada respectiva vi­sión ideo­ló­gi­ca de es­tos po­los, la cuestión se po­dría reducir a la clá­si­ca his­to­ria del bien con­tra el mal. El antagonismo maniqueista. Son ellos o nosotros.  El extrañamiento y la ajenidad resultante conducen a la consideración de que cada uno es para el otro un molesto competidor, un serio obstáculo, cuyos intereses y aspiraciones puede frustrar las expectativas propias. En este contexto de egoísmos enfrentados, el prójimo se constituye como una amenaza y un peligro con el que hay que competir e incluso llegar a dominar. Esta visión le costó a los españoles más de un millón de muertos y un Estado de terror que sepultó su dignidad en las cunetas.

De lo dicho se deduce que sólo el legislar, dotando de fondos, con una finalidad humanista, creará las condiciones para el surgimiento de una sociedad justa y equitativa, en la que los individuos puedan progresar. En principio ello será posible votando y participando de manera colectiva y ciudadana en todas las cuestiones que afecten a la vida del conjunto de las personas. No sólo de los grupos, facciones de privilegiados. Eso nos ha traído hasta aquí.

Hay que luchar para recuperar el imperio de la ley.

La invisibilización de Unidas Podemos y el ascensor de Casado

 

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